Historias sin punto final
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#1 · Discos y discos

 

Por: Gillpespi
Ilustración: Pato

En este ejercicio de pensar en discos, recuerdo una docena que me formaron musicalmente. Empecé a saber lo que me gustaba y lo que no.

El primero que compré fue un vinilo de George Harrison: Electronic Sound, disco bastante experimental, íntegramente grabado con sintetizadores.

La vieja disquería quedaba en la esquina de mi casa y ya era hora de tener mis propios discos para escuchar en el combinado de mi viejo. Creo que estaba terminando la escuela primaria, cuando entré al local y me dirigí a las bateaspato-gillespi de ofertas (no tenía mucho dinero), allí encontré discos de música clásica, enganchados bailables, compilados de tangos y… ¡un disco de George Harrison!

Debo reconocer que lo escuché algunas veces como fondo sonoro mientras ordenaba mi habitación. Aquellos que lo escucharon saben a qué me refiero. Es altamente denso. Según supe después, Harrison lo grabó fascinado por las posibilidades del sintetizador moog. El disco contiene las pruebas que realizaba probando cosas en el sintetizador: dos extensas improvisaciones, una en cada lado del vinilo.

Los discos abren puertas imaginarias y Electronic Sound me enseñó que la música no es sólo aquella que se escucha en las radios. Existe una música que no sigue los carriles comerciales o del gusto popular. Desconocía eso en mi adolescencia.

Tal fue el interés por descubrir esa música subterránea “no radial”, que descubrí a King Crimson, a Ravi Shankar y a la Mahavisnu Orchestra en ese camino.

La revista Expreso Imaginario que coleccionaba mi primo Enrique resultó una fuente de información en épocas donde no existían las computadoras personales ni internet. La data recorría intrincados caminos de boca en boca y así uno se enteraba de que Robert Fripp era un guitarrista revolucionario, que hacía tal o cual cosa experimentando con pedales de efectos. Esa poca información, sumada a la escucha de los discos, nos iba formando una idea de cómo habían sido grabados o concebidos.

Cuando tuve el disco Relayer del grupo Yes, me enfrenté a una música de múltiples capas sonoras. Los llamados teclados, órganos y sintetizadores que tocaba Rick Wakeman se combinaban dando texturas orquestalmente modernas. Chris Squire cumplía las veces de bajista, aunque con un sonido nasal y con presencia de frecuencias medias, algo así como una guitarra baja. Después supe que era el sonido natural de los bajos Rickembacker tocados con púa.

El grupo Yes fue una escuela de audición de la música para mí: además de volar con las canciones, trataba de entender cómo estaban tocadas.

A esa altura ya me sentía músico y, como un ejercicio profesional, escuchaba la música para entender de qué se trataba.

Otro disco que marcó un camino fue Artaud, de Spinetta. Cantata de puentes amarillos era una canción tan de otro planeta que, la primera vez que la escuché, sentí una agradable extrañeza. La angustiante combinación de la guitarra acústica y el timbre de voz de Spinetta me resultó una mezcla agridulce. Cantata es una canción atípica, pasa por un sinfín de partes distintas pero pegadas. Un lindo viaje.

Sin saberlo, ya había emprendido un camino en un determinado tipo de música. Por aquellos tiempos solían llamarla “música progresiva”, imagino porque apuntaba a un progreso de la humanidad hacia algo superior y no tan berreta como la música popular del momento, plagada de cantantes edulcorados con flores en la solapa del saco.

La lista de discos se expandió inesperadamente. A 18 minutos del sol, de Spinetta, con su sonido ahora más jazzístico, quizás influenciado por el guitarrista inglés John Mc Laughlin, me metió en los discos de jazz.

Los discos ahora se multiplicaban, entre vinilos y casetes –mis viejos me regalaron un radiograbador de casete.

Mis primeros viajes en el tren Roca hacia Plaza Constitución terminaban con la compra de casetes de oferta en las disquerías de la calle Corrientes. Existía una serie de casetes de jazz de Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Art Tatum, Max Roach, Charles Mingus y otros. Eran realmente baratos y sonaban horrible. Eran grabaciones “en vivo”, en pequeños clubes de jazz en los años cincuenta. Quizás, grabaciones piratas que el sello editaba sin pagar derechos a nadie. Compré varios de esos y me metí en el mundo del jazz.

Por esos días, la guitarra era mi obsesión. Después de mucho esfuerzo había podido comprar una guitarra criolla en un viaje a Mar del Plata y solía tocar una hora al día.

A la inicial formación folclórica de barrio, le agregué el cancionero de rock argentino con temas de Sui Generis, Pastoral, Almendra y Moris. Posteriormente, conocí los acordes de Bossa Nova. Ahí despegué a otros mundos. Eran los que sonaban en la música que me gustaba.

Pero esos casetes de jazz inocularon una extraña sustancia en mi espíritu, cuando descubrí que existía un instrumento aún más personal que la guitarra.

Unos años después tuve una trompeta en mis manos y mi vida cambió.

 

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