Historias sin punto final
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#14 · Nobleza del tiempo

Por Cristian Maluini

 

Al cangrejo le sobra con un rasguño de sol. Cómodamente posado, se sorprende cuando aterrizo en la orilla. Aparezco al lado del crustáceo después de quedar sepultado en una ola violenta y arremolinada. Mi amigo ocasional primero amaga un comentario, luego se arrepiente. Silencioso, voltea sus ojos gigantes y se desentiende para contemplar los muros de sales que se levantan y se destrozan en cuestión de segundos, visiblemente impresionado por el espectáculo.

A mí, el impacto del golpe me provoca un intenso desaliento. La sangre adormece su tránsito por unos instantes y cede en su misión infatigable. Intento reponer algún sentido, pero arrastrarme parece una reacción heroica. Recién nomás, inmerso en la rompiente y atravesado por espumas que me empujaron y giraron y finalmente derribaron, advertí, bastante sensato, que el agua se encargaría del destino definitivo de esa voltereta. Casi inmediatamente después de ese pensamiento, caigo contra las primeras arenas mojadas, demasiado lejos de los médanos más cercanos.

Exhausto, algo dolorido, cancelo mi vocación de hazaña y me desplomo.

Creo que tengo margen:

Para que sea de noche, falta todo el día.

Abajo

La montaña es un montón de paisaje incalculable: caminos peligrosos, rocas y piedras, árboles de todas las alturas, ramas que se perdieron, manantiales exquisitos, animales ocultos, silbidos invisibles, intrigas formidables y ecos escondidos.

Si hay un primer paso, es descubrir cuál es.

Parado sobre pasto amarillento, fatigado por la escasez de lluvias, suspiro ante la inmensidad más apabullante. Suelto la mochila y busco entre el desorden. Saco un cigarrillo y lo clavo en la tierra. Saco el manojo de hoja de coca que junté especialmente y lo hundo también en la tierra, al lado del cigarrillo. La botella de ginebra está llena de polvo porque la mochila está llena de polvo. El sacudón la limpia apenas, aunque la pulcritud es un exceso innecesario. Tomo un trago largo, hago una pausa. Repito y realizo otra, apenas más larga. Para completar la tradición, echo el líquido restante en el tumulto de coca enterrada.

Ante la cordillera, el respeto es un valor obligado: a los cerros hay que pedirles permiso.

Es mediodía y el cielo se ve deslucido por la cartulina grisácea que lo esconde.

Un batallón de nubes camina displicente hacia alguna parte.

El frío no pregunta.

Adentro

A 3700 metros de altura, el oxígeno entra al cuerpo de una forma diferente porque está excesivamente agitado, ansioso, incorruptible. Cuando impone sus condiciones, en una demostración de dominio demoledor, permanece al borde de cristalizarse. Deshidratado, intento lo que no sé si voy a conseguir: avanzar algunos pasos más.

Todavía sobrevengo al griterío heredado de los cerros, aunque intuyo que tengo un poco de suerte, de otra manera no se explicaría esta supervivencia. Soportar la estampida que empuja sin vacilaciones es construir una resistencia que roza la épica.

Anochece.

Desde acá, los astros están más cerca: son fulgores metálicos muy brillantes.

Ahora

Las chispitas de la fogata laten su fugacidad con resplandores minuciosos. Es una pulsión brevísima, casi irónica. De las llamaradas más rabiosamente encendidas, brotan esos diminutos ojos rojizos: chispitas. Inconscientes, saltan apuradas y se desvanecen en un estallido irremediable. El fuego desnuda su fragilidad, las chispitas se le mueren una y otra vez: a cada momento, hartas de arder o porque no pueden evitarlo. Refugiado en la fortaleza que lo dignifica, descarga voraces rugidos que mueven el pico de su incendio en múltiples direcciones. Ennegrecidas, las piedras se transforman en el cementerio improvisado para las chispitas que caen y siguen cayendo, en hileras organizadas. Primero desfilan hacia una altura escueta y luego flotan vencidas por la gravedad, hasta atornillarse una encima de la otra y formando un creciente manchón oscuro.

El fuego grita su bronca parpadeando continuamente y resignado a contemplar la muerte de esos hijos casi insignificantes, que corren con más ingenuidad que valentía hacia la pared invisible que los estrella.

Sentado, observo cómo la silueta cada vez más nítida de mi propia sombra se desprende de las vísceras de la gran llamarada y queda extendida en el piso de barro. Mirarme en la sombra propia, rodeado de chispitas que se autodestruyen, tal vez sirva de algo.

Engañosa, ella dibuja una versión corregida de mi propio cuerpo: medio encorvado como estoy, pero notablemente ampliado. Pintada de penumbra, perpetúa su autoridad.

El fuego, implacable, arde en la piel de lo cerca que estoy, ajeno al destino de una conversación empeñada en demorarse: es tarde y mi sombra no me dice, es tarde y mi sombra no me escucha.

Estamos a mano.

Con el fuego no: tiene planes que trascienden el rigor de mis intenciones. Encendido con la base de un tronco, algunas ramas que encontré y muchas mañas, alcanza altura y escupe fiereza, intimidante.

Hasta quedarme dormido.

Y transformarme en chispita.

 

Después

Sobra sol sofocante.

Sobra mar extendido.

Sobra horizonte que no dice porque sigue lejos.

O porque no es.

Manantial de bautismo ésta luna.

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