Historias sin punto final
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#17 · La cena de Ledistov

Por Florencio Aguiar

Ledistov llega a la cena con una parsimonia exagerada, posiblemente actuada. Cruza el salón principal con la mirada fija en su mesa del fondo. Lamenta, desde el primer día, que le hayan asignado ese lugar. Está demasiado lejos de la televisión donde cada noche pasan algún partido. Ahora, por ejemplo, Chicago contra Racing. Así que lo primero que hace Ledistov, una vez que se acomoda y rubrica un saludo amistoso con el mozo de turno, es arquear la cabeza para leer el recuadro apenas visible en el ángulo superior izquierdo de la pantalla: empatan cero a cero. Es un televisor amplio y eso a Ledistov lo reconforta, porque a pesar de la distancia puede ver. Van cinco minutos del segundo tiempo de un partido del fútbol alemán y las cuentas lo favorecen: llegará al café justo con el final. Apenas termine, cruzará el parque amplio y volverá a su habitación. Tal vez pueda terminar, antes de dormir, Vigilar y castigar, de Foucault, el libro que está leyendo.

Ledistov sonríe la aparición del mozo, que apoya sobre su mesa la botella de agua. Es una manera –por supuesto escueta– de decir gracias. Incluso, lo piensa.

A Ledistov no le interesa la locuacidad engañosa, ensayada, hija del compromiso. Prefiere mostrarse tal y como es: un señor callado, prudente, respetuoso pero distante. Por eso evita cualquier discurso demasiado ampuloso.

Cuando regresa el mozo, Ledistov, de nuevo, arma una sonrisa pasajera pero cordial. Y piensa que así está bien.

Hay un gol de Chicago. Ledistov se sobresalta apenas. Entrecierra los ojos para mirar la repetición. Aprueba el movimiento del delantero: diagonal quirúrgica, se dice. Y vuelve a sonreír. A Ledistov lo divierten sus propios diálogos. Y eso de diagonal quirúrgica le causó gracia. No sabe bien por qué.

El mozo trae los ravioles. Ledistov, otra vez, sonríe. Una sonrisa armada para la ocasión: demostrativa. Porque Ledistov tiene hambre y no está demasiado interesado en disimularlo. El mozo aparece y Ledistov sonríe. El mozo apoya el plato en la mesa y, efectivamente, Ledistov sonríe. El mozo lo mira, antes de marcharse hacia la cocina, y en ese fugaz pero decisivo instante en que las miradas se cruzan, Ledistov sigue sonriendo.

Mientras mastica, Ledistov descubre algo, algo que supone importante, aunque ahora, en el preciso momento del descubrimiento, no esté tan seguro de que lo sea. Ledistov se echa para atrás, sorprendido. Pincha un raviol, carraspea, hunde el tenedor en la boca, vuelve a la pantalla. Empata Racing. Y Ledistov se exalta. Alguien, cree Ledistov, lo mira, lo está mirando. Elige hacerse el desentendido. Por distracción o por miedo, no puede definirlo.

Buen cabezazo, sentencia Ledistov. Muy bueno, corrobora cuando repiten la jugada.

El gol de Racing lo devuelve al partido. Falta poco y el uno a uno le agrega emotividad a los últimos minutos. Ledistov también se entusiasma, mientras evalúa que el empate está bien. Racing hizo méritos, se dice Ledistov, la boca pastosa.

Hay un córner para Racing y Ledistov toma un trago corto de agua. Van cuarenta. Ledistov piensa que tal vez pueda terminar de leer, esa misma noche, Vigilar y castigar, de Foucault, el libro que está leyendo. Quizás salga a caminar, pondera, silencioso.

Cauto, casi tímido, levanta el índice, busca al mozo. Cuando lo visualiza, transforma con la mano ese gesto vacío en un pocillo imaginario. El mozo asiente. Ledistov se desentiende, repentino.

Vuelve a levantar el vaso. Esta vez da un trago largo. Se seca con la servilleta, meticuloso. La dobla al costado del plato, excesivamente prolijo. Ledistov ya no cree que lo estén mirando, y eso lo tranquiliza.

El mozo aparece con el café y pide permiso para agacharse sobre la mesa.

Cuando se incorpora, alegre, Ledistov clava los ojos en la espuma un instante prolongado. Allí permanece, el mentón sobre las manos entrelazadas, los codos en la mesa. Echa un sobrecito de azúcar y se moja apenas los labios. Aprueba.

Cuando termina el partido, Ledistov ni se mosquea, el resultado no le cambia el ánimo ni las expectativas. Presta atención a la repetición de los goles, analítico.

El último sorbo de café viene acompañado por una mueca de conformismo. Satisfecho, Ledistov se pone de pie, levanta una mano para saludar al mozo, tose discretamente y camina entre las mesas hacia la puerta. Atraviesa el parque verde con las manos en los bolsillos y una sensación de calidez, de laxitud corporal.

Cuando llega a su cuarto, Ledistov recuerda que es la última noche. Al día siguiente debe regresar a Buenos Aires. Está contento porque supone, pensativo, que todo salió bien. Su labor investigativa acerca de la frecuencia con que las ranas crujen por las noches, ha sido cuidadosamente consumada. Dos veladas con algunos aparatos técnicos útiles para reproducir los sonidos le bastaron a Ledistov para advertir algunos cambios sustanciales en relación a años anteriores. A Ledistov le apasiona el estudio sobre las ranas. Se considera, incluso, un rana maníaco, a costa de algunas burlas que desatiende por respeto a sus convicciones. Perdió una novia, incluso, a los veintipico, cuando contó su aspiración profesional de perseguir y estudiar diversos crujidos de diversas ranas. Falso amor, se despreocupó en ese momento.

A Las Verbenas, un monte a más de mil quinientos metros de altura en la provincia de San Luis, no volvía desde dos mil siete, ocasión de la primera evaluación seria que el CACRA (Centro Analítico del Comportamiento de la Rana argentina) le encomendó. Un viaje con hostería incluida, media pensión y todos los elementos necesarios para dedicar tres días a recoger infinidad de datos.

Antes de salir al parque a distraerse un rato, Ledistov levanta de la mesita de luz el último cigarrillo que le queda y mira el sensor de humo que está puesto sobre una pared de la habitación. Va hasta la ventana y la abre apenas. Enciende. Da una pitada larga y echa el humo hacia fuera. Después, otra más corta. Quirúrgica, como la diagonal, piensa Ledistov, sonrisa a medio armar, el gol de Chicago en su cabeza.

Ledistov tiene claro que se está arruinando la vida y que su adicción irrefrenable es un atajo a la muerte. ¿Cómo es posible no conmoverse?, indaga Ledistov en su propia psiquis enmarañada y confundida. Sabe que el promedio de tres atados por día durante los últimos veinte años lo van a transformar en un cadáver mucho antes de lo que tiene proyectado.

El recuerdo cae como un vendaval de culpas: ese maldito instante en el que dijo que sí, que se animaba a probar, que era guapo y que se la bancaba, que al fin y al cabo un cigarrillo es un cigarrillo y qué puede pasar. La pitada bautismal, la tos, el asqueo, las risas contagiadas, las burlas. Y el cigarrillo bisagra, días después, con la excusa de abandonar la tensión de unas discusiones adolescentes.

Así como está, rehén del tabaco, no va a llegar muy lejos.

Si en la vida de Ledistov hay un fracaso, es ese, piensa Ledistov, en tercera persona.

Con la carga en la espalda, decepcionado de sí mismo, va hasta la mesita de luz, abre el primer cajón y saca Vigilar y castigar, de Foucault, el libro que está leyendo. Tal vez pueda terminarlo esa misma noche, piensa esperanzado.

Con el libro en la mano, sale al patio y mira al cielo, se sorprende, dice guau. Está lleno de estrellas y esos son los cielos que a Ledistov le gustan, los que están llenos de estrellas.

Ledistov tiene ganas de comerse un alfajor. Para eso debería bajar a la ciudad, buscar un quiosco cercano que esté abierto a esa hora. Ledistov mira su reloj viejo, muy gastado. Se sobresalta, ni siquiera dan las once. Es temprano, cualquier quiosco está abierto. El descenso, en auto, le llevará una media hora, calcula. El alfajor puede esperar. Ledistov, de hecho, planifica: en cuarenta minutos va a comer un alfajor. De pronto, en la vida de Ledistov, todo está prolijamente calculado. Y está bien que así sea.

Ledistov contempla la personalidad de un cerro interminable. Sus secretos, tal vez, nunca sean revelados.

El cielo, el parque verde, extenso, le generan el deseo de lanzarse sin rumbo y empezar a correr. Que le vengan esas repentinas ganas de correr lo estremece. Ya antes había pasado, de estar en ese lugar, mirando al cielo, con ganas de comer un alfajor, que le vinieron unas ganas intensas de correr. No puede precisar cuándo. Tal vez haya sucedido sólo en su imaginario. Eso tiene un nombre, sabe Ledistov. Aunque no recuerda cuál. Ledistov busca en su archivo. Pero no. No consigue recordar, cuando le vuelven las ganas de comerse ese alfajor que viene demorando. Mira la hora: las doce. El tiempo, el maldito tiempo, se enfurece Ledistov. Hace un rato no eran ni las once. Quiere recordar esa palabra que se escapa de sus saberes. Quiere comer el alfajor, de chocolate, triple. Quiere terminar el libro que está leyendo, Vigilar y castigar, de Foucault.

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