Historias sin punto final
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#2 · El fracaso

Por Fernando Signorini

Ilustración

Con la intención de poder dejar en claro desde el inicio mi valoración acerca del fracaso, quiero asegurarles que, al llegar al final de esta especie de reflexión acerca de su significado, tendré la absoluta seguridad de estar a salvo de caer en ese temido abismo, ya que me prometí hacerlo de la mejor manera posible. En un
principio, parecería ser este un argumento casi irrebatible en la búsqueda de
su correcta definición. Así entendido, cualquier logro concretado tras haber
puesto lo mejor de cada uno, quedaría a salvo de ser etiquetado bajo ese pesado
rótulo… pero ¿será siempre así? ¡No! (al menos para mí). ¿Por qué? Pensemos: si adherimos a esta formulación, sólo quedarían comprendidos en ella aquellas
cosas que terminan por ser concretadas. ¡No estoy para nada de acuerdo! Y para
dejar en claro el por qué, recurriré al siguiente ejemplo. No resultará muy
complicado entender que muchas veces logramos llevar a buen puerto nuestras
iniciativas, sin tener para ello que recurrir al máximo de nuestras
posibilidades, pero quien no obtiene la misma recompensa a pesar de haber
puesto absolutamente todo de sí ¿debe valorar esa  imposibilidad como un fracaso? Sin embargo, tengo para mí que  tampoco alcanza el hecho de
conseguir algo a base de todo el esfuerzo posible, si los medios utilizados
para alcanzar los fines están preñados de recursos reñidos con valores éticos
insoslayables (el ambiente del deporte está lleno de ejemplos). Todo aquello
obtenido por medios ilícitos, configura un repudiable fracaso
para su/s “exitoso/s” poseedor/es, sentencia que también condena a todos
aquéllos hechos aberrantes para la condición humana, que son pergeñados con el
objetivo de beneficiarse a través de ellos  y que pueden ser llevados a
cabo por un individuo (Hitler), una empresa (Monsanto), o un país (EE.UU y las
bombas sobre Hiroshima y Nagasaki). Para el diccionario de la  Real
Academia,  la definición de fracaso queda reducida al simple hecho de “no
conseguir el resultado previsto”, en este estrecho reduccionismo, nada se
explicita acerca de los contenidos éticos utilizados, tampoco distingue entre
quienes fracasan a causa de su indolencia y los que, a pesar de esforzarse al
máximo respetando sin concesiones los más altos postulados inherentes a la
conducta virtuosa, no alcanzan a concretar su objetivo, de manera tal que unos
y otros quedan estigmatizados (injustamente) bajo el mismo rótulo.

Por lo general, en aquellos países en que el sistema capitalista
impone sus postulados, el temor al fracaso tiene un peso específico superior,
toda vez que uno de sus argumentos más importantes, la sociedad de
consumo, exacerba hasta el paroxismo el culto a la imagen. El temor a ser
considerado “un fracasado” por el medio social, hace que el individuo tienda a
comportarse de un modo “políticamente” correcto, renunciando muchas veces a su
libre albedrío con tal de no violentar las dogmáticas usanzas del estandarizado
rebaño, con lo que termina por vivir su vida como quieren los demás. Esta
actitud pusilánime termina por aniquilar su creatividad, sumiéndolo a menudo en
un estado de angustia e insatisfacción muy difíciles de superar. Mientras este
estado de cosas siga reinando, mientras el individuo no tenga  el coraje
de rebelarse a esta perversidad, el sistema podrá seguir durmiendo a sus anchas,
ya que el temido riesgo al fracaso controlará a muy bajo costo las temidas
erupciones del descontento social.

Claro que estoy hablando de generalidades y que en esta (como en
cualquiera) existen, afortunadamente, excepciones que confirman la regla, lo
que para la gran mayoría es un pesado, insoportable lastre, es valorado por
unos pocos como “una magnífica instancia de aprendizaje, potencialmente
enriquecedora”. En esa estupenda actitud de “no darse por vencido, ni aún
vencido” reside la gran esperanza de proyectarnos hacia un futuro mucho más
optimista y luminoso que este preocupante y desalentador presente.

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