Historias sin punto final
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#16 · La música

Por Franco Spinetta

 

Introducción polenta

(Color Humano dixit)

Alguna vez, el escritor checo Milan Kundera, aquel de la insoportable levedad del ser, comparó al amor más puro con el amor del hombre hacia los animales. Esa reflexión leída cuando era todavía un preadolescente fue una revelación: hasta entonces nunca me había preguntado acerca del amor. Unos años después (no muchos), cuando todavía el sexo era esquivo y el amor también, la música apareció para darle peso a la levedad adolescente.

Dicen los que saben que los recuerdos son mentirosos (recuerdos que mienten un poco, siempre fue así, ¿no?). Hay una especie de hilo conductor que uno mismo se va creando para ponerle coloratura a su experiencia. Este es un intento de reconstrucción, no ajustado a la mismísima realidad, pero casi.

El comienzo.

Fines de los años noventa. El auto remontaba el desierto pampeano, en uno de esos lugares en donde el cielo parece unirse en composé con la tierra (¿era realmente la tierra?). El calor espeso formaba grumos sobre la ruta y yo miraba atento en busca de que sucediera el milagro del espejismo. Estaba ávido de fantasías. En mi cuaderno iba anotando todas las ciudades por las que pasábamos con una breve y lacónica descripción, el kilometraje de la ruta y, si podía, la cantidad de habitantes de cada poblado. En la radio (ratatatá) sonaba no sé qué cuando de repente alguien anunció la presentación del primer corte del nuevo álbum de los Red Hot Chili Peppers. Un sonido podrido que emanaba un instrumento para mí desconocido estalló el parlante. Y luego otro, otro y otro, hasta que la confusión frenó en seco interrumpido por otro sonido más agudo al que se le sumó un rapeo indescifrable. Al costado pasaban a velocidad crucero las matas y el polvo desértico. Sentí una emoción flechada y anoté en el cuaderno: Red Hot Chili Peppers.

La música había generado una sensación genuina hasta entonces desconocida. Necesitaba saber más. A mi pueblo todavía no había llegado el servicio de Internet y había solo una disquería que llevaba tres o cuatro años de atraso en su catálogo de discos. Le pedí a una de mis hermanas que me llevara a la Gran Ciudad a buscar el tesoro esquivo. Y allí estaba, en Tower Records, Californication.

El deseo.

El disco tenía varias peculiaridades que me atrajeron abruptamente. La tapa con la tierra invertida: el agua en el cielo y las nubes color fuego en el agua. La urgencia distorsionada de las guitarras y las baladas dolorosas. Pero había una cosa en particular que nunca pude descifrar: cada vez que lo ponía en mi Discman (y fueron muchas), el aparato vibraba. Ningún otro disco tenía el mismo efecto. Y la llegada de Mtv a la operadora local de mi pueblo fue una condena a horas y horas de espera para ver (una y otra vez) los videos de la banda. Delicias de la vida pre Youtube.

Me había picado el bicho pepperiano. Sentía una conexión directa con sus canciones, aún sin entender bien qué era lo que estaban contando. Había una energía desbordante, un amor desconsolado, una cosa sexualmente heroica que me atrapaba. Estaba preparado para iniciar el camino de la música. Ellos fueron la puerta de entrada a un camino propio que tomó rumbos diversos, pero que fue y es propio al fin.

La cosa empezó con un flechazo en el desierto. No creo que haya sido casual. Mucha de la música de ese disco tiene ese espíritu beatnik de carreteras, cactus, autos y viajes introspectivos. Las primeras veces que escuché Scar Tissue pensé inmediatamente en eso: es una canción para escuchar bajo el sol en el desierto. ¡Cuando salió el video no lo podía creer!

Recuerdo el Aiwa con Californication sonando a fondo en la cuadra de la panadería de un amigo, mientras empinábamos los primeros Termidor ablandados con fruta. Ahí, lanzados al pedregoso terreno de la adolescencia, haciendo nuestras primeras armas de seducción, forjando una personalidad a base de intentos de adultez y caraduría.

Recuerdo, también, aquellos viajes hacia la Gran Ciudad para poder escuchar en la radio que allá, en el pueblo, no llegábamos a sintonizar. Aprovechábamos el anonimato citadino para comprar revistas porno en los puestos de la 9 de Julio, con el Walkman sintonizando invariablemente la Rock & Pop y la FM Hit, en donde sonaba, una y otra vez, Other Side.

Ya había salido el siguiente disco de la banda, By the Way (2002) cuando, por si hacía falta, se terminó de sellar la conexión con Californication. Una de las noches más tristes de mi adolescencia fue cuando mi novia de entonces me partió el corazón. Estábamos en el boliche del pueblo, cuando ella –que era más chica que yo– decidió ponerle fin a la relación. Me subí al auto. Amanecía. Hice unas pocas cuadras empapado en lágrimas y bañado en la luz anaranjada del alba. Un gato negro se me cruzó desafiando las leyes de la suerte. Prendí la radio y sonó, increíblemente: “With the birds I´ll share this lonely view”. La canción sonó para mí, como un bálsamo. Dije: me los voy a tatuar. Y así fue. Desde entonces, el asterisco pepperiano está en mi omóplato derecho, gracia y obra del señor tatuador pueblerino: Pippen (por su parecido a Scottie, el ex jugador de básquet y mano derecha de Sir Michael Jordan).

Creo que todos, por más o menos melómanos que fuésemos, podemos trazar una línea de vida con la música que escuchábamos y escuchamos. Como el personaje de John Cusack en Alta Fidelidad, esa gran película que todo amante de la música debiera atesorar, puedo armar mi propia historia a través de los discos y canciones que se fueron grabando a sangre, llanto y risas.

Como aquella canción de Los Piojos, Muy despacito, cantada con gargantas ásperas repletas de vino y fogata, entre abrazos bañados de alcohol y promesas de amistad eterna. ¡Abajo el sol, abajo el sol, llover! Del Brillo triste de un canchero y la máquina de coser a fondo enhebrando remeras al calor de una imaginación sin límites de Daniel, y sus “¡amas de casas lavando ropa en el fondo del océano!”.

O el Tabú de Cerati y las selvas abiertas a mis pies, correr hasta alcanzar senderos que se bifurcan. El gracias por venir y mi primer recital, en Obras, con mi hermana y Café Tacuba de teloneros. Aquella Bocanada fue un amor y el odio: culpa de uno de sus temas, donde parecen simularse bocinas de barcos lejanos, sufrí mi primer trastorno del sueño.

De Juan, un enigmático y huidizo compañero de la facultad que un día me apuró: “No puedo creer que jamás hayas escuchado a Pearl Jam”. Y no, no lo había escuchado. De ahí a encontrar de nuevo al esquivo amor.  El “te amo” que nos dijimos con mi (todavía) compañera mientras Eddie Vedder cantaba “Pilate” de fondo en un monoambiente de la calle Pacheco de Melo. “Walks me out of town / Still one’s a crowd / Making angels in the dirt / Looking up looking all around”. De un compiladito, de los últimos que grabé, con un mensaje adentro en busca de levantar el ánimo: “No matter how cold is the winter, ther is a spring time ahead”.

Y la primera visita de Pearl Jam, el heroico Ferro de 2005. El calor, una borrachera desagradable y el llanto desconsolado con Given to fly; Eddie también borracho y el abrazo final a la salida, con el hediondo olor de los baños químicos detrás.

Salteando en el tiempo, el Indio en Salta 2009, Fuegos de Octubre y el descontrol de Todo un palo, tocada después de 11 años. El viaje eterno, las rutas santiagueñas y el Mundo con sus inverosímiles historias estimuladas con mate de té.

El acercamiento al folklore, las frases de Atahualpa Yupanqui (“para el que mira sin ver, la tierra es tierra nomás”), los Orozco Barrientos y su ilusión del amor resistiendo ante los asesinos. El amigo Carnota, la zamba del carnaval del Cuchi Leguizamón, el redescubrimiento de Calamaro y la revelación tardía con Oscar Alemán. La tierra, los atardeceres pampeanos y la birra ambientadas con Color Humano y su trash rock primogénito en la Argentina.

Y siempre, cada tanto, Los socios del desierto, el Flaco Spinetta, su cantata de puentes amarillos y el increíble capitán Beto, buceando en el espacio. Miles Davis, Kind of blue y mi gata buscando en el aire los acordes agudos. Todo vuelve a la frase de Dynamo: ¿Y la música dónde está? ¿En los cables?

Es verdad, un corazón no se endurece porque sí.

La música nos enseña:

A amar.

A entender.

Lo más preciso y precioso es que nos hace mejores y más felices.

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