Historias sin punto final
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#25 · De cómo un fracaso se transforma en un…

Por Ignacio Belsito
Ilustración Aldana Sainz

Cuando escuché el ruido gigante, después entendí, todo había terminado. Antes de aquello, escuché los sonidos de siempre. Era temprano, pero la ciudad no sabe de silencios por esas horas. Hacía bastante calor y era verano. Pasaban los meses y seguía sin llegar a buenas conclusiones con respecto al problema, o mejor dicho a la solución. Unos discutían motivos abatidos por otros. Era una cadena de desvinculaciones que se sucedía formando metros y metros (y meses y meses) de cuestionamientos ajenos a la solución misma. Parecía un enredo porque, claro, lo era.

Un papel, establecía una causa; otro papel establecía la misma causa con otros sospechosos; otro papel establecía la misma causa, los mismos sospechosos, pero otras conclusiones. Aquellas conclusiones se desprendían de hipótesis variadas que no se desprendían de lo que dijeron los testigos. Todos los papeles, eso sí, viajaban a poca velocidad pero por muchos pasillos. Las familias, mientras tanto, esperaban sobre sus esperanzas.

Una vez como tantas otras pasé por el lugar en donde había escuchado aquel ruido gigante. Encima de una baldosa había una señora a la que los transeúntes veloces tropezaban. Parecía ida, pero concentrada. Pasados los minutos, me acerqué a ella porque consideré que necesitaba ayuda. Seguí pensando lo mismo, y hasta con más fuerza porque lloraba. Me dijo muy pocas palabras, pero fueron muy profundas.

Parece que ese tren que viene ahí, ¿lo ve? Sí… va a parar, seguramente. Supongo que el otro, con el paso del tiempo, sí frenará.

¿Cómo podía ser que alguien buscara cambiar los momentos que ya habían transcurrido? Las imágenes se le aparecían siempre, pero sin embargo buscaba con sus esperanzas cambiarle la forma, como si eso cambiara la historia. Es que esa repetición no cambiaría jamás. Yo seguía viajando en tren. Sin espacio para respirar. Chocando con la gente sin quererlo hacer realmente. Seguía criticando las ventanillas rotas. Podía escuchar a la gente sin saber qué hacer. Podía ver las caras de cansancio, como si Berni estuviera trazando una obra, pero viéndola moverse. Casi con miedo, escuché de nuevo los frenos haciendo ruido y fuerza para frenar. Esta vez, el tren cumplió su cometido y se detuvo.

Las crónicas del día miércoles 22 de febrero del año 2012, en cambio, decían:

“A las 8:33 a.m. una formación del ferrocarril Sarmiento, compuesta por ocho vagones atestados de gente se estrelló contra el parachoques hidráulico de la Estación Once. 51 personas murieron, 701 resultaron heridas”.

La tragedia, tan anunciada como evitable, mostró la ineficacia de un sistema que se ocupa del dinero, pero no de la gente a la que se lo saca. Quise escribir cómo un fracaso se convirtió en un desastre, pero esta historia no tiene todavía un final.

¿Querés escribirlo vos?

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