Historias sin punto final
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#7 · Una luz en la oscuridad

por Chapa Morata

Era el año 90 con todo lo que eso significaba para los argentinos y para una familia de clase media baja como la mía. Tenía diez u once años y la curiosidad por la música había empezado a movilizarme. Por ese entonces, el living de mi casa era como un santuario para mis hermanos mayores, que en la oscuridad y con una sola luz iluminando el ambiente pasaban horas y horas allí. Los espiaba desde mi cuarto y recuerdo ver esa luz y de dónde provenía, para mí era como un Dios, un Dios iluminado que regalaba esperanza. Ese Dios era un tocadiscos Grundig, de los años setenta, con una bandeja en la que sonaban los discos que mis hermanos hacían girar. Sonaba Charly, Los Twist, Calamaro… me volvía loco con esos sonidos.

El living era como un espacio sagrado en mi casa. Mis hermanos, que tendrían 16 o 17 años, se habían apoderado de ese espacio de magia, de ese rincón de donde salían grandiosas canciones y siempre, pero siempre, que quería acercarme con mi hermano más chico, estaban ahí y no dejaban que nos acerquemos por miedo a que rallemos los discos o rompamos la magia de ese santuario.

Lo que mis hermanos no sabían, era que cuando ellos no estaban me acercaba con mucho cuidado al living, conectaba el tocadiscos y hacía girar esos discos tan misteriosos para mí, pasaba horas allí descubriendo sonidos y estaba atento a cuando ellos llegaban para guardar rápidamente los discos y dejar todo tal como lo habían dejado ellos.

Nunca me voy a olvidar del día que estaba en mi habitación y de repente empezó a llegar una música que no podía distinguir, o clasificar, no sabía si era rock, si era jazz o tango, a esa altura yo ya tenía muy incorporada la música y creía que podía distinguir esos sonidos. Recuerdo a mi hermana cantando a los gritos encima del disco y esta frase “…y esto no deja de ser una canción, desde el alma”, por supuesto estoy hablando del tema siete del disco Tercer Mundo, de Fito Páez. Carabelas nada, que curiosamente en la versión en CD llevaba el número ocho, porque venía con un bonus track. Cuando escuché ese disco automáticamente me voló la cabeza, no podía creer que en el rock entraran tantos colores y armonías. Desde ese día y más que nunca, esperaba ansioso estar a solas con aquel tocadiscos y como un ladrón profesional entraba al living y buscaba Tercer mundo para escucharlo una y otra vez, además de seguir descubriendo todo lo que tenía a mi alrededor.

A medida que pasaba el tiempo me relajaba más y más y cada vez prestaba menos atención al regreso de mis hermanos a casa.

Un día, mientras clandestinamente escuchaba ese disco, no oí llegar el auto de mi viejo a tiempo, que con sus últimos ronroneos frenaba en la puerta de mi casa. Rápidamente espíe por la ventana y vi que había llegado con mi hermana y una amiga, entonces corrí hacia el tocadiscos e intenté ordenar todo de la mejor manera, pero no encontraba la tapa del disco de Fito y terminé guardando Tercer Mundo en la primera tapa que vi, que resulté ser Signos, de Soda Stereo, otro disco que escuchaba sin parar por aquellos días. Así fue que terminé escondiendo Signos debajo de un almohadón y me escondí en mi habitación.

Mi hermana llevó a su amiga al living para mostrarle el tocadiscos y hacerlo girar con su magia. Entonces la escucho pegar un grito muy fuerte: “Martíiiin, ¿vos estuviste jugando con los discos?”, obviamente en la caja de Tercer Mundo no había nada y en la de Signos estaba el de Fito, así que después de escuchar una catarata de gritos e insultos típicos de un hermano mayor y en el momento en que pensé que ya no podría escuchar más esos discos, mi hermana sonrió como asintiendo y comprendí que les encantaba que a mí me gustasen los discos que ellos escuchaban. Así fue que recibí permiso para estar allí y me dieron la bienvenida al santuario, para que a partir de ese momento, pudiera disfrutar libremente de todas esas bellas canciones y jugar a mi antojo con el Dios Grundig y todos los dioses que habitaban aquellos discos.

Tercer Mundo fue un disco de quiebre para Fito y también lo fue para mí y para mucha gente de mi generación. Es un disco que contiene historias pesadas como El chico de la tapa o Yo te amé en Nicaragua, pasando por Carabelas nada, que retrata a la ciudad de Buenos Aires a la perfección y La luz de la mañana y sus calles, la aventura de dos gatos en Bode y Evelyn y el himno del disco: Y dale alegría a mi corazón, con las voces de David Lebón y el Flaco Spinetta, retratada en el sobre interno con la foto del Diego levantando la copa en el 86, mucha emoción y energía, los colores de Latinoamérica con sus luces y sombras, imágenes oníricas en la canción que le da nombre al disco. En definitiva, puedo decir que Tercer Mundo es mucho más que un disco para mí. En él están esos recuerdos invaluables de los comienzos, el descubrimiento de la vida, mis hermanos, la luz del tocadiscos en la oscuridad y una música con emoción y corazón, como los buenos discos tienen que tener.

Bienvenidos a mi mundo, el tercer mundo.

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