Historias sin punto final
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#11 · Sábado

Por Eduardo Fabregat

Yo podría comer pizza todos los días.

Marco dice eso y Martín y yo nos miramos como sabiendo que vamos a intentar discutir el asunto pero no demasiado, porque Marco es así, terminante y definitivo, y no servirá de mucho tratar de demostrarle que no hay ser humano exento de aburrirse comiendo pizza. Su convencimiento embiste contra cualquier argumento, y eso se aplica tanto a la gastronomía como a la música.

Estamos en La Vía, y lo que importa es otra cosa. La pizzería de Caracas y Yerbal es la lógica parada posterior a la ceremonia de cada sábado a la mañana: ir a Disquería 43, a Alex, a Cesar Po, a ver qué llegó y para qué nos alcanzan los mangos pacientemente juntados en la semana. Esperamos ansiosos el final de la semana para sacarnos de encima la molesta carpeta de secundaria –la carpeta de secundaria forrada con fotos de la Pelo y la Expreso, la carpeta que hace que los preceptores nos miren torcido– pero sobre todo porque llega el sábado a la mañana y nos encontramos en Caracas y Rivadavia para iniciar la gira. Y porque lo que resulte inalcanzable en las disquerías puede ser hallado en la segunda estación, el domingo en Parque Rivadavia: allí donde el clavo inesperado de un sábado puede llegar a canjearse por algo valioso. O al menos valioso para nosotros.

Parpadeamos al sol, entonces, flexionando los dedos por acto reflejo, calentándolos para el ejercicio de moverlos sobre la batea, prestidigitación sin conejos pero con magia. En Alex tienen por costumbre colgar cerca de la entrada los cinco o seis discos más importantes que llegaron esa semana; al entrar competimos a ver quién aguanta más tiempo la tentación, nos coordinamos para levantar la vista al mismo tiempo y que las exclamaciones hagan el resto. Queremos todo, o casi todo. Sabemos que el mejor trabajo del mundo sería atender una disquería.

Compramos discos importados. Es raro: por obra y gracia del ministro orejudo, muchas veces el disco importado sale lo mismo o más barato que el nacional. Tenemos todo Black Sabbath importado, y Van Halen y Led Zeppelin, y King Crimson, y Queen y Kiss. En el colegio hay boludos que dicen que tenés que “ser de Queen” o “ser de Kiss”: por eso Marco, Martín y yo somos tan amigos y por eso nos miran raro, porque ya tenemos equipo de fútbol y no necesitamos ponerle camiseta a Brian May. El disco importado, además, huele rico. Nos pegamos codazos cuando mi vieja sale con eso de que le dijeron que los discos de esos pintarrajeados vienen sellados porque “adentro traen droga”. Si nos viera abrir el Double Platinum o A night at the Opera o Master of reality y aspirar profundamente con expresión soñadora llamaría a la policía. Lo que sí traen los discos de Kiss son unos folletos y formularios para comprar merchandising, y nos da bronca todo lo que no podemos comprar porque andá a enviar unos dólares a una P.O.Box para que te manden la remera de la Kiss Army. Ningún otro grupo mete esas publicidades en sus discos. Un sábado, en la mesa de La Vía prometí que me iba a comprar el bajo hacha de Gene Simmons.

Entonces: llegamos a la disquería, ahí al lado del Cine Flores, y cuando alzamos la vista identificamos inmediatamente lo que hay de nuevo, y cuánto va a rendirnos lo que llevamos en el bolsillo. En una buena semana nos podemos ir con dos o tres, una semana floja puede significar solo uno y alguno de oferta (aunque en la batea de ofertas solo encontramos a Linda Ronstadt o cosas peores, como uno de esos compilados 17 Top Hits de temas conocidos regrabados por algún don nadie: solo de vez en cuando sucede el milagro de encontrar algo que valga la pena). Cuando la semana es mala yo prefiero no ir, o pasar directamente al domingo y confiar en la mística del parque.

Ahora le dedicamos más tiempo a la batea “Rock Nacional”, que antes era un par de estantes escuálidos pero desde la guerra fue ganando cada vez más espacio. Nos hace gracia que en eso de “Rock” convivan Riff, Spinetta, Manal y Serú pero también Marilina Ross, Piero y Vivencia: quizá nos pasamos de trogloditas, pero a veces le decimos a Alex (porque el dueño, claro, se llama Alejandro) que tendría que poner dos bateas distintas, una que diga “Rock Nacional” y otra de “Blandura nacional”, “Hippies apestando a pachuli” o algo así. Alex dice que es una suerte que los sábados a la mañana haya tanta gente así no tiene que escuchar nuestras boludeces.

Igual este sábado yo ya sé qué es lo que me voy a llevar, y que está en la batea de rock argentino. A nosotros nos gusta decir rock argentino, lo de “nacional” es muy de los milicos, Reorganización Nacional y toda esa mierda. Y ahí, entre las canciones depresivas de Baglietto y el primero de Suéter, tan cerca del de Tantor como del de Mónica Posse, está el disco que deseo hace rato, el disco que Marco y Martín ya tienen pero que en mi caso tuvo que esperar porque primero me compré Los niños que escriben en el cielo y Alma de diamante, y dos semanas atrás tenía la plata pero estaba agotado, y la semana pasada fue uno de esos sábados horribles sin discos nuevos. Imposible no ver la tapa violeta y azul que ahora tengo en las manos, protegida por un plástico, y se la llevo a Alex para que saque de su estantería mágica, allá atrás, el sobre naranja que estoy deseando estudiar en la mesa de La Vía, tirado en la cama, en el sillón frente al Winco que algún día cambiaré por una Lenco con estroboscopio como la de Marco.

-¿Esto solo, nene? –pregunta Alex, y yo respondo esto solo, Alex, con Kamikaze tengo para todo el fin de semana, sin saber aún que con Kamikaze voy a tener para toda la vida.

Martín se compra Diver Down de Van Halen y No llores por mí, Argentina de Serú. Marco pregunta por el nuevo de Riff pero todavía no llegó, y se lleva solamente Mob Rules de Sabbath porque quiere comprar un par de piratas en el parque. Salimos con nuestras bolsas amarillas con el logo rojo y negro, evitamos el Pumper por si anda cerca la barra del Negro, ponemos un par de monedas en la vía del tren para ampliar la colección de medallas deformes y vamos a la pizzería, donde el tío de Martín trabaja de encargado y siempre invita el almuerzo.

–Yo podría comer pizza todos los días –dice, repite, Marco, y finalmente lo entendemos. Porque no se trata de la pizza ni de La Vía sino de todo lo demás, de la belleza de ese momento eterno en nuestras vidas, de saber que podríamos hacer eso todos los días pero a la vez no poder evitar la melancolía de que ir el sábado juntos a comprar discos no será todos los días ni para siempre. Que dos años más tarde Marco se quedará dormido para siempre escuchando 1984 de Van Halen, y los que quedamos acá levantaremos la vista y ya no habrá discos nuevos colgados, ni estaremos juntos para celebrarlo.

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