Historias sin punto final
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#4 · El tiempo y el intento de

Por Franco Spinetta

Dicen que los primeros filósofos se dividían (la grieta le dicen ahora) entre los que pensaban en que todo era permanente y los que, en cambio, apostaban por el eterno fluir de la realidad. Es probable que ambos tuvieran razón, ¿no? Más de allá de la teoría universalista y totalizadora que se pretendía entonces, me gusta bajarlo a un plano personal: durante nuestra existencia, tránsito terrestre, ¿no somos algo que fluye (el cuerpo en putrefacción avasallante) y algo que permanece (nuestra historia) al mismo tiempo?

 

Deberíamos convertir en conciencia nuestras memorias que nos convirtieron en lo que somos: una sumatoria de gratitudes e infelicidades. Las taras, los miedos, los cayos. ¿De qué carajo estamos hechos? Digo, somos carne y hueso que envejece, se diluye, se desaparece. Languidecemos.

 

No podría, ni siquiera lo intentaría, realizar un análisis filosófico de la cuestión. Pero se sabe que la angustia mayor, irresoluble, es la del paso del tiempo. Esto que estoy escribiendo ya pasó y no volverá a pasar. Este instante, tampoco. Y así sucesivamente. Es petrificante, demoledor. Dan ganas de ponerse en posición fetal, volver al origen de la dependencia absoluta. Y entonces, llego a la conclusión: no hay fracaso más rotundo que nuestra incapacidad de asimilar el paso del tiempo.

 

Entender (realmente entender) que nada se repite. Nada: ni la vida, ni la muerte, ni el paso intermedio, el presente. Atahualpa Yupanqui solía repetir un mantra inapelable, que el camino se compone de infinitas llegadas. Le agregamos finales, pequeñas victorias, grandes fracasos; horas acumuladas en un placard que no volveremos a abrir.

 

Pero nadie fracasa tanto y tan seguido como quien no intenta.

 

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