Historias sin punto final
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#26 · El vuelo de las moscas

Por Cristian Maluini
Ilustración: ToPo

Tirado en un rincón del bodegón, muy débil, alcanzó a divisar el tubo en el extremo opuesto, sobre el mantel mal puesto en una mesa de madera.

Entre los ojos y el vino, la desolación, un manto de oscuridad penetrante, zumbido silencioso del desasosiego.

La botella, visible gracias a una luz finita, lanza clavada en el piso, hilo resplandeciente.

El resto, penumbras.

Con la respiración entrecortada, atorándose en la garganta, tosió. Tenía sed. Buscó una copa. La encontró, en la otra punta, muy alejada. Le impresionó la distancia. Calculó una caminata larga. Intentó levantarse. No pudo. Pensó lo difícil que sería llegar hasta ahí. Al menos, el vino, más accesible, pensó.

La meta posible.

Lo trascendental de tener una meta posible.

Colgado contra la pared, un cuadro despintado de colores llamativos. Más abajo, un banderín polvoriento, tesoro inmortal. Miró a un costado, y encontró: el abandono, algunas sillas revolcadas en el piso, el cartón roto de una pizza que ya no era, aplastado bajo la pata de una mesa.

En el pico de la botella una gota, quizás la última, subida al borde: malabarista, sobreviviente. Debajo, el charco violeta espeso, síntesis del derrame.

Más allá, más botellas y más desconcierto: el vacío infinito, inabarcable. Muy de fondo, el goteo sutil de una canilla probablemente mal cerrada.

Se distrajo en el sonido. Carraspeó, iba a hablar. No lo hizo. No supo qué decir. No supo cómo. No supo a quién.

Estaba –ahora sí– asustado. Solo. Con él: la nada; lo único: todo.

Más atrás, más botellas: un cementerio de escombros, de latas y basura, de ratas inquietas, de animales sospechosos, muy desconocidos, muy amenazantes.

El mundo, ese mundo ensombrecido, se estiraba violento y prepotente, transformado en un océano negro invencible, arrollador.

Lo misterioso de las profundidades inexploradas.

Volvió a ver la copa. Descubrió el brillo, la belleza de la base cilíndrica, alumbrada por la mancha de luz reflejada en el piso. Saboreó en el aire, creativo.
Probó otro movimiento, el despliegue de sus brazos y la prestancia de sus piernas: falló.

Se sintió acorralado. Buscó más. Descubrió: otra botella cercana, sobre sus pies. En el medio, entre la botella y los pies: otro charco, el corcho inmóvil. Vaciló, preocupado. Quiso gritar, no pudo. Lo encegueció el reflejo de un cartel luminoso, muy lejano, en una pared ubicada a kilómetros incalculables. Notó estridencias de una lamparita moribunda.

Supuso que debía tener paciencia. Estaba, al fin y al cabo, vivo.

Con ganas de ese vino y con ganas de esa copa.

Alguien se acercó con paso lento y cuidadoso. Desde el suelo, vio la luz de un cuerpo en movimiento. Tal vez la ayuda. O la patriada heroica de una voluntad milagrosa.

De pronto, vestigios de un recuerdo: las corridas desesperadas, el calor creciente.

Sintió un rasguño tímido, caricia inverosímil.

Más arriba, sobre la izquierda, un tobogán iluminado: dibujo de un paisaje condicionado por el desvelo. Proyectó un salto, la ambición de escapar.

¿De quién? ¿De quiénes? Valentía ingenua: no se movió, no pudo. No hacer nada, pensó, era abandonar, abandonarse. Intentó la arremetida, el pecho inflado, soporte del esfuerzo infructuoso. Resopló para recomponerse.

Volvería a intentarlo.
Sintió un escalofrío. Detrás, persistente, una ráfaga intensa, aterida por la solemnidad de un escenario caótico, vencido por el infierno. Eligió esperar. No estaba –lo sabía– preparado para la osadía de huir. Se entristeció, al fin, sensibilizado.

¿Un estallido? ¿Un terremoto?

Cimbronazo natural ajeno irreversible, concluyó.

O la invasión imprevista, el ataque fatal de un comando enemigo.

Sintió pena.

Descubrió –ahora lo sabía– su agonía: encubada en un pasado sin registro.

Giró la cabeza, se imaginó irreconocible. Había –debía haber– gente buscándolo: impaciente, desesperada, atropellándose en las escalinatas y la calle empedrada.

Lastimado, solitario, tirado al fondo del antro alborotado, esquirlas de un bodegón pintoresco, entendió: estaba casi a la deriva, en trance con un delirio insostenible.

Si alguien revisó pudo obviarlo, confundirlo, o peor: descartarlo. La imagen de la derrota más cruel, más irremontable: no poder, siquiera, intentarlo de nuevo, reconstruirse.

Suspiró agitado, casi entregado a las manchas blancas, cada vez más, cada vez más amistosas.

Una puerta de madera altísima, lejísimos, se balanceaba provocando quejidos insoportablemente agudos.

La copa lucía su brillo inexpugnable.

El vino tan ajeno.

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