Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#13 · Entre mochilas, piedras y un amor eterno

Por Sebastián Arias
Ilustración Pablo D´Alio

A lo largo de la vida acumulamos inevitablemente, fracasos. Algunos grandes, otros pequeños; muchos nos pegan en la cabeza, otros en el ego y muchísimos en el corazón. No importa el peso específico de cada uno. Por momentos los olvidamos, en otros buscamos superarlos y en grandes y épicas batallas los llevamos a cuestas con elegante y furiosa dignidad. Convivimos con fracasos mientras caminamos nuestro largo camino.

Hubo un momento de mi vida en que los traspiés tuvieron pocas luces y cero flashes; un momento en donde quedaron detrás de la sombra más oscura, una función que los redujo al tamaño de una hormiga flaca y triste. Hubo un día donde los fantasmas del pasado se asustaron de mi presente. Fue ahí que me di cuenta que los fracasos que creía eternos tuvieron su fuga, un escape, un vuelo veloz de libertad.

 

30 de julio del 2015:

Un sol brillante que no llegaba a entibiar una fría mañana y una suave brisa fresca nos acompañaba. Un día más para muchos, un día único para mí. La rutina desaparecía entre nervios, ansiedad y una cuota de miedo. Mil dudas. El tránsito fluía lento pero constante y las charlas eran acerca de tema banales, todo estaba aun en su lugar.

Llegamos a la clínica, bolso en mano, papeleríos por hacer, una panza que explotaba y una mezcla de curiosidad y miedos que se tapaban con el desconocimiento absoluto de lo que realmente estaba por suceder. Habíamos entrado por la puerta grande y no metafóricamente: la puerta era realmente amplia y alta, el hall imponente y nosotros diminutos ante un universo nuevo.

Luego de llenar una serie de formularios infinitos, firmé donde decía nombre y puse el nombre donde decía firme, mi mujer pasó al recinto donde gobiernan los profesionales de la salud mientras yo me disfrazaba mitad de doctor, mitad de participante de una fiesta de disfraces: ambo, zapatos de una tela rara y gorrito en la cabeza eran mi atuendo para la ocasión. Haciendo memoria lucía bastante desalineado. Debo reconocer que no fue fácil ponerme todo eso, ya que no soy muy preciso y ágil en momentos de pura tensión.

Luego de preparativos y espera frenética, comenzó lo que esperamos nueve meses.

En la sala de parto, ella como una leona intentaba traer al mundo a Lautaro, mi primer hijo. Todo era muy raro, mi pareja estaba haciendo una fuerza inhumana, transpiraba y el coraje le brotaba por los poros. Yo, en cambio, le daba aire con una carpeta y le agarraba la mano. Claramente mi función dentro de la escena era inútil. Los médicos trabajaban duro, una máquina que no sé bien para que era, hacía un pitido constante y yo ahí, siendo un espectador de lujo. Ilusión y energías rarísimas giraban por esa sala. Mi cabeza explotaba.

Lo que venía por caminos normales se desvió ante la negativa de Lauti de ponerle interés a la misteriosa experiencia de salir del vientre materno y conocer el mundo. Rebelde y con gran coraje, el bebé se aferraba a su voluntad de no conocer nada nuevo. Fue allí donde se escuchó al obstetra gritar: ¡Vamos a Cesárea! En un segundo se fueron los doctores, corrió la partera y la camilla con mi mujer, agotada y con ojos de felina herida, se alejaba rápidamente.

Quedé solo con una carpetita, que segundos antes era mi herramienta de trabajo, y un asombro que no me dejaba reaccionar. ¿Ahora qué hacemos? ¿Mi pareja? ¿Mi hijo? ¿Salgo de acá? Muchas preguntas que ante la urgencia no tuvieron respuestas inmediatas. En el momento más importante de mi vida no era importante para nadie. Sólo miré la cama vacía mientras una ventana, entreabierta, daba una luz tenue que alumbraba mi desazón.

Una enfermera alta, con voz de ogro y cara de malvada de película de Disney me agarró del brazo y me dijo “vos esperá acá, cuando esté por salir te llamamos”. Y sin mediar más palabras me metió en un cuarto diminuto donde sólo podía compartir mi pánico y mi angustia con un bidón de agua que cada tanto hacía ruido de burbujas. Sólo había que esperar. Y justamente esperar es algo que no sé hacer muy bien. La ansiedad me comía el cuerpo. Me sentaba, me paraba y esperaba que alguien me dé un instructivo con los pasos a seguir. Todo sin desalinear mi traje de futuro padre que me habían dado un rato antes.

Los minutos pasaban y la incertidumbre crecía, me tomé 32 vasos de agua. Aun recuerdo que los vasos plásticos eran tan chicos que no llegaban a saciar mi sed. No recomiendo esos vasitos que para café son grandes y para agua chicos.

Me asomé por la puerta, con miedo al reto de la enfermera diabólica. Pero ya no aguantaba más, fue ahí donde otra enfermera un poco más delicada me dijo, al ver mi cabeza salir lentamente por el marco, “está todo bien, la están preparando, cuando esté todo perfecto te llamamos”. Aquella asistente tenía más aceitada la dinámica de controlar a futuros padres ansiosos y temerosos. Yo, con voz de locutor y de suficiencia, respondí: “Gracias, espero a que me llamen”. Me tranquilicé, pero no lo suficiente como para sentarme sin pensar en otra cosa que no sea el parto.

El reloj clavado; las agujas no hacían esfuerzos para que el tiempo pase más rápido, el bidón ya me empezaba a molestar y yo ahí esperando nada más y nada menos que el nacimiento de mi hijo.

Cuando el sudor en mis manos crecía y el cuarto chico donde me sentía enjaulado se volvía más pequeño, comencé a escuchar pasos que se acercaban y, acto seguido, el ruido mágico de aquel picaporte redondo y metálico: “Vamos que ya está todo preparado”, dijo la partera.

El pasillo que me llevaba al quirófano donde sería la cesárea era relativamente corto, con potentes luces blancas y limpio, muy limpio. Caminé a paso firme a pesar de que quería correr y nuevamente disimulando tranquilidad para que la guerrera de mi esposa no note que estaba re alterado y nervioso. Entré y había más de cinco personas haciendo su labor, nadie percibió ni se sintió interesado por mi ingreso triunfal. Me colocaron cerca de mi mujer con un biombo celeste que la dividía a ella en dos. No podía ver más allá de su pecho.

De repente y sin aviso, como un acto digno de un muy buen mago, bajaron la cortina del biombo y apareció Lautaro. El color era entre verde y azulado, no sabía si era mi hijo o el de un Avatar. Amor en estado puro. Lo miré eclipsado, perplejo. Hizo el gesto de un grito sin voz, hasta que pegó un alarido dejando en claro que había llegado a nuestras vidas con intensidad. Ese color poco perceptible fue tomando de a poco un tono humano. Creo que la mirada más tierna con mi mujer sin dudas fue en el momento en que ya no éramos dos, sino tres en la familia.

Estaba ahí Lautaro, mi hijo, mi vida; en un segundo nos pusimos de acuerdo en que yo no lo iba a dejar solo jamás. Atrás quedaron los problemas menores, los proyectos que no pudieron ser. La mochila de fracasos se hizo más liviana. Desde ese momento todo cambió. Lo que antes creía una cruz eterna, se transformó en una simple anécdota.

Aquel instante en donde nos conocimos con Lauti entendí que para llegar a él tuve que transitar espinas, desilusiones y frustraciones. Vendrán nuevos pasos en falso, pero seguramente al mirar a los ojos de mi hijo, éstos no me dejarán tirado o de rodillas.

 

Un camino, mil espinas, mil sonrisas, mil almas que nos rodean y una vida que nos da más vida.

No comments

LEAVE A COMMENT