Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#8 · Vamos las bandas

por Sebastián Pandolfelli

 

En una canción de Spinettalandia el Flaco decía: “La memoria me resulta complicada y no me acuerdo ni de las cosas que leí”. En mi caso no es que recordar resulte algo complejo, pero las historias y las imágenes aparecen en random. A veces se superponen como capas y capas de fotogramas y sonidos que se remixan. Y así se arman las ficciones de lo real. Trato de evocar alguna historia de fracasos y otras yerbas, algún relato que pudiera resultar medianamente entretenido y creo que estoy empezando a fracasar en el mismísimo intento. Bueno, quizá esta anécdota sea un mash-up de la original. Entre los recortes aparece una noche: un recital de “Disculpe la Molestia”, la banda que tenía junto a mi hermano y mi primo allá en la adolescencia. En los dorados 90. Los anestesiados 90. Nuestra era de la boludez. Teníamos unos diecipocos y éramos unos pendejos insolentes y caraduras. El club de los veintisiete estaba tan pero tan lejos que no nos importaba morir en la nuestra. Vivíamos haciendo cosas raras. Apenas logramos sacar algún tipo de sonido a los instrumentos y sin importar tempo ni afinación salimos a tocar. A comernos los escenarios como si fuéramos estrellas de rock. Esa noche la cosa fue en San Telmo. El boliche, mejor dicho el antro, se llamaba igual que el negro zurdo que le enseñó al mundo cómo se toca la guitarra: “Hendrix”. Por la baranda que flotaba en el ambiente era como si el cadáver del pobre Jimi estuviera guardado en el baño. Tal como era costumbre (y lamentablemente algunos bolicheros lo siguen haciendo), teníamos que pagar para tocar, o sea: vender 50 entradas anticipadas para pagar el “sonido”, que venía a ser una consola hecha mierda y el par de amplis medio pelo más castigados de la historia del under. Pero… ¿cuánto vale ser la banda nueva? Primer fracaso: no vendimos ni una entrada y terminamos poniendo toda la tarasca nosotros. No me acuerdo, pero eran unos cuantos mangos. En la misma fecha nos programaron junto con tres bandas de Heavy Metal amigos del tipo que esa noche hacía de sonidista. Tremendo cabeza de tachuela. Con los pibes tocábamos reggae, ska y algo así como rock barrial, bastante malo, por cierto, por lo que el amo y señor de las perillas nos trató para el culo desde la prueba de sonido. Por supuesto: sus amigos sonaron bien y MUY fuerte. En el sorteo de lugares, nos tocó cerrar la noche. Eso no siempre quiere decir que sea bueno. El primer show de la fecha empezó tardísimo. Y los tachuelas no terminaban NUNCA. Pero nunca. Batas con doble bombo taladrando cerebros. Amplificadores con los potes “todo a 11” como en Spinal Tap. Guitarras distorsionadas hasta el límite de lo posible y solos, solos y más solos de interminables escalas pentatónicas y supersónicas paseando por el mástil de las Ibanez con calaveras. Era un ritual. Humo, olor, cuero, tachas. Y gritos guturales. Nosotros, la bandita de los pendejos que hacen rock barrial, sapos de otro pozo a la espera de nuestro turno. Los integrantes del grupo humano que conformaba nuestro escaso público, de a poco, empezaron a huir. Mortalmente aburridos y con principio de sordera quedaron: mi mamá, mi hermana y cuatro amigos. Subimos a tocar a las cinco de la mañana. Enfurecidos y con sueño, pero con unas cuantas cervezas encima fuimos a comernos el escenario. Mi primo, el cantante, algo “entonado” se mandó con una cháchara sobre el rock que no entendió nadie, pero remató con un “¡manga de putos!” que sonó como busca de roña. Al menos eso en el barrio es pelea. Al tercer tema empezó la discusión con el amo y señor de las perillas: “¡Che, Clemente subime los retornos!”, gritó el tecladista. “¿Que Clemente? ¡Gil! ¡Clemente sos vos como tocás ese pianito!”, saltó el otro desde atrás de la consola, y con él venían llegando los monos. Un ejército de gordos pelilargos envueltos en cuero y tachuelas. Las huestes del Metal suelen ser pacíficas, salvo que se las provoque. Alguno más saltó entre los cuatro gatos locos del público y nuestros amigos se fueron a las manos. El show terminó abruptamente al tercer tema. Mi vieja y mi hermana no lo podían creer. Rocanrol all night y aguante el aguante. Piñas van, piñas vienen. En dos minutos estábamos corriendo por el Pasaje San Lorenzo con los instrumentos colgando y sin las fundas. Para compensar, uno de los pibes se había agenciado un bolso lleno de cables y cuerdas. El recital de “Disculpe la Molestia” duró tres temas y medio. A ese boliche no volvimos más. La noche resultó un fiasco, pero fue un fracaso de esos que sirven de experiencia. La banda siguió ensayando durante un par de años y hasta aprendimos a tocar. Después cada uno hizo su propio camino musical. El arte de combinar sonidos y silencios se transformó en el arte de combinar los egos y los horarios. Ahora acá estamos. Mi primo dejó de cantar en bandas. Mi hermano sigue con el bajo y armó un estudio de grabación, el saxofonista nos espera del otro lado de las nubes, ya nos reuniremos con él en una gran zapada cuando nos toque, el tecladista vive en Italia y tiene su banda y su estudio y yo acabo de editar mi primer disco con Los Barriletes Cósmicos. En definitiva, el futuro nos llegó hace rato pero no fue tan terrible. Ah, me olvidaba: al final de los 90, aquel boliche terminó ahogado en su propio vómito.

No comments

LEAVE A COMMENT