Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#22 · El tiempo

Por Gustavo Salamié
Ph Gustavo Salamié

Sentado en el techo del viejo edificio, desde donde se ve gran parte de la ciudad, me encuentro pensando en el tiempo y en todo aquello a lo que está conectado. La muerte es sin duda amiga del tiempo, pero no es la muerte quién ocupa mi cabeza, sino el recorrido que el ser humano hace hasta llegar a ella.

Me acuerdo de una charla que tuvimos hace unos años sobre el sentido de la vida. Estábamos en una plaza compartiendo una cerveza, siempre íbamos a esa plaza al atardecer, cuando el sol empieza a retirarse para darle paso a la luna; es ese momento mágico en que parecen encontrarse y se cruzan por unos segundos eternos. Me acuerdo que vimos pasar a dos señoras caminando por la vereda y que ambos nos miramos y comentamos la tristeza que había en sus rostros.

Nos quedamos un rato en silencio, tomando la cerveza y mirando el cielo, vos tenías la certeza de que algo mágico podía pasar en ese momento. Después seguimos hablando sobre cuál era la mejor manera de afrontar la vida, de cómo lograr llegar a viejos con la seguridad de que habíamos tenido una vida plena, sin arrepentimientos, sin cuentas que saldar.

Hablamos mucho del tiempo y de personajes y situaciones que detestábamos. Pensamos en cómo habían envejecido algunas personas cercanas, parientes, vecinos y conocidos. Y sabíamos hacia dónde no queríamos ir.

El tiempo para algunos fue muy cruel, o quizás ellos fueron crueles con sus decisiones, la cuestión es que nosotros veíamos en ellos todas las frustraciones por las que habían pasado. O lo suponíamos.

Para algunas cosas el tiempo es muy preciso. Sabemos cuánto dura un partido de fútbol o una película, sabemos a qué hora debería llegar el subte y sabemos a qué hora tenemos esa reunión de trabajo pautada días antes. Pero lo que no sabemos, aunque muchos piensen que sí, es cuánto dura una vida.

Una vida no puede medirse en años, no podemos tomar ese parámetro y decir fulano de tal vivió 77 años o 48 o 27. No podemos hacer eso y mucho menos podemos adivinar el tiempo que vamos a vivir. La cantidad del tiempo vivido es tan insuficiente, es tan subjetivo ante nuestra vida, que no resiste ningún tipo de análisis.

Sigo aquí, sentado en el techo de este viejo edificio, pensando en que el tiempo se acaba.

La mayoría de las palabras que lean acá van a estar de más, vengo escribiendo desde hace meses, y la mejor versión de este texto fue lo primero que escribí. Si hubiese tenido menos tiempo lo hubiese hecho mejor.

Y es que no sabría cómo calcularlo ni cómo explicarlo científicamente, pero algo dentro de mí dice que el tiempo se agota. Es algo extraño que en un punto me suena contradictorio.

Me acuerdo de un día que hablamos sobre las cosas que queríamos hacer, sobre esas cosas que pensábamos que nos harían eternos. Queríamos dejar algo, no importaba el tiempo que estuviésemos aquí, queríamos que nos recuerden. Yo no pensaba que para esta época todavía estaría aquí.

Llevo años en este cuerpo, creo que más de un siglo esperando, y las imágenes son avasallantes. Más de una vida, ¿esperando qué? Vos te fuiste y me dejaste con tantas preguntas. Todas las tardes voy a la plaza, destapo una cerveza y te pregunto qué pasó.

Todos los planes que tenías ayer se desvanecieron con los años. El tiempo se acabó para ellos, y ya no tienen vuelta atrás: las excusas ya no sirven, pues el tiempo no permite distracciones, pensé.

Yo no escribo porque sí, ni escribo desde el conocimiento. Escribo porque me cuesta decirte las cosas que siento, mirándote a los ojos, sin que me malinterpretes, escribo porque tengo miedo de que el tiempo pase, o acaso no le temen a ello. No lo ven en sus padres, en sus vecinos, en la gente que trabaja en las fábricas o en el puerto, no lo ven en aquellos que duermen en la calle –me pregunto si pasará el tiempo para ellos. Pareciera ser que siempre es igual, tan monótono y aburrido, como esos trajes grises que se mueven en autos importados, llenos de frío, envejeciendo superficialmente, dándose asco aunque intenten ocultarlo. Como esas señoras que caminan tristes por las calles.

Me acuerdo que también hablábamos de cambiar, de que no estaba mal cambiar de opinión o de vida. Decíamos que nuestras contradicciones nos ayudaban a entender.
¿Y sus contradicciones? Qué piensan de ellas, en qué momento algo se vuelve incorrecto o distinto, en qué momento cambiamos amor por odio, en qué momento renunciamos a comenzar nuevamente. Tienen que preguntarse esas cosas todo el tiempo para no caer en la fatalidad del tiempo, decías.
Me acuerdo una vez que estábamos en la placita, hamacándonos, y me dijiste: “Nada peor que repetir errores, nada peor que esperar que las cosas sucedan como por arte de magia y ver una y otra vez y otra vez y otra vez que cometemos el mismo error”. Y yo pensé que debías haber dicho eso por el movimiento que hacían nuestras hamacas, y dije que quizás para eso sirve el tiempo, para marcar aciertos y desaciertos, para saber si es el camino correcto o si estamos vagando en círculos. Y entonces vos me miraste y me dijiste, recurriendo a eso de cambiar y de las contradicciones, que a veces cometer el mismo error era algo positivo, porque no siempre es el mismo error, no es posible cometer el mismo error decías, porque algo tendríamos que haber aprendido del primero y que teníamos que cometerlo las veces que sea necesario hasta sentirnos libres.

No lo sé, pero por más que siga escribiendo no logro detenerlo, y no puedo evitar salir a la calle y ver a toda esa gente con sus vidas malgastadas. Los veo caminar dormidos, sin esperanzas, negados a despertar. Y cuanto más viejos más ciegos, veo en sus rostros el paso del tiempo, veo cómo la vida les pasó por encima, y veo como rehusaron a ver y lo mal que envejecieron.

Y te veo a vos ahí pidiéndome que no sea cruel, te veo sentado en la punta del tobogán, hablando como si nada hubiese pasado, diciéndome que les dé tiempo, ¿acaso no escuchaste nada de lo que dije? No te acordás de nada de lo que me dijiste, o también cambiaste de opinión sobre todas nuestras idealizaciones.

No lo sé, no sé qué pensás, pero no me pidas que no diga lo que siento, lo que pienso de sus vidas, no me pidas que calle ante sus miedos; vos sabés, yo no te voy a juzgar, pero cuando pienses en todas las cosas que no hiciste por temor, o en toda esa gente a la que traicionaste, cuando pienses en todas las personas que ignoraste y cuando poco antes de tu muerte la sientas llegar y te des cuenta de que ya no queda tiempo, ni siquiera para pedir perdón, y de que no importa cuántos años marque tu dni, no me pidas que no diga lo que siento.

Ya sé, ser viejo no es tan malo, no pienso que sea un crimen o un pecado, pero la vergüenza de una vida abandonada y de tantos años caminando ciegos sí lo es.

No comments

LEAVE A COMMENT