Historias sin punto final
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#11 · Estampita

Por Mariela Gouiric

Estaba tranqui parado contra la barra con la minita. El Seba pasó y me preguntó qué onda. Hacía banda que no nos saludábamos y que me pregunte qué onda no era un saludo, era una provocación. Un agite. Una invitación a irse a las manos. Pero la mano la tenía prohibida por el encargado de Samsara, un boliche bien cumbiero que se improvisa en el salón de patín del club Olimpo, frente a la plaza del centro de la ciudad. Aunque improvisado lo recomiendo. Siempre se pone piola porque tiene todo lo que se necesita: las pibas bien dispuestas y el tomar barato.

Con el encargado teníamos la mejor porque nos conocíamos del Camino La Carrindanga, cuando íbamos a picar con las Biz. Hace mil años. Él ya me la había explicado cuando le pagué la entrada:

–Mati, vos sos buen pibe pero te volvés a pelear y acá no entrás más. Me vas a traer más problemas de los que ya tengo.

Le prometí que me iba a rescatar, le recomendé que se confíe.

Esa noche estaba contento. Ya casi ni me acordaba de la Cami y había podido sacar el  307 de la concesionaria, después de todas las vueltas que me dieron. A mí los lujos me inspiran. Hermosa máquina de estreno. No era cero pero estaba hecha una joyita. También tenía a la butaquera al lado mío que me ronroneaba suave en el pecho de la camisa abierta y me besuqueaba la cruz de la cadena. Ni que fuese religiosa, fiel al Cristo. Y por sobre todo eso, como un manto salvador, estaba el ritmo contagioso sonando a todo trapo y la jarra recién llena, con poco hielo y un par de bártulos para que tire más. No valía la pena agitar ninguna. Eran las dos y el perfume del vicio, que son el Marlboro y el Fernet, el encierro y la máquina de humo; ya estaba ahí y llenaba la noche de promesas.

Nos habíamos juntado a hacer la previa en lo del Perla, con los muchachos de carga y descarga de Lucaioli, un local gigante que te vende de todo. Desde zapatillas hasta calefones. Ahí con los pibes bajamos y subimos LCDs, calefones y heladeras con freezer a camiones que salen al sur o para los repartos locales. Los sábados siempre volver a casa a dormir la siesta, una buena ducha y salir para donde el Perla. Al Perla le llamamos así porque es de todos el más blanquito. En realidad el único blanco entre nosotros. Los sábados siempre somos una banda, porque a la joda siempre se nos suman los chicos de kick boxing y un par de choferes pendejos del puerto, que conocimos quemando parche en el micro de Moyano a Buenos Aires.

Qué onda me preguntó el Seba y como quería estar tranqui le advertí

–¿Qué onda qué, pichón? Tomatelá.

El Seba me sonrió con la cara de lava tupper que lo vende de gil:

–Aguantá, chabón.

Pero como la última palabra es mía por más mano prohibida que tenga, porque sino después los giles vuelven, buitres de carne muerta, lo apuré:

–¿No entendés? Que te la tomés. To-ma-te-lá. Tomatelá, dale, dale. Caminá, caminá. Pega la vuelta, gato. Va, va, va.

Pareció que entendió porque se dio la vuelta, amagó retirada. Hermoso segundo en el que me relajé y puse mi cara bien cerca de la cara de la morocha que, butaquera, estaba acostumbrada a los bardos y ni preguntaba. Los bártulos ya hacían sus milagros. En una de mis manos su cinturita y en la otra la jarrita. Nos movimos los tres juntos dos compases preciosos en los que el vendepatria del Seba se dio vuelta y paaaaah: en seco me levantó la pera con el puño. ¡Hijo de puta! ¡Me abrió al medio! Sentí más cómo sonó que cómo dolió. El parlante estaba adentro de mi cabeza. Y vibraaaaba. Vibraaaaaba. Mareado largué la jarra y la minita y me quedé solo. En soledad me pude concentrar y me toqué la boca  con la yema de los dedos. ¡Me había bajado el diente! Con los agujeros de mi nariz inflados de bronca seguí tragando sangre. Las lágrimas se soltaron. Un reflejo. Con los bártulos encima no sentís nada.

Sebas miró arrepentido y asustado. Se le había ido la mano. Qué mal la había puesto. Y antes de que pueda correr le salté encima y lo llené de arrebatos: ¡Paaah!, un arrebato. ¡Paaah!, otro arrebato. ¡Pah, pah, pah, pah!

–¡Así se aprende a contar vieja! ¡Puto!.

El patova me agarró por la espalda y me palanqueó, pasando su brazo por mi cuello. Lo solté al Seba que corrió como cucaracha. Levanté las manos en alto en obediencia y me di vuelta despacio, abriendo la boca y mordiéndome los dientes, como un perro enjaulado, para que vea. Los flashes bolicheros me iluminaron la cara entrando con ritmo por el hueco que dejó el diente que ahora estaba en mi estómago. Las luces se me salieron por los ojos vidriosos. El gorila me largó horrorizado. Tenía la jeta rota. La facha estropeada.

Corrimos a la calle con el Perla y el Covi a buscarlo. El Covi se fue a buscar la Biz y con el Perla nos subimos al auto. Me miré en el retrovisor:

–¡Hijo de re mil puta! ¡Concha de su madre!

Lo queríamos matar. Lo íbamos a matar.

Puse la reversa la cuadra entera hasta Zelarrayán y salí pisándolo. Un don que heredé de mi viejo. El gemido del motor en reversa descansó cuando las ruedas patinaron para salir en tercera, cuarta, quinta por Zelarrayán. Le pedí al Perla que me alcance la franela que tenía en la guantera y me apreté el mentón que de abierto parecía un churrasco.

–Estás hecho un carnicero del frigorífico –me deliró el Perla.

Le pegamos derecho hasta antes de cruzar el canal para esquivar las zonas bolicheras que están llenas de canas a esa hora. Bordeé el canal bajando hasta Alem. Por el retrovisor se veían como dos cuadras atrás el Fiat uno de los pibes, la CG del Manu y la Yesi. Más atrás la Yamaha del Rulo, mi hermano, el gol del Ale y la biz del César, que venían a hacer bulto y ver cómo seguía la bronca. Pisé el acelerador más todavía para perderlos, sino íbamos a terminar todos presos. Peor, nos iban a secuestrar los autos.

Por la avenida quemamos llanta hasta el Cooperación dos. El plan de viviendas de casitas bajas, de calle de tierra. Dejé el 307 a la vuelta de la casa del Seba porque no quería que me lo fichen si caía la cana, como me había pasado con el Corsita. Y me fui caminando piola, sin levantar humo. El Perla se adelantó y golpeó las manos metiéndolas entre las rejas adentro del porche.

El padre del Seba abrió la ventanita de la puerta:

–¿Qué pasa Perla?

–Buenas noches don. ¿Está el Seba?

–No, Perla. El Seba no está.

El Perla saludó y se cruzó conmigo, que miraba la secuencia desde la vereda de enfrente, detrás de un árbol de esos de aceitunas. Escondido en los huecos oscuros que no alcanzan los faroles.

Reconocimos el Fiat Spazio que no tardó en aparecer despacito, casi punto muerto. Muerto de hambre. Lo dejamos que suba el auto a la entrada del garaje. Que apague el motor y que se baje. Que se confíe. Y me cruce pisando bajito, casi sin respirar. Cuando estaba a tres pasos el chabón me sintió. Me habrá olido la sangre. Y apenas se dio vuelta me suplicó:

–Pará, Mati, pará, fue un impulso, perdonáme –y se tiró al piso.

Este talento no es mío. “Te agarra una cosa más fuerte que vos”, decía mi viejo, cuando sabés que es justicia. Con esa cosa más fuerte que te agarra lo levanté del cuello y mostrándole las encías le di consejo:

–Miráme bien como me dejaste la cara porque no te la vas a olvidar más.

El padre del Seba escuchó y salió en pijama a la vereda. Me empujó y el Perla se le fue al humo. Y le grité:

–¡Pará, Perla, pará! Al viejo no lo toqués, al viejo no lo toqués, al viejo no lo toqués.

El Perla por bancar un código pierde otro. Por defender un amigo faja un viejo. La madre del Seba estaba ahora también en la vereda y lloraba. Lloraba en camisón y gritaba, como gritan las mujeres. Tenía un agujero y se le veía una teta penosa. Los pibes que nos siguieron empezaron a llegar. Sus luces ciegas iluminaron la oscuridad de la calle de tierra.

–¡PERLA, PARÁ! –y el Perla se rescató.

El Seba en el empujón del viejo se me soltó y corrió a la casa. Cerró la puerta y le dio llave. El cagón dejó a sus padres afuera. Me indigné:

–Mire don, mire doña… miren cómo me dejo la cara. Miren el hijo cagón que tienen.

La mujer lloraba como lloran las mujeres. El Seba desde la ventanita gritaba que iba a llamar a la policía. Le daba la razón a mis palabras.

Medio Samsara había arrimado a la cuadra. Sentí alarma por tanto quilombo y lástima por el cagón del Seba, papelonero. Por lo amigos que habíamos sido no se lo deseaba. Y los padres ahí, qué se yo, podían ser mis viejos. Sobre todo la madre, que lloraba.

–Ya fue –le dije a los pibes–. Ya lo vamos a agarrar. Le voy a dejar la cara igual.

Di las buenas noches a los viejos, pedí que disculpen. La imagen de ellos se fue haciendo cada vez más pequeña en el retrovisor. El padre abrazaba a la doña acongojada, con su pecho todavía asomado por la tristeza de su camisón. Y se fueron achicando, volviéndose una estampita, hasta desaparecer.

Agarramos Alem y en diferentes esquinas se fueron perdiendo los curiosos y los amigos. El Covi en Mallea. El Fiat uno en el canal. La CG se metió en el parque. El Gol, la Yamaha y la Biz pararon en el playón sobre la avenida Alem. El estacionamiento de la Universidad donde paramos todos los pibes siempre. Así nos fuimos separando, despidiéndonos con señas de luces. Así nos fuimos quedando solos con el Perla hasta llegar al hospital.

En la guardia del municipal me hicieron esperar y me cosieron tres puntos.

Cuando volví a casa tiré la camisa en el canasto de la ropa sucia. Cuando la vea la vieja, me bajoneé. Ojalá que salgan las manchas, estaba nueva. Pasé por el baño y me vi la jeta. Si me viera la Cami, me volví a bajonear. Entrado en la piecita prendí el ventilador y con el ronroneo del turbo me acordé de la minita que dejé en banda. No hay nada peor para una butaquera que volver parada. Eso me dio un toque de risa. Tapé la ventana con una frazada, me saqué los pantalones y me dormí tranqui, boca arriba. Las primeras luces calientes del día se comenzaron a colar por los agujeros que comieron las polillas.

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