Historias sin punto final
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27 es la combinación entre dos números. Mirándose de frente y sin rencores, el dos y el siete se coquetean con fruición, dibujados por trazos sutiles.Juntos, hacen otro, el definitivo y el que nos importa. Ideal para cumplir con el protocolo de tener una excusa, 27 sirve para explicar 27: es el vértice del imaginario que cruza la música con las palabras, transformando un encuentro aparentemente casual en una fantasía sin retornos.

Los tonos, los ritmos, las pausas y el vértigo atraviesan el puente milagroso desde donde una guitarra aúlla como cortina de fondo de una oración bien escrita.

Como mínimo, el punto de partida nos tranquiliza: tener una excusa cancela las presiones de cumplir con algo –o con alguien– y nos exime del desgaste de dar explicaciones:

Si hay una excusa, alcanza y sobra.

Es decir: hacemos 27 porque queremos hacer 27.

La excusa que elegimos identifica plenamente el proyecto, aporta el impulso necesario para introducirnos en el romanticismo de intentar lo que parece difícil –aunque en realidad lo sea– y vuelve apuesta la ilusión originada en el café de la esquina o en ese recital donde las cuerdas de un bajo galopan por los carriles de nuestras tensiones.

Por supuesto, esa excusa tiene la suya, nacida del vientre propio. Pongamos, la excusa de la excusa: unificar lenguajes. Mezclar la pretensión intelectual de una cursiva elegante con el grito catártico del pogo más enloquecido.

Su vínculo será el recodo de este camino, abriéndose paso entre las calles de la mente, donde conviven, en dosis que suelen modificarse durante los minutos de los días, la adrenalina y el desconcierto, el temor y las esperanzas. Allí descansan las historias que intentaremos contar. Historias que no llevarán punto final, porque una vez provocado el arribo a la última palabra de cada una, pertenecerán a quien las haga propias. Las historias, en 27, nunca terminan: nacen una y otra vez.

Queda claro: no elegimos un número al voleo, hijo de azares inexactos. Elegimos 27, el altar inverosímil hasta donde escalaron algunos talentos inolvidables, el altar intrigante hasta donde llegaron glorias sagradas, que saltaron las fronteras del tiempo y ahora flotan en la terraza celestial de las eternidades.

Ese altar escueto y exiguo –en la aspiración legendaria y ególatra de extendernos un poco más allá– consolida nuestra tercera –y última– excusa: lo que para algunas figuras preponderantes significó el epílogo, para nosotros es el prólogo.

Desde 27, partimos hacia algún lugar.

Hasta que el punto final nos separe.

 

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