Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#6 · Bielsa no fracasó

Por Ariel Scher

Mi mamá me preguntó si había comido, mi papá me preguntó si había conocido, mi mujer me preguntó si la había extrañado, mis hijos me preguntaron si me acordaba de que tenía hijos. Y mi amigo Desiderio no me preguntó nada. No me preguntó nada y no bien parpadeó delante de lo que quedaba de mi cuerpo en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, me abrazó sin concentrarse, como se abraza a una suegra, y me dijo. No, no me dijo: me sentenció. No, no me sentenció: me proclamó. Sí, me proclamó. Me proclamó con las mejillas duras, con los ojos serios, con la voz agravada y con el corazón presionándole el tórax, la única frase que le importaba proclamarme y proclamarle a las galaxias desde que se enteró de que a esa hora de ese día del 2002 yo iba a volver de Japón:

 

–Bielsa no fracasó.

 

“Bielsa no fracasó”, me repitió mi amigo Desiderio, después de mi sexto paso sobre el suelo argentino, y antes del segundo regalo japonés que apoyé en las manos jovencísimas de mis hijos, y durante el primer beso que le di a mi mujer tras dos meses de labios secos, y mientras mi mamá, naturalmente, insistía en su inquietud sobre si había comido. “Bielsa no fracasó” reiteró como si ya no sólo pretendiera apropiarse de mis oídos sino, además, de los de un gordazo de dos metros de ancho y de alto que lo registraba indignado, levantando presión en todo su ancho y en todo su alto. “Bielsa no fracasó” gritó, desencajado, con la misma ansiedad que yo sentía por jugar en la plaza con mis hijos o por devorar un asado argentinísimo, provocando el hervor de cada miligramo de protoplasma del gordo.

 

Sólo cuando le respondí que estaba de acuerdo, dejó de proclamar.

 

Y fue peor.

 

Fue peor porque, con una constancia igual a la de los feligreses que balbucean “amén”, a partir de ese hito aplicó el “Bielsa no fracasó” a todas las oraciones a las que apeló para fundamentarme eso, eso mismo, que Bielsa, el conductor de esa aventura sin buenos resultados para el fútbol nacional, no había fracasado. “Bielsa no fracasó”, reprodujo, una vez, dos veces, veinte o treinta, como si Ezeiza fuera Harvard y él anduviera desplegando su tesis de doctorado. Disculpas: me quedo corto, muy corto. La defensa de una tesis doctoral en Harvard no retrata esa circunstancia. Mi amigo Desiderio exponía como si yo no fuera yo y como si mi familia no fuera una familia resignada a postergar toda aspiración de dialogar conmigo. Parecía otra cosa y de otra edad: un hombre parado frente al tribunal de la Inquisición al que sobre las espaldas y sobre la lengua le cabía la responsabilidad de rescatar a alguna víctima desde el umbral de la muerte hasta el sol de la vida.

 

“Bielsa no fracasó” vociferó, en el segundo en el que yo observaba cómo un mozo del aeropuerto despegaba una banderita argentina de su bar y musitaba “somos una mierda”. “Bielsa no fracasó” aseguró con sus cuerdas vocales en estado de inflamación y, además, con un cartel que sacó desde adentro de un bolso saturado de papeles y que exhibió casi sobre los pies del gordazo. “Bielsa no fracasó” bramó, al tiempo en el que desgranaba conceptos como “fracasar es traicionar”, “fracasar es no intentar”, “fracasar es pasar por suerte y no por mérito”, “fracasar no es tropezar en un momento sino haber hecho un mal camino”, “fracasar no es que la pelota no entre sino faltarle el respeto a la pelota”.

 

Ahí frenó. Eso significa que frenamos porque su desborde, su necesidad, su condición de viento capaz de arrasar, obligaba a que, sin que lo conversáramos, todos aceptáramos subordinar mi regreso, los interrogantes de mis gentes más queridas, mi ambición de saciar mi hambre de besos y mi fe en paladear un asado argentinísimo a su sed de reivindicar a Bielsa. Mis hijos desparramaron sobre el piso de Ezeiza los dos regalos que había conseguido entregarles, mi papá esparció sus huesos de abuelo al lado de ellos y asumió que la existencia continuaba como si yo no hubiera retornado y mi mamá le confesó a mi mujer que me percibía flaco y que, seguro, había comido mal. Mi amigo Desiderio no reparó en nada de eso. De los fondos del bolso desde el que había emergido el cartel con la inscripción “Bielsa no fracasó”, extrajo más papeles, los distribuyó cerca de los obsequios desenvueltos de mis hijos y me dijo, o me sentenció, o, de nuevo, me proclamó: “Mirá, ahí está todo”.

 

Entonces, condenado, miré.

 

Miré.

 

Miré. Y no lo pude creer.

 

Setecientos veintidós dibujos, o croquis, o ensayos gráficos futboleros, o piezas dignas del Louvre pero extendidas sobre baldosas argentinas, mostraban los movimientos de la Selección de Bielsa a través de la breve experiencia japonesa que, tras sólo tres partidos, apagó la ilusión del Mundial. “Bielsa no fracasó”, me ametralló otra vez. Y, también otra vez, me indicó: “Mirá, ahí está todo”.

 

Mis hijos arruinaron uno de esos análisis bordados a mano limpia porque, hartos de esperarme, se abalanzaron sobre ese papel y moldearon una pelota para jugar un metegolentra con mi papá. Una lástima: era sobre un momento del primer tiempo frente a Inglaterra, esa derrota dura del segundo partido. Y una señora de tacos altos y horribles agujereó otro papel cuando le pasó por encima con una valija ancha en la que, ni dudarlo, cargaba una colección de porquerías tan feas como sus tacos pero compradas en Europa. A los setecientos veinte dibujos restantes los vi.

 

Los vi con todo el respeto que merece ese verbo: ver. Ver de verdad. Ver de verdad, lo que implicó que mis hijos compartieran con mi papá unas tres horas de Ezeiza y de metegolentra y que mi mujer, si añoraba el vino de mis besos, permaneciera con la boca seca porque aún no podía complacerla. Es que tres horas me demandó desmenuzar el contenido riquísimo que emanaba de cada imagen, de cada documento labrado a lápiz, de cada esfuerzo por demostrar lo que mi amigo Desiderio, imparablemente, como un delirante en una noche de cuatro fiebres simultáneas, ya pronunciaba sin tragar aire entre vez y vez: “Bielsa no fracasó, Bielsa no fracasó, Bielsa no fracasó, Bielsa no fracasó”. Sólo en una brevedad interrumpí esa labor al detectar las pupilas suplicantes de mi mamá. “Comí bien. Y te quiero”, le soplé. Y enseguida seguí viendo.

 

Cuando concluí, di por superado mi cansancio por el viaje largo, me agaché y junté uno por uno los setecientos veinte testimonios de esa obra monumental. De inmediato, subí los ojos, le ofrendarle un abrazo a mi amigo Desiderio como los que requieren los amigos y no las suegras y dije, aunque en verdad no dije y sí sentencié, aunque por cierto no sentencié y sí proclamé. Proclamé: “Bielsa no fracasó”.

 

“Algún día este mundo discutirá, de verdad, qué es fracasar”, alcancé a añadirle, con los labios de mi mujer, ahora sí, embutidos en mis labios y con mis hijos, ahora sí, alborotando el ambiente, uno aferrado a mi rodilla derecha, el otro colgado de mi índice zurdo y deletreando, como un himno, ese eco del que tanta nostalgia guardaba, o sea “papá, papá”. Mi amigo Desiderio, en cambio, transmitía extenuación y caminaba despacito, en paz, con la garganta ya liberada de entonar “Bielsa no fracasó, Bielsa no fracasó”.

 

Pudimos así, por fin, trasponer el espacio del aeropuerto y, lo juro, yo atrapé los aires de mi patria y hasta se me hizo que el tabique nasal completo se llenaba con el aroma de un asado argentinísimo. Apunté con las cejas hacia el cielo, me apropié de los fríos de ese invierno idéntico a los inviernos de mi infancia y casi lloré cuando, al pestañear de cara a mi horizonte recobrado, mi mujer, mis hijos, mi mamá y mi papá me rodearon felices. “Fracasar es no tenerlos a ellos”, medité, acaso todavía imbuido de las frases incesantes de mi amigo Desiderio.

 

–¿Y Desiderio?

 

Lo pregunté de golpe, azorado, dándome cuenta de que lo había extraviado de mi paisaje feliz. No necesité ni tiempo para localizarlo. Veinte metros más atrás, yacía ensangrentado y apretando su bolso. El gordazo, impiadoso, lo miraba erguido.

 

–Que me venís con que no fracasó, tarado. Nos fue como el culo– dijo, sentenció, proclamó esa mole angustiada y enfurecida mientras dejaba a mi amigo Desiderio abandonado como se hace con los paraguas rotos o con los malos recuerdos.

 

Todos corrimos a ayudarlo, a levantarlo, a consolarlo.

 

Mi amigo Desiderio capturó uno de los papeles de su bolso y se secó un hilito rojo que le brotaba desde el arco superciliar izquierdo. “Es el papel con el saque del medio del último partido, el que merecimos ganar y no empatar contra Suecia”, me detalló”. “No era un momento esencial”, agregó, esbozando una mueca a la que, con esfuerzo, podía evaluarse como una leve sonrisa.

 

Quise contentarlo argumentando que no todas las personas pueden pensar en todos los momentos, que el fútbol suele acelerar demasiadas vísceras antes de poner en marcha el cerebro, que nos tocaba una cultura en la que, como había manifestado el propio Bielsa en alguna tarde, se confunde el éxito con la felicidad.

 

Quise largarle todo eso, pero los dientes me castañetearon, la voz se me descontroló y las palabras me surgieron desde un sitio que yo no controlaba. Lo único que me oí emitir fue esto:

 

–Bielsa no fracasó.

 

Sacudido, el mozo que había susurrado “somos una mierda” suspendió todas sus actividades y se arrimó a auxiliarlo. Se esmeró pero no pudo evitar que, alterando el tono, se le escapara una exclamación:

 

–Uh, viejo, qué golpe te dieron. ¡Cómo perdiste! Doble derrota la tuya.

 

Mi amigo Desiderio trató de enfocarlo. Tenía el ojo abollado, pero el alma invencible. “Perder no es fracasar”, contestó con entereza, con la misma entereza con la que acarició su bolso lleno de papeles y, ahora sí, con una sonrisa nítida, dijo, sentenció y, al final, atisbando la inmensa figura de su agresor en un horizonte distante, proclamó. Proclamó con el alma:

 

–Gordo, el fracasado sos vos. Fracasados son lo que no aprenden que en la vida se pierde y se gana.

 

Después, indagó sobre nuestro rumbo para comer el asado argentinísimo. Cuando logró erguirse para ir en busca de ese asado, el mozo del “somos una mierda” le escuchó una consideración más:

 

–Bielsa no fracasó. Y yo tampoco.

No comments

LEAVE A COMMENT