Historias sin punto final
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#12 · Día de la Independencia

Por Juan Duacastella
Ph. Francisco Bertotti y Gustavo Salamié

 

“En una foto antigua encuentro
juntos, por única vez

a mis abuelos,
cenando en el Casino de Oficiales.
Mi abuela mira a cámara, y me doy cuenta
que es la persona más joven del cuadro
y su brillo destaca
rodeada de militares en trajes de gala y señoras
que a su lado resultan mayores.
Parece feliz
pienso,
y tal vez lo sea,
después de todo nadie sabe
cuándo comienza un naufragio”

Cuando tenía seis años, un vecino de enfrente me contó que había visto a su padre, la noche anterior, enterrando armas en el jardín, llorando, con su uniforme azul de policía todavía puesto. Y después yo lo veía pasar al tipo, esperar el colectivo en la esquina, con su campera del grupo halcón y el arma en la cintura brillando como una sortija, y lo que más me costaba era imaginármelo llorando.

Eso fue en 1987 y pasaron años hasta que comprendí lo que mi vecino había visto.  Durante mucho tiempo olvidé ese recuerdo, junto con muchos otros de la niñez, merced a sofisticados procesos de clasificación de las memorias habidos en nuestra mente.

Olvidé el asado ese en el que jugando al truco mi abuelo se calentó y puso el arma sobre la mesa –un arma preciosa, plateada, como un revólver de la guerra civil americana– y todos se tiraron al suelo, cosa que los chicos interpretamos como una gracia, aunque luego el recuerdo me agregó las copas de whisky que el coronel había tomado, las discusiones previas con mis tíos políticos y la reacción de mi vieja que nos mandó a jugar a la vereda.

Muchos años más tarde, mi abuelo egresó de su cuarto divorcio –tendría uno más en su haber– y por una breve temporada se quedó en nuestra casa. Yo ya estaba yendo a la facultad y podía ver la cosa con otros ojos. Recuerdo que trajo su uniforme de gala;  lo colgó en mi placard,  y a mí me dio impresión, como si fuera un objeto maldito, ominoso, grave. Mis hermanos menores lo tomaban con gracia, después de todo era la novedad del verano. El tipo nunca había aparecido mucho por casa y hasta jodíamos con que apenas se sabía los nombres.

Por las mañanas se tomaba un sospechoso jugo de naranja que le duraba un par de horas, sentado en el jardín, tratando de entablar comunicación con esos desconocidos que éramos sus nietos.

Algunas tardes, si bebía mucho, se ponía a tocar el piano y la verdad es que no lo hacía mal. Tenía un repertorio de zambas y chamamés que mis hermanos más chicos celebraban, en ese borde entre la gracia y el nerviosismo que genera alguien que alguna vez causó miedo.

La ciudad donde vivíamos quedaba frente a Campo de Mayo, y era muy común que los padres de mis amigos fueran militares, tanto como abogados, comerciantes, o cualquier otra profesión.

El tránsito por la ruta interior de Campo de Mayo era un atajo necesario para regresar de la capital y a mí me gustaba. Podías ver los tanques de guerra estacionados como adornos en las intersecciones de sus calles internas, los soldaditos de guardia con sus rifles controlando los ingresos, y mi parte preferida que era el campo de entrenamiento de los paracaidistas, señalizado con una tranquera de reja que tenía un diseño de hierro con forma de paracaídas –o, mejor dicho, con la forma en que un niño dibujaría un paracaídas–, en sintonía con ese encanto pueril que siempre tuvo lo militar.

A veces, cuando había algún evento importante en la municipalidad, llovían los paracaidistas sobre la plaza, mientras la banda militar tocaba y yo me quedaba mirando los uniformes de los músicos, algo percudidos en relación al brillo de sus instrumentos, que resplandecían, y me fijaba en el detalle de sus guantes, perforados en las yemas de los dedos para poder tocar con más comodidad. Todos aplaudían y en ese momento no existía el conflicto.

Hubo una época en que incluso nos atendimos en el hospital militar, donde mi abuelo había llegado a ser director. Mis padres se habían quedado sin cobertura de salud, y  en ese lugar nació mi hermana del medio. Recuerdo el día siguiente, cuando nos llevaron a conocerla, y lo primero que viene a la mente es la bandera gigante –la más grande que había visto hasta ese entonces– que ondeaba en el frente.

Una vez fui a lo de un amigo y me mostró las medallas que tenía su padre, ganadas en Malvinas algunas, y en otros enfrentamientos que en ese momento no significaron nada para mí. Las medallas eran un poco desilusionantes: mucho más finitas de lo que uno podía esperar de acuerdo con la experiencia televisiva que teníamos sobre condecoraciones, medallas de honor del congreso de los Estados Unidos o medallas Corazón Púrpura al valor, que recibían los heridos en combate. También me mostró un arma, y me propuso desarmar una bala para ver cómo era la pólvora. Por dentro olía igual que un petardo, y se nos ocurrió hacer un caminito de pólvora en el jardín para prenderlo fuego. Estábamos repitiendo la operación con otra bala cuando apareció el padre de mi amigo y nos empezó a gritar que eso era un peligro, y luego lo hizo entrar a mi amigo a la casa, mientras yo me quedaba esperando en el jardín, hasta que el pibe salió con los ojos llorosos y me dijo que mejor me fuera, que me prestaba su bici si quería porque yo vivía lejos, pero que me fuera rápido. Cuando llegué a casa me di cuenta de que en el bolsillo tenía todavía una bala. La guardé en un cajón envuelta en un pañuelo, como si fuera una pieza delicada.

El verano siguiente me fui de vacaciones con ese amigo y su padre resultó ser un tipo macanudo, que se ocupaba de entretenernos y organizaba torneos de penales con todos los chicos del balneario. Creo que tendríamos unos once o doce años y ya nos interesábamos por salir de noche, cosa que el tipo nos permitía, y nos daba algo de guita extra para gastar por la peatonal.

Una mañana me levanté temprano, mi amigo aun dormía, y busqué el diario para leer la sección deportiva. El padre de mi amigo estaba despierto y me hizo sentar con él en el porche de la casa que habían alquilado para las vacaciones. Me preguntó si tomaba el mate amargo, cosa que interpreté como un trato de adulto. Al rato, como si se hubiera decidido de pronto, abrió su camisa y me mostró una cicatriz que le surcaba unos cinco centímetros entre el cuello y el corazón. ¿Ves esto?, me dijo, fue una bala. Tu abuelo me operó y me salvó la vida.

Yo tenía once o doce años y ese detalle de la cicatriz pasó de largo sin ocuparme ni un segundo la mente, porque era el verano de dejar atrás la niñez, de tomar la primera cerveza y fumar cigarrillos en la peatonal, y todo eso era más importante que cualquier cicatriz del pasado de otras personas. Ese verano sentí la urgencia del amor por primera vez como algo real, y siempre lo recordé con felicidad, hasta el día en que me enteré que el padre de mi amigo estaba preso por haber participado en los vuelos de muerte.

Mi abuelo vivió con nosotros sólo unos meses, hasta que mis padres se hartaron y lograron que se fuera. En el medio, una noche en que volvía de la cancha y estaba entrando el auto, vi una figura en el jardín, haciendo un pozo. Era mi viejo y estaba enterrando las armas del abuelo. Es peligroso, me dijo, y yo lo ayudé sin preguntar nada más.

El día que se fue de casa el abuelo nos llamó y nos dio a cada uno un regalo. Pese al entusiasmo inicial en seguida nos dimos cuenta de que eran todas porquerías que se quería sacar de encima. A mí me tocó una medalla de esas finitas, que decía “El casino de oficiales, a los 25 años de servicio” o algo así. Era de oro y fue lo único que recibí jamás de su parte.

La fundí y me hice los anillos con los cuales me casé. Mi abuelo se fue a vivir a Mar del Plata, y me envió de regalo unas sábanas baratísimas, que seguramente habría comprado en un supermercado. Todavía tuvo tiempo para casarse una vez más, la quinta, antes de que le llegara la acusación y la prisión domiciliaria por crímenes cometidos dentro del hospital.

Mientras tanto yo me separaba de mi esposa sólo cuatro años después y para todos –incluyéndome– era un gran fracaso.

Recuerdo que tomé coraje varios días hasta encarar el tema con mi mujer, que esa semana habíamos estado viendo Lost como locos, en silencio, sin hablarnos, que hacía un frío helado y hasta las plantas del jardín se habían recogido sobre sí mismas esa noche, para protegerse. Fue uno de los momentos más tristes de mi vida.

Al otro día me fui.

Tomé el tren a Retiro y me saqué el anillo, que se había puesto frío como un diamante. Apenas arrancó me di cuenta de que había empezado a nevar.

Era 9 de julio y la gente salía a la calle aprovechando el feriado, maravillada por ese pequeño milagro que les habían regalado.

Ese día, por unas horas, todos pensaron que la vida era hermosa.

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