Historias sin punto final
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#14 · En busca de la claridad

Por Cecilia Serrano
Ilustración Lúa Manguito

                

No tengo idea de cuántas veces repetí el poema. Lo dije en voz alta, en voz baja, con ademanes o quieto y siempre mal. La señorita Elena ya avisó que mañana vamos a ensayar y yo no consigo aprenderlo completo. Ahora me voy a parar en la silla como si fuera el escenario y lo voy a recitar bien fuerte así mamá lo oye en la cocina y papá en el dormitorio. Bajó un pajarito rojo, / una chispa en…, mamá interrumpe: Nico, primero el título, ¿cómo se llama la poesía? Y papá desde su cama responde: dejalo, Sara, el pobre hace lo que puede. No me doy cuenta de si eso es una disculpa para mí o un reproche para ella. No entiendo bien si significa que “lo que  puedo” es bastante o que no alcanza. Sé que cuanto mejor quiero decir los versos se me olvidan, me confundo o me trabo. Y me viene esa horrible idea de estar solo, entonces surge la pregunta ¿vas a ir a la fiesta, mami? Y la respuesta temida golpea, no, Nico, no puedo faltar a la oficina.

Papá no, porque está enfermo. Mamá no, porque trabaja. Yo en el escenario frente a la directora, a las maestras, a los chicos y a sus padres.

La de quinto dice y ahora Nicolás Feregotto,  de segundo grado, va a recitar una poesía de Enrique Banchs. ¡Adelante! Veo a la señorita que me hace señas para que me acerque. El corazón golpea tan fuerte que creo que lo escuchan todos y me parece que no me va a salir la voz. No me olvido y digo el título “Bajó un pajarito rojo”. De mi boca brotan palabras que oigo como si no fuera yo quien las pronuncia. La poesía se deshoja. Bajó un pajarito rojo, / una chispa en cada ojo. / Pájaro rojo tan verde, /… la maestra me susurra: ¡más fuerte, más fuerte! Miro a los de séptimo que se ríen en la fila, me acuerdo de papá diciendo el pobre hace lo que puede y pienso que esta vez “lo que puedo” no es suficiente. Tiemblo, transpiro mientras balbuceo… que entre las hojas se pierde. / Un pajarito amarillo / redondo como un ovillo;  / y la señorita Elena insiste: ¡no se oye, Nico, más alto!

Me pregunto por qué razón hoy estos recuerdos se presentan y hacen más difícil esto. Sé que no va a pasar nada que cambie la realidad. Depende de mí hacerlo. Pero no, seguramente no seré capaz ni hoy, ni mañana, ni nunca y por enésima vez insulto y blasfemo y maldigo en voz baja. Por enésima vez me siento ultrajado y al mismo tiempo me planteo la idea de mi contradicción. Produce un efecto raro reconocer que uno, sin ser directamente su propio verdugo, es el propiciador de aquello que lo daña.

Como tantas veces escucharé la voz de mi padre que, no sé desde dónde, me dirá no te lamentes, no te quejes, hay que hacerse cargo de lo que uno mismo elige. Es posible que tenga razón, nadie me obliga, pero el desencanto supera mi capacidad de análisis. Me cuesta admitir que mi fuerza espiritual, mi resistencia están endebles, resquebrajadas.

Siento el calor en mi espalda y las pequeñas llagas arden. El fastidio, el ansia de que se termine pronto me devoran. No tendría que ser así, sin embargo ansío el momento en que el foco que está detrás de mí se apague, que ya no aparezca mi figura a contraluz.

Luché denodadamente para formar parte de la compañía. Nunca imaginé que lo conseguiría tan pronto. A la mayoría de mis amigos con los que estudié les ha costado mucho tiempo ingresar en otras aún de menor trascendencia. Por eso es que me atormenta padecer por aquello que debiera ser motivo de regocijo. Entiendo que las jerarquías deben respetarse y que la experiencia es importante pero no puedo evitar sentirme menospreciado, fracasado.

Ya inicia su monólogo el protagonista. De acuerdo al guión yo permanezco quieto y en silencio pendiendo del cable de acero que me mantiene suspendido durante la escena. Cumplo el rol de Luzbel con toda la magnificencia de su radiante luminosidad. No tengo que estudiar ningún parlamento. Sólo debo estar ahí, escuchando con atención las palabras del primer actor que se dirige al preferido de Dios antes de que se convierta en el ángel caído. Soy un símbolo mudo, estático, que ni siquiera es importante en el contenido de la obra.

El arnés tiene unas tiras de cuero que me rodean el pecho y se cruzan en la espalda. Están ajustadas bajo la túnica y, aunque llevo una fina camiseta, al transpirar por el calor del foco que alumbra desde atrás, me lastiman. Es difícil soportar inmóvil, sin hacer un gesto. Las alas no son tan pesadas pero incomodan. Si pudiera volaría hasta abajo y pisando firme el suelo del escenario caminaría hacia proscenio tal como me indicaba la señorita Elena y recitaría: Posiblemente la claridad esté en la espalda y gire conmigo /cuando me doy vuelta con rapidez por sorprenderla. / Posiblemente esta apariencia de juego / constituya la más grave condición fisiológica / y la claridad sea una parte mía, / la de atrás. Lo diría bien alto  para que todos escucharan las palabras del poeta. Es como si hablara de mí aunque Juarroz nunca haya sabido de mi existencia. Haría mío este poema, no aquel de la infancia que me era ajeno, que no comprendía. Pero nada de eso ocurrirá y me voy a quedar aquí arriba hasta el final de la representación.

Cuando se baja el telón, me ayudan a desengancharme y quedo tan dolorido que no puedo salir a saludar con el resto del elenco. No importa, nadie nota mi ausencia. Es probable que algunos espectadores de las filas más alejadas ni siquiera imaginen que soy un actor, quizás crean que se trata de un maniquí.

Al retirarnos del teatro hay público en la puerta esperando por autógrafos. Nunca firmé uno, nadie me lo pidió. No saben quién soy. Entonces, al igual que durante la escena, vuelvo a insultar para mis adentros y me quejo y maldigo y me pregunto para qué.

Hoy la voz profunda y paternal señaló que si la claridad está a mi espalda, no es tan malo creer que es mi parte de atrás. Me recordó que el poeta también dice: Posiblemente todo tienda a abrir algo, / a ponernos las manos o los ojos / en la única claridad tangible, / en la espalda del otro, / enseñándonos a darnos vuelta en el otro. Agregó: después de todo, saber dónde está la propia claridad ya es una buena señal.

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