Historias sin punto final
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Por: Ignacio Porto
Ilustración: Andrés Fuschetto

 

El cartel en la puerta anunciaba, casi con desgano: “HOY, JAZZ, NO SE COBRA ENTRADA”; “Jacko’s” tenía una fachada como cualquier otro club de jazz de Saint Louis, una mezcla de bar y garito como la de tantos otros; la única diferencia radicaba en la música que allí se tocaba.

Todos los maestros del jazz, los exploradores del sonido, todos los que vivían respirando  y pensando jazz, tocaban o pretendían tocar ahí.

Ilustres desconocidos se suben al escenario y sin mediar palabra, ejecutan su arte con prodigalidad, para luego bajarse y, quizá, recibir como única recompensa algún aplauso perdido.

Visto así parece poco lo que se obtiene, pero para jugar en las Grandes Ligas, tenías que haberte templado en ese escenario. Los maestros iban a tocar, a escuchar y, de tanto en tanto, tomaban algún músico bajo su ala; o los exploradores de nuevos sonidos probaban, frente a ese exigente público, sus recientes descubrimientos. Si eras silenciosamente aprobado por la gente de Jacko’s, significaba que eras bueno de verdad.

Había reglas no escritas: si el bar estaba lleno, las mesas se compartían con extraños y, en caso de una mala actuación, la señal para terminar de tocar no era dada por nada más que el murmullo constante y creciente del público. Quizá la mejor de todas esas normas fuera que dentro del bar eran todos iguales; no había famosos ni desconocidos, no existían las celebridades, por más que algunas figuras del cine solían frecuentar el lugar. La única diferencia era la de aquellos que estaban sobre el escenario y los que no.

Bueno, también estaba Lennie.

Lennie era la única persona en el mundo entero que dentro de Jacko’s escapaba a esa diferenciación maniquea de músicos y públicos; ya que Lennie, un negro gigantesco y bonachón, era el dueño de Jacko’s.

¿Cómo un negro, especialmente un negro como Lennie, se había hecho dueño de un bar? Eso era un misterio: algunos decían que había comprado el lugar al dueño anterior, luego de una asombrosa noche de juego; otros sostenían que el francés que había sido el anterior propietario, se lo había legado a Lennie como agradecimiento por tantos años de leal servicio. Lo importante era que Lennie era el indiscutible dueño del bar.

Yo era un niño en ese entonces, trabajaba de mandadero en una farmacia y con la plata que ganaba ayudaba a que mi madre mantuviese la casa. Ella trabajaba como mucama y mis hermanos y yo crecimos como crecían todos los chicos negros de la época: entre el amor de una madre trabajadora y cuidándonos entre nosotros en la calle.

Siempre que podía iba a Jacko’s a ver jazz: Lennie me dejaba entrar sin pagar, un poco porque me conocía de la farmacia y otro tanto porque le parecía simpático que un chico de once años sintiera tanta pasión por la música.

Cuando podía ir era para mí el momento más feliz; me acercaba a la entrada, saludaba a Lennie, y me escabullía a la puerta de atrás. Él la abría y me decía “dale Horace, antes de que te vea la gente”, yo me escabullía y me sentaba en algún rincón oscuro del salón, o a veces detrás de la barra cuando el lugar estaba repleto.

Dos o tres veces por semana estaba por ahí; mamá me dejaba ir porque salía antes de la cena y le decía que Lennie me daba algo para zampar, cosa que no era cierta, pero no necesitaba comer cuando estaba allí, el jazz hacía que mis tripas dejaran de hacer ruido y no me importara nada más.

Ver a todos esos músicos tocar, hablar entre sí, hacer chistes verdes o beber era para mí como espiar a través de la cerradura en un cuento de hadas.

Nadie se metía conmigo, quizá porque era un niño ni siquiera digno de su atención, o porque Lennie en alguna ocasión había puesto sobre aviso a alguno de que no se metiera con “su sobrino”; de todos modos yo trataba de pasar lo mas desapercibido posible, quería ser invisible para no perturbar la magia del lugar.

Era un deleite escuchar a Fat Charlie y su trío, a Winton “The Cricket” Saunders, o a Lobster Jhonson. Pero de todo ese panteón de personalidades, había un héroe que los superaba a todos; ese era Gumbo Jefferson, mi ídolo. Cada vez que lo veía era como ver a Hércules para los helenos; era el que todo lo podía, dueño de lo maravilloso. Verlo tocar era una experiencia religiosa, más que ir a misa.

Lo veneraba, trataba de copiarle sus frases y modismos, su forma de caminar, si había algo en el mundo que yo quería era ser él.

De todos los talentos que asistían al bar, el mayor de todos era el de Gumbo, quien opacaba a todos con su trompeta. De nombre Ralph Jefferson, lo apodaron Gumbo por comer casi sin excepción esa comida de pobres.

Si para ser músico se necesita tener swing –esa mezcla entre ritmo, melodía y misterio que tienen algunas personas–, Gumbo era el swing, era la encarnación misma de la música, como si su alma fuera el jazz puro. Cuando tocaba con otros, se acoplaba perfectamente a lo que se estaba haciendo, aportando de a poco y convirtiendo lo regular en bueno y lo bello en extraordinario. Nadie entendía como era que, sin importar la calidad de la pieza, Gumbo la convirtiese en algo fuera de lo común.

Pero lo que llamaba la atención de todos, más que su talento sin igual, era que, a pesar de ser magnífico, jamás hubiera podido triunfar en la música. Rara vez lo habían llamado para sumarse a alguna banda conocida, pero esporádicamente y por poco tiempo.

Había compositores que entre tragos y risas, le pedían que les “arreglara” las partituras, y él accedía con generosidad, mayormente mostrándole con su trompeta, ya que no leía música.

Músicos consagrados iban a verlo en Jacko’s para copiarle un fraseo o algún secreto, y él, aun sabiéndolo, y cuando alguno le preguntaba qué opinaba respecto de eso, esbozaba una sonrisa pícara y decía: “Tengo mucho más de donde vino eso”.

Años atrás, Gumbo había logrado grabar sin éxito un long play, de título Las estrellas son promesas esta noche, un compendio de canciones dulzonas que intentaban sumarse a la moda del jazz romántico para señoras.

Siempre creí que la falta de éxito era porque a esas canciones les faltaba el alma que el trompetista ponía en todo lo que tocaba. Después de ese intento fallido, no recibió más ofertas importantes.

Una vez hablando con Lennie, le pregunté:

–¿Por qué no es famoso Gumbo?, ¿por qué no tiene una big band o toca en las radios?

–Es un misterio –contestó él. Quizá sea porque tiene la cara picada por la viruela, o porque como fracasó con su disco nadie quiere apostar más por él. Pero te digo lo que pienso yo, Horace; en el bar he visto una infinidad de tipos subirse y tocar, pero jamás vi a ninguno ni la mitad de bueno que Ralph. Puede ser que lo empresarios no lo entiendan, o crean que lo que hace no se puede vender, o tal vez, tenga la maldición de los genios.

–¿Cuál es esa maldición? –Lennie me estaba abriendo los ojos al porqué de la miseria de mi héroe.

–Que a los genios no se los comprende en su tiempo. De cualquier manera, mientras Gumbo quiera tocar en este lugar, lo va  a seguir haciendo.

–¡Así es!, ¡hasta que todos se den cuenta!

Unos años después comencé a trabajar por las noches de mozo en Jacko’s. Lennie había probado con chicas camareras, pero eso suscitó algunos inconvenientes, así que decidió que las mesas las sirviera un hombre, y como yo prácticamente vivía allí, decidió darme el trabajo.

De día seguía trabajando en la farmacia, y en los ratos libres practicaba con una trompeta que compré ahorrando de a centavos.

En los últimos años, Saint Louis había crecido muchísimo hasta convertirse en un puerto importante, sobre todo con el afluente de inmigrantes que lo habían invadido todo: en las calles había blancos americanos haciéndose pasar por franceses, irlandeses tocando la gaita, negros bailando en grupo, o gitanos leyendo la fortuna; en poco tiempo, la ciudad se había transformado en un mosaico variopinto.

Jacko’s, por su parte, se había convertido en la referencia del jazz de la ciudad, del jazz de negros, claro. Si bien los blancos habían incursionado e intentaban apropiárselo, sin éxito; recién estaban comenzando a tocarlo, convirtiéndolo en canciones melosas, dulzonas, sin swing. Y ésa era la clave: no tenían swing. Para los representantes de las discográficas era una moda, una oportunidad de hacer negocios; para sus músicos era una música hermosa que intentaban emular; mientras que para nosotros, los negros, los marginados, el jazz era una forma de vida.

Claro que los blancos hacían mucho más dinero que los negros, principalmente porque los que tenían dinero eran blancos que querían escuchar música hecha por blancos para blancos.

En las fiestas y conciertos tocaban todos blancos muy prolijitos, aunque a decir verdad, algunos de los nuestros habían comenzado a girar como segundos o terceros de alguna Big Band.

Sin embargo, eso pasaba en las presentaciones con público, porque para las grabaciones siempre buscaban músicos de los nuestros. Los empresarios no eran tontos, se habían apropiado, en cierta medida, de nuestros ritmos, pero había algo que no habían podido replicar, el swing. Ese concepto de difícil explicación, pero que era fácil de percibir; o lo tenías, o no. Y Gumbo lo poseía en cantidades exorbitantes. Lo habían empezado a llamar como cesionista y le estaba yendo mejor, pero por algún tipo de maldición gitana, continuaba en el anonimato. Esas lauchas seguían viniendo a verlo de todas partes para copiarle cosas, a mí me parecían rateros que se quedaban con las monedas de un hombre rico.

A esa altura ya hablaba con Gumbo con familiaridad, y en ocasiones me daba consejos con la trompeta, lo que hacía que  lo tuviera en el más alto orden del corazón.

Una noche, luego de una presentación, le dije mientras le servía un whisky:

–Acá tenés Gumbo, cortesía de la casa –mientras le alcanzaba el vaso–. Ahí están más de los que te vienen a copiar, ¿no te molesta?

–Gracias Horace. La verdad que no, que me copien todo lo que quieran, yo tengo más y más, ellos se quedan sólo con un pedacito muy chico de lo mío.

–Pero… ¡actúan como si fueran suyas tus cosas! –para mí era como que le estuvieran robando de los propios bolsillos.

–Ja, ja, ja, ja –Gumbo nunca perdía su aire afable–. No te enojes así, si ni siquiera yo lo hago; dejalos que hagan lo que quieran, que me imiten, a mi no me molesta, ¿sabés por qué?

Me quedé un segundo, intuí que la respuesta a uno de los misterios estaba por ser revelada ahí mismo.

–Porque no pueden robar lo que no pueden poseer. ¿No te diste cuenta que mis melodías, cuando las tocan otros suenan distinto? Les falta fuerza, profundidad.

Y era cierto, la pura verdad, las cosas que le intentaban copiar sólo sonaban bien cuando las tocaba el propio Gumbo.

–No tiene swing muchacho –y de un trago liquidó el vaso–. Y aquellos que lo tienen, saben, muy en el fondo, que ésa no es su música, que es de otro. La música de Gumbo sólo puede tocarla Gumbo.

Me palmeó el hombro y me dijo:

–Tráeme otro de éstos.

Ahí tenía la confirmación de mis suposiciones, nadie podría robarle a Gumbo, por eso no le importaba, porque nadie tenía eso dentro, era propiedad única e inalienable de él.

De tanto en tanto llevaba mi trompeta y él me corregía cosas; siempre en el bar (nunca veía a Gumbo fuera de Jacko’s, como si fuera un fantasma condenado a habitar un solo lugar, como si no pudiese existir fuera de él).

Así era mi vida, así fue pasando el tiempo; hasta que un día sucedió algo inesperado.

Un negro muy bien vestido entró acompañado de un blanco; si bien de tanto en tanto entraba algún blanco al bar, se notaba que eran músicos ya que venían con ropa humilde de calle; sin embargo este blanco tenía una rectitud anormal en su andar, más que músico, parecía contador o abogado.

–¿Por qué venís acá?, ¿no te das cuenta que ponés en juego tu prestigio? –decía el contadorcito nervioso.

–Quedáte tranquilo; crecí acá, es como mi casa –dijo el negro con desenfado.

El negro era Chester Goodman, a quien la disquera había bautizado Chaz “The Jazz” Goodman; y él, sin ningún tipo de humildad que le pesara en los hombros, había aceptado gustoso el apodo.

Chester, como lo conocíamos nosotros, era un trompetista aplicado y timorato que en varias oportunidades se había presentado en el bar, con malos resultados. Pero el tiempo pasó y se convirtió en Chaz “The Jazz”, el primer negro en hacer discos con amorosas melodías azucaradas que las amas de casa amaban comprar; y el primer negro en participar en dos películas como el segundo de la estrella infantil de turno.

Chester representaba todo lo que no éramos, o mejor dicho, todo lo que intentábamos no ser.

Si bien todos los músicos debían tocar para vivir, había en Chester una sumisión callada pero manifiesta, una aceptación de su condición de inferior, que generaba rechazo. Nuestros músicos, luego de tocar el jazz diluido para los señores acaudalados, venían aquí a tocar lo que les dictaba su interior, a sacarse las ganas, a reivindicarse. Chester, no; para él, el jazz era una forma de ganarse la vida; no una forma de vivir. Había llegado lejos, es cierto, pero a costa de haber agachado la cabeza ante un amo que jamás lo aceptaría como un par.

Era un saltimbanqui que los entretenía con su trompeta y sus morisquetas, con su saco blanco y sus dientes perlados.

–Una ronda de lo que quieran para los músicos del escenario, invito yo –dijo cómodamente–. Y un Martini para mí y mi amigo el señor Fischer. ¡Hola Lennie, tanto tiempo!, veo que mantuviste el lugar, eso es bueno.

–Hola Chester ¿cómo estás?, se ve que bastante bien. Sabés que acá no servimos martinis.

–¡Es cierto!, ¡como pude olvidarlo! –dijo haciendo un mohín entre la pena y la desilusión–. Es que hace bastante que no venía: tráeme un scotch y otro para mi amigo.

–¡Pero miren quién trabaja ahora acá! ¡El pequeño Horace! ¡Sí que creciste, chico! Recuerdo cuando entrabas a escondidas y nos veías tocar a todos. Tomá, esto es para vos –dijo mientras me daba un dólar de propina–.

Ese dólar constituía en sí mismo una pequeña fortuna, primero porque era lo que ganaba en dos noches en el bar, y segundo porque nadie daba propinas en Jacko’s.

–Gracias Chester, pero no puedo aceptarlo –sentía que aceptando ese dinero traicionaba mi forma de vivir.

–Ah…, Chester…, Si…, ahora me dicen de otro modo, pero los viejos amigos me pueden seguir llamando así. Vamos, aceptalo, ¿de qué me sirve el dinero si no puedo consentir a mis amiguitos?

–¡Mirá que ahora toca la trompeta! –un borracho metido lo había gritado.

–¿La trompeta, en serio? Bueno, un día si querés podés adicionar para tocar en mi banda, ¡te gustaría eso!, ¿eh?

El desprecio que sentía por ese tipo bullía como bronce fundido; eran fatales su arrogancia, su altanería, su saco blanco y sus dientes perlados, todo en él me generaba rechazo.

–¡Mirá que está tomando clases con Gumbo! –ese borracho merecía sufrir un castigo bíblico.

–¿Con Gumbo? ¿En serio? –dijo con la expresión de quien se mancha la camisa justo antes de entrar a la iglesia.

–Yo no lo llamaría clases; más bien charlamos y le digo lo que me parece –Gumbo había aparecido de la nada, para salvarme de esa humillación sádica a la que me estaban sometiendo.

–Vamos Horace, aceptale el dólar, tu mamá lo necesita y a él se le cae de los bolsillos.

–¡Gumbo, Gumbo, Gumbo! ¡Mi viejo amigo Gumbo! –cada vez que pronunciaba su nombre sonaba como si estuviese contando el remate de un chiste–. ¡Tanto tiempo sin vernos, eh! Tengo que venir más seguido, la verdad que entre una cosa y otra el tiempo pasa y uno ya no se ve tanto con los amigos.

–Será que estuviste ocupado –dijo Gumbo mientras volvía a su lugar.

–Ocupado… ¡es poco! Me está yendo muy bien ¿sabías? ¡Soy el músico de jazz más prestigioso y mejor pago de la ciudad!

–Mejor pago, sí… Bueno, me voy a preparar que en un rato toco.

–Pensar que este tipo era mi héroe –le dijo al cada vez más nervioso y transpirado contador–. Era como mi maestro, yo quería ser él. ¿Quién hubiera dicho que el alumno superaría al maestro, Gumbo?

–Ja, ja, ja, me alegro que tengas tan buen humor, Chester –Gumbo pronunció su nombre como un insulto, el aire comenzaba a cargarse de una energía estática, cada vez más palpable–. Porque siempre serás Chester aquí, el tímido que no podía tocar jazz ni aunque la vida le fuera en ello. Nunca tuve alumnos, Chester.

Cada vez que Gumbo pronunciaba ese nombre lo hacía con la contundencia de quien martilla un clavo en una cruz.

–Así que eso no; y lo otro… tampoco. Adiós.

Esa última frase de Gumbo había corporizado todo el desprecio que un hombre como él podía tener; había hecho carne aquello que los dos, que todos, sabíamos, pero nadie decía.

Chester era buen músico, de eso no había dudas, pero no tenía swing, y en más de una oportunidad se habían burlado de él por eso. Decir que un músico de jazz no tiene swing, es como decirle a un corredor que no es veloz; tiene piernas, pero no puede correr; era negarle aquello que era la condición intrínseca del jazz. Él lo sabía, y lo corroía por dentro.

Es cierto que varias veces había tocado en Jacko’s sin éxito, no era ni el primero ni el último en fallar en el bar; la diferencia radicaba en que los otros que habían fallado, o bien habían desaparecido del mapa musical, o bien habían obtenido alguna que otra pequeña victoria, como grabar algún simple, o tocar en una Big Band; o, principalmente, si era el caso, el respeto de sus compañeros.

Lo que convertía que la frase de Gumbo fuera un insulto era el hecho que, aún con todos sus logros, con todo su éxito, con todo su dinero, Chester jamás había recibido el reconocimiento de sus pares. Si bien no le importaba no tocar en los bailes de negros, eso también era constante recordatorio de que “no sos uno de nosotros”.

Ningún músico negro, ni de los que frecuentaban el bar ni ningún otro, le había hecho jamás un halago de ningún tipo.

Gumbo volvió a su lugar, apuró el vaso y se empezó a preparar para subir al escenario.

Cuando la banda estuvo casi lista, Chester, con una sonrisa de serpiente, le gritó desde su mesa:

–¡Eh, Gumbo!, ¿me concederías el honor de tocar ahora con vos?, quizás este discípulo tenga una o dos cosas que enseñarle a su antiguo maestro.

Una de las innumerables reglas que regían en el bar señalaba que nunca se debía pedir a viva voz tocar con un músico en particular, como tampoco se podía rechazar tal pedido. Eran reglas contradictorias…, pero estábamos en un bar de jazz, no en la Corte de Justicia.

Si bien todo el cuerpo de Gumbo destilaba odio, terminó aceptando el desafío.

–Como quieras, Chester.

La banda empezó a tocar. Ninguno de los dos se apresuró, se tomaron su tiempo y, finalmente, luego de unos compases, Gumbo rompió el hielo.

Comenzó suavemente, como un arroyo de agua fresca y luego fue creciendo hasta convertirse en el torrente de un río caudaloso: Gumbo tocaba con la mirada fija en un punto desconocido, mientras de su trompeta manaba música como de una fuente. El instrumento emitía melodías que eran como una noche en el circo, como una reunión de amigos, una sensación como del abrazo de una madre al hijo, el olor del pasto cortado en el verano, el caramelo que te daban los domingos, era abrir un regalo de Navidad, el beso de una chica, era como jugo de fruta cuando se tiene sed.

Gumbo evocaba sensaciones, recuerdo íntimos, era todo lo bello y hermoso que Dios hizo en el mundo.

Llegó el turno de Chester, y sin titubear se metió en la música de inmediato. Era frío y prolijo como un cirujano, con notas cortantes que dejaban fuera lo que no servía a la canción, y lo que quedaba era justo lo que tenía que quedar; era algo parecido a las carreras de autos, era ganar a los dados, era ropa nueva un sábado de baile, era la sonrisa del triunfo…

Chester construía sueños, anhelos secretos, era todas las cosas que uno deseaba en la vida; su música era la promesa de algo mejor.

Gumbo arremetió con una melodía aceitosa, pegajosa, densa como la melaza, que se te pegaba en los huesos. Evidentemente, cuando quería, hacía bailar a los muertos.

Chester se zambulló nuevamente, tocaba algo electrizante como un rayo, recto y curvo a la vez, desafiaba a las leyes del universo mismo, mientras dejaba hipnotizado a todo el mundo.

Por momentos, verlos tocar era como ver a un toro y un torero que constantemente intercambiaban roles, se convertían en boxeadores que peleaban por el título de Dempsey, bailarinas, aves en el cielo, eran dragones que escupían fuego, eran el mar y el firmamento.

El tiempo pasaba y yo no podía creer lo que estaba escuchando. Me sentía como una gota de lluvia en la tormenta. Lo que estaban haciendo era algo más que música, era algo… un intangible, inasible, era el pasado y el futuro, la promesa y la realización; eran todas las historias juntas.

En los años que se había ausentado, Chester se había convertido en un músico formidable, con una precisión fría como la escarcha, con notas limpias y melodías pulcras, era sorprendente verlo tocar; de todos modos, había algo, algo pequeñísimo que faltaba, como si lo que tocara fuera una sombra de una forma que carece de volumen, era un detalle, pero estaba ahí. Gumbo, por otra parte, tenía la abundancia que sólo se veía disminuida por su falta de instrucción formal.

Y, súbitamente, luego de lo que fuera más de una hora, la música cesó. Todos los músicos chorreaban sudor y jadeaban, incluidos el baterista y contrabajistas.

El resto de nosotros estábamos en un mutismo casi religioso, entre el asombro y la incredulidad. Nadie dijo nada, el silencio cubrió todo como un manto.

Chester saltó al piso, recogió su abrigo y sin mediar palabra se fue del local.

Gumbo juntó sus cosas en silencio y se retiró sin hablar con nadie.

Chester nunca más volvió al bar, continuó haciendo discos exitosos y filmando de tanto en tanto alguna película.

Gumbo regresó luego de unas semanas y continuó dándome consejos en el arte de la trompeta, pero jamás volvió a hablar de esa noche.

El tiempo pasó y me alisté en el ejército, pero nunca dejé de practicar.

En minutos voy a tocar por primera vez en un bar de New York, la verdad que estoy un poco nervioso.

–¿Cómo te anuncio al público? –me pregunta el presentador.

–Decime Jacko.

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