Historias sin punto final
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Por Bobby Flores

Lo bueno de los discos es que jamás tienen su destino marcado. En una época tuve miles y miles de discos en mi casa y cada vez que me mudaba llenaba canastos con discos, miles, y los tiraba en las nuevas bibliotecas como iban saliendo, sin acomodarlos. Todos me preguntaban cómo hacía para encontrar los que necesitaba, entonces contestaba que aparecían solos siempre. También se terminaban acomodando solos. Usaban mi mano para trasladarse, pero a veces me sorprendían apareciendo cuando ya los creía perdidos.

 

Es que en mi casa siempre se respetaron los discos. Ya en la casa de mis viejos, los discos de papá no se tocaban. En la mía, mis hijos saben desde que nacen que esas cosas de su padre no se manipulan, con ellos no se juega ni nada.

 

Pertenezco, por cronología, a la generación que llegó a todo escuchando discos de rock: al blues, al soul, a la literatura negra francesa, a Edgar Allan Poe, a la pintura de Kandinski y al hiperrealismo, a Roman Polansky y a Mel Brooks. En fin, a todo se llegaba desde el rock –y al rock se llegaba desde los discos.

 

Los creí indispensables para mi vida hasta una década atrás, cuando empecé con la compu. Hoy sé que nada es indispensable para siempre. Hasta eso me han enseñado los discos.

Ahora los miro y veo fragmentos de mi vida en cuadrados, los escucho y recuerdo hasta olores entre melódicos y armónicos, los presto y es como que te doy un pedazo de mi esqueleto.

 

A Bob Marley lo enterraron con su Gibson roja, un pote de marihuana y una biblia abierta en el salmo 23, ese que dice “El señor es mi pastor…”, en el cajón. Mi primo, el gordo, está haciendo los arreglos para que en el suyo cambien la Gibson por el segundo de Barry White.

 

Ya estoy pensando cuál quisiera que pongan en el mío.

 

Buenas tardes.

 

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