Historias sin punto final
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#3 · Los discos y sus valores

Por Román Ostroswki

Ph. Francisco Bertotti

En las siguientes líneas trataré de decir algo sobre los distintos significados y lugares que puede tener un disco en la vida de un músico.

Hablo de los discos ajenos, los discos que otros artistas dejaron, y a los que un músico visita constantemente.

En primer lugar, hay un significado frío y objetivo: el disco como material de estudio.

Transcribir un solo, un arreglo, una melodía convierte a la música grabada en música escrita, y de ahí en más en material de análisis, en bibliografía musical que, si bien volverá a cobrar vida cuando quien la desgrabe la haga sonar nuevamente desde su lugar, desde su historia y desde su instrumento, tomó ya una nueva identidad para convertirse en material formativo.

Pienso, no sin cierta emoción, en la mañana en que un gran maestro con quien tuve la suerte de toparme desparramó sobre la mesa  cuatro o cinco partituras borroneadas que resultaron ser la transcripción del solo de “For Django”, de Joe Pass, el enorme guitarrista de Nueva Jersey. Yo era chico, todavía no entendía del todo de qué se trataba estudiar jazz, pero recuerdo el efecto que me produjo descubrir que eso que yo empezaba a escuchar en los discos podía tocarlo, imitarlo, intentar entenderlo y convertirlo (con suerte) en parte de lo que ambiciosamente podría llamar “mi lenguaje musical”. Y con ese solo se iniciaba una larga serie de transcripciones, de horas de estudio, de alegrías, frustraciones y sorpresas que siguen vigentes y que espero no me abandonen nunca. Gratificante tarea la de sentarse –casi a olvidarse del mundo– y reproducir un disco con el fin de transcribir un arreglo para un grupo del que formamos parte. O transcribir un solo que nos volvió locos para nosotros mismos, o para un alumno de esos en los que nos identificamos un poco, y sabemos lo disfrutará y lo recibirá con la ilusión que también tuvimos nosotros.

Hay un segundo atributo de los discos: el valor sentimental. Me resulta imposible no asociar algunos álbumes a ciertos momentos de mi vida, casi como bandas de sonido de una época. Y con cada época, personas, grupos, colegas, maestros, alumnos…

Discos que me hicieron conocer, discos que hice conocer, discos que a todo el mundo le gustaban y a mí no, discos que a mí me gustaban y al mundo no, discos que a mí me gustaban y al mundo también.

Vinicius de Moraes en La Fusa es el disco de mi adolescencia. Fingerpickin´, de Wes Montgomery, simboliza el momento en que supe que definitivamente sería guitarrista de jazz. E.S.P, de Miles Davis, los años del conservatorio y (ya que estamos) el descubrimiento del quinteto que más me conmovió en mi vida. Something More, de Buster Williams, el recuerdo de uno de los grupos más queridos de los que formé parte.

También me gustaría resaltar una condición que identifico en algunos (pocos) discos: su permanencia a través de los años.

Escuchamos discos nuevos todo el tiempo y cada tanto aparece uno que nos gusta más que el resto, y durante un tiempo volvemos a él. Lo repetimos para conocerlo, para entenderlo, para quererlo. Y así, como ya dije, permanecerá adosado a esa época que atravesamos. Sin embargo, en algún momento quedará atrás (seguramente reemplazado por un nuevo álbum que luego sufrirá el mismo irrevocable destino), será recuerdo musical de esa época que cerramos.

Pero hay algunos discos que desde el momento en que aparecen se instalan para siempre, inamovibles. Atraviesan nuestras épocas y nuestra historia. Indefectiblemente nuestra visión musical cambia con los años, y por ende los discos que escuchamos y buscamos. Pero está esa estirpe de disco, el disco que desde su aparición quedará pegado a nosotros, y nos acompañará siempre.

Son pocos. En mi caso puedo nombrar For Django, de Joe Pass; Freedom in the Groove, de Joshua Redman; Speak No Evil, de Wayne Shorter; Vinicius de Moraes con Maria Creuza en La Fusa

No sé cuál es el atributo que debe tener un material para formar parte de esta especie de elite. Busco patrones o factores comunes a los álbumes que nombré y no aparecen con facilidad. Son discos muy disímiles, no tan sencillos de asociar.

Pero una respuesta posible es que deben mostrar algo de nosotros. Tienen que decir algo que a nosotros nos gustaría decir, nos tienen que revelar algo que en algún punto intuíamos y que allí aparece plasmado.

La música ahí presente es parte de nuestra esencia, de nuestra identidad y cuenta mucho de nosotros.

Los discos que escuchamos, reescuchamos, a los que volvemos, hablan un poco de nuestra manera de entender la música y el arte y, por qué no, de nuestra forma de ver el mundo.

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