Historias sin punto final
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#19 · El fracaso en el cuerpo

Por Diego Golombek
Ilustración Ángel Mosquito

He cometido el peor de los pecados: no puedo bailar. Bueno, no es para tanto: no será el peor de los peores, pero tampoco debe andar muy lejos.

Déjenme explicarlo un poco: cualquier intento por seguir mínimamente un ritmo que involucre más de una parte y media de mi cuerpo resulta un fracaso estrepitoso. No es que no tenga capacidad musical, no: mis dotes en ese sentido son francamente aceptables, pero cuando se llega al esqueleto y los músculos… es otra historia, cercana a la tragedia.

En los últimos años se ha llegado a identificar un estilo particular de danza, algo así como el “baile del científico” o, peor aún, “los pasos del biólogo”. A grandes rasgos podría definirse como un movimiento en bloque, salpicado de algún salto a intervalos irregulares, intentando levantar los brazos o mover cabezas de manera grácil pero decididamente tosca, con las mejores intenciones de seguir una sección rítmica en una celebración de investigadores que, contrariamente a lo que suele pensarse, es cosa frecuente, y hasta hay risas, tragos, alegrías varias… pero poco parecido al lago de los cisnes, o la caminata lunar o el quebradero justo de cadera al compás de lo que esté sonando.

Pero en mi caso, ni siquiera eso: hasta el baile del científico me está vedado. Intenté varios caminos: el alcohol, el camuflaje en la oscuridad, la excusa de la fiebre o de la rotura de ligamentos. Pero nada: llevo mi fracaso escrito en el cuerpo. En el movimiento del cuerpo, para ser más precisos.

Peor aun si se trata de seguir un paso, por simple que sea: mis piernas se niegan a tal tortura, me preguntan el porqué del sometimiento público al escarnio, aun si se trata de lo que otros mortales llamarían pasos simples, uno por aquí, dos por allá, cruzamos el pie y volvemos a empezar. Prefiero, sin dudarlo, la tortura china de las cosquillas, o aun el helado de crema del cielo.

Escondido bajo el anonimato de la vida en el extranjero, llegué a tomar alguna que otra clase. De danzas latinas, para ser más precisos. El profesor era un cubano de aquellos odiosos que pueden destrabar su cuerpo en partes, los brazos por aquí, la cadera hacia el infinito, las piernas con sus volteretas autónomas. Lo odié desde el primer momento, pero había que intentarlo, y lo intenté por dos clases completas, decidido a lograr al menos una mínima hazaña. Nada: al tercer paso de salsa, merengue, danzón o cualquiera de sus variantes me mareaba, perdía el sentido del tiempo, el espacio y la relatividad, el mundo se partía nuevamente entre los seguidores del ritmo y yo. Finalmente, el profesor cubano se apiadó de mis intentos y me echó sin mucha consideración, no sin antes aconsejarme que intentara con clases individuales, intensivas, y a muy largo plazo.

Allí siguen acechándome el tren carioca de los casamientos, el pogo de los recitales, el vals de los novios, el baile espontáneo de los cumpleaños, las murgas y hasta los cantos y pasos en las marchas políticas. Con mi mejor estampa de yolapasobienigual, nosepreocupen, sigo mi camino de a pasos perfectamente regulares, que no se permiten desvíos o espasmos musculares.

Pensarán que, puestos a elegir un fracaso personal, quizá el mío sea de los más sutiles, llevaderos o, incluso, escondibles. Pero lo cierto es que cada uno carga con el fracaso que supo conseguir, y no hay con qué darle. Tengo mis consuelos, sí, como el baile con hijos a cuestas, en el que no valen tanto los pasos como el cariño y la alegría del momento. O enfrentarme a la música con otras armas: el canto, los instrumentos, hasta la composición. Pero yo no soy un bailarín (porque me gusta quedarme quieto en la tierra y sentir que mis pies tienen raíz).

La vida no es tan terrible, es verdad. Hasta pueden buscarme en fiestas o reuniones, en celebraciones, salones o livings con pistas improvisadas. Allí me encontrarán, vaso en mano, un poco detrás de una columna y asintiendo ligeramente con la cabeza al compás del rock o de lo que esté sonando. Eso sí… bastante a destiempo.

 

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