Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#12 · La de las chicas pelirrojas

Por Carolina Miranda

Ya lo sabía, mis domingos consistían en esas cosas. El olor a cuero del asiento del Taunus; las luces del túnel del Libertador que pasaban muy rápido por encima de mi cabeza; los patos chuecos del lago; el pegote en los dedos que dejaban las medialunas; la sonrisa gigante de mi abuela que esperaba de brazos abiertos al borde de la puerta; el sillón del living arrastrado hasta la cabecera de la mesa, mi rompecabezas a medio hacer, el miedo secreto al incinerador, las salidas en bici por las veredas levantadas de la calle Amenábar y clásica tristeza de saber que al otro día tenía que vestirme con ese delantal feo a cuadritos para ir a la escuela. Todo esto ocurría en mi vida los domingos de mi infancia.

Y claro, como todo recuerdo especial en sí conlleva un instante aún más vívido, más determinante, donde se exprime la razón para llegar al sentir y tirar desde ahí todo por la borda.

Hasta diría en este caso: Todo-por-fuera-de-esa-mal-crianza-típica-de-abuelos-de-clase-media-que-ven-en-los-domingos-la-gran-oportunidad-de-despliegue-incondicional-de-amor-con-sus nietos-lejos-de-sus-padres.

Fuera y dentro de este molde existía un ritual que nos tenía a mí y a mi abuelo de protagonistas. Y que con el correr de los días para mí se transformó en ese instante clave de iniciación personal. Ese donde planté mi primera sospecha espiritual, o donde quizás intuí el no ser, o sea experimenté el salirme de mí para ser parte de esa alguna otra cosa más grande. Para no dar más vueltas. Confieso ese instante o ese bautismo fueron sin dudas los bailes de rock and roll experimentados con mi abuelo todos los domingos de mi infancia.

 

Ahí, creo, empezó todo. Tenía alrededor de cuatro años (iba al jardín), mi noción del tiempo era precaria. No conocía el concepto de horas ni relojes sino que para mí todo se precipitaba cuando mi abuelo paterno Juan Carlos Miranda, un señor panzón de bigotes finos y ojos brillosos, se arrodillaba ante un mueble y extraía de ahí una colección enorme de vinilos (la cuestión era tan simple y maravillosa como esa).

In situ, mi fascinación silenciosa comenzaba en las tapas. Las miraba sin tocar. Parada sobre una silla que me acercaban a la mesa para presenciar la selección, veía pasar imágenes de todo tipo. Tapas coloridas, tapas con negros sonriendo, tapas con banderas o con mujeres que les colgaban frutas, tapas de hombres con guitarras, tapas con personas que usaban el mismo traje, tapas con ilustraciones o tapas que no entendía muy bien que eran pero las recuerdo hermosas y vibrantes. Y también estaba la tapa que más esperaba ver: la de las chicas pelirrojas. Esa tapa y ese vinilo de siete pulgadas albergaban para mí el puntapié inicial del goce. En la voz de Bill Halley y Sus Cometas y en el primer tema del lado A (We’re Gonna) Rock Around the Clock, se paraba el mundo para mí. La púa hacía lo suyo y el rock and roll empezaba. El típico conteo del tema y los primeros acordes. Claro está, ahora con el correr del tiempo intuyo que mi compañero de baile tenía muy sabido mi favoritismo hacia ese sonido. No por nada era la tapa que siempre salía y se destacaba los domingos por sobre el resto.

 

Share Post
No comments

LEAVE A COMMENT