Historias sin punto final
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#7 · Derrotas del alma

Por Rodrigo Dotti

 

Casi no tengo dudas, aunque sé que es sólo mi verdad relativa, pero decididamente el fracaso está sujeto a las expectativas, y estas últimas se van formando con la autoestima que forjamos desde chicos; esta jamás fue muy grande en mí, lo que generó que nunca haya sufrido grandes traspiés, así como tampoco grandes victorias. También a lo largo de mi historia me he dado cuenta que el fracaso va y viene, a veces lo hace rápido, en cuestión de horas o minutos, otras veces lo hace despacio, sin prisas, haciendo que nos pongamos ansiosos, en una mezcla entre pretender cambiar nuestra suerte y esa sed de venganza que a veces llevamos dentro.

Lomas del Mirador, Buenos Aires, luego de la mañana escolar y haber almorzado rápido, todos corremos a la placita del barrio a jugar a la pelota. A pesar de la alegría, dentro de mí corre una sensación extraña, sé que se aproxima el pan y queso y nada me salvará de ser el último elegido o en caso de que seamos jugadores impares, seré el refuerzo del equipo más débil para que por lo menos tengan uno más, de nada valdrán ya mis esfuerzos, ni tener la suerte de clavar la pelota justo donde el árbol que oficia de poste hace una curva, es decir en el ángulo, el estigma de ser de los peores ya ha hecho su trabajo y en caso de derrota la culpa será toda mía.

Tras lo inevitable, vuelvo a casa antes del anochecer como lo pidió la vieja, con la mirada perdida y la sensación del fracaso sobre mis espaldas por vez primera.

Las elecciones que hice en mi adolescencia no me ayudaron mucho, mientras todos buscaban comprarse su ropa de última moda o las mejores zapatillas, yo me paraba en la vereda opuesta con mis botitas Topper de lona negras, la campera de cuero y las remeras que chorreaban heavy metal. Por supuesto que las posibilidades que una pendeja te dé bola con esa facha eran prácticamente nulas, encima en los recitales eran todos huevos, un intolerable exceso de testosterona y las dos o tres féminas que había eran novias de los músicos o del dueño del local, todo esto llevaba a un gran fracaso sexual que se satisfacía gracias a que siempre tuve manos largas y llegaban cómodamente a mi entrepierna. Un par de años me costó comprender que esa situación se resolvía rockeandola los viernes y careteándola los sábados en algún boliche. ¡Uff! ¡Los boliches! Ya ni recuerdo cómo eran y a muchos les pasará igual, muchos padres de familia algún sábado a la noche podemos llegar a sentirnos fracasados, terminamos frente a la TV viendo fútbol y tapando nuestras arterias con pizzas y cervezas, mientras otros se están empilchando, perfumando para salir, a los bares, a las discos, a cazar. Pero basta que pasen apenas unas horas para que todo se dé vuelta, la mañana soleada del domingo nos encuentra desayunando y felices en familia, mientras los cazadores no saben cómo hacer para que se convierta en una grande de muzzarella ese culo que ronca y se babea al lado de ellos y que ni siquiera recuerdan cómo se llama. En ese momento confirmamos que el fracaso va y viene y hasta alimenta nuestra sed cretina de venganza.

El tiempo pasa, y no sólo nos vamos poniendo viejos, sino que también se empieza a percibir un goteo de pequeños fracasos, tus hijos no te dan bola y cada vez tienen más confirmada la teoría de que sos un pelotudo, en el laburo de a poquito te van haciendo entender, de forma amistosa o no, que ya no servís para nada, tu mujer te mira de costado porque siempre está blandita y encima ya no le podes hacer el chamuyo barato de que es la primera vez que te pasa. En fin, toda una lista de vicisitudes que ya sólo tendrán revancha si te toca un rápido desenlace a la hora de marchar, cosa que obviamente de seguro no sucederá.

Lomas del Mirador, Buenos Aires, calurosa tarde de enero, sólo funcionan mi cerebro y mi corazón, mis otras extremidades se encuentran entumecidas y rígidas, el olor es nauseabundo, harto de pañales y jeringas me pregunto: ¿cuándo moriré? Bah, en realidad eso se preguntan todos. También me pregunto: ¿iré al cielo o al infierno? No lo sé, es más, sin dudas que si voy al infierno el diablo me estará esperando con la campera de cuero y el heavy metal y todas esas pendejas que ni me miraban; sí, ya viejas por supuesto, pero con sus minis, tacos y portaligas, y en el cielo tal vez esté Dios haciendo un pan y queso y eligiéndome primero que a nadie como capitán de su equipo. En fin, no lo creo, seguramente el mismo fracaso que me persiguió toda la vida, seguirá rondando en mi lecho de muerte y después de ella.

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