Historias sin punto final
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#23 · La cuenta de las pérdidas

Por Ariel Prat

Eran los comienzos de una democracia tibia y desconocida para nosotros. Mis canciones que nunca estuvieron de moda, tenían el sello de las esquinas de los arrabales que iban de Urquiza hasta La Boca o a escaleras de los monoblocks de Soldati, destino adonde nos había mandado una ley de alquileres insensible y tan amarilla como los tipos que hoy defienden lo privado mayoritariamente desde una legislatura en la ciudad.

Tomé coraje y me lancé en hacer un teatro con músicos invitados más o menos estables y una buena lista de artistas amigos y afines, entre ellos Alberto Sava, Claudia Puyó y quien había estrenado un par de años atrás su faceta de monologuista a dúo conmigo por los lugares más disímiles de la ciudad y el conurbano (antes que con Los Redondos, un orgullo que nadie me quita): Enrique Symns.

La sala era un lujo, el viejo teatro Lassalle en la calle Perón. En esa época era Cangallo.

Elegí tres días, viernes, sábado y domingo, temerario y bastante inconsciente. En el medio tocaba en el teatro un músico instrumentista al que prefiero obviar, hoy devenido en tanguero, quien sin solidaridad se negó a compartir un sonido y no me dejó otra que usar el suyo que era imposible de pagarlo, para que no sea un quilombo el armado. Pero arreglamos con la empresa y a ver qué onda…

Yo tocaba en todo escenario en el cual se me convocaba, desde organismos de derechos humanos hasta comisiones internas o vecinales, allí donde los “consagrados” no se acercaban, estaba yo. Cuando la causa era mediática, me dejaban siempre para el final con mi guitarra en mano. No estaba en boga aquello de “todo preso es político” y yo cantaba para todos, incluido los “comunes”, desde los micrófonos compañeros dedicaba mis actuaciones a los ñeris de los yompas, en algunos casos, amigos o parientes míos que purgaban sus penas. Alguna vez me boxeé por eso bajando del escenario, ante la queja de alguno que no estaba de acuerdo, yo era así.

La cuestión es que hubiera llenado un teatro posiblemente, pero ni ahí los tres. Salió muy lindo. La gente entusiasmada.

El domingo a la noche terminé cansado y deprimido, llorando sentado en la puerta del teatro, rodeado de amigos como el Bebe Ponti o mi hermano más chico, Jorge, quienes me animaban con abrazos y afecto. Tuve que hablar con los sonidistas en la vereda, una empresa en ascenso en aquellos años. Les podía pagar un cuarto de lo que habíamos quedado. Uno de ellos, no recuerdo hoy el nombre, me dijo “no te hagas drama, algún día te va a ir muy bien, lo presiento, y te vas a acordar de nosotros…”, palabras más, palabras menos. Me dio un abrazo y se subió al camión. No me dejó ni prometer pagar lo adeudado. Caballero.

Había quedado la deuda con el teatro, que era también gente muy sensible y de buena madera. Me aguantaban para que les pague sin drama. Unos días más tarde me llamaron para que pase por un diario muy popular en ese tiempo, en el cual a sus puertas yo había bancado a la comisión interna muchas noches cantando en un conflicto bravo y quedándome incluso a dormir con ellos. Era una compañera muy comprometida en la resistencia, de una familia que sufrió a la dictadura en varias de sus atrocidades. Enterada no sé cómo, aunque sospecho de un par de amigos muy cercanos que trabajaban en el diario, me recibió en su oficina, no recuerdo su cargo pero estaba en lo administrativo. Luego de saludarnos, me agradeció el compromiso que tenía como artista popular y que al haberse enterado de mi traspié teatral, le había tocado el corazón a un gran compañero (al que no voy a nombrar para no comprometer) cercano a ella y a la militancia peronista. Dicho esto, me puso en la mano un cheque con un poco más de lo que debía. No podía creerlo. La abracé entre lágrimas y agradecí a ese compañero con toda mi gratitud posible.

Al otro día, fui al teatro y llevé el cheque así nomás. Les pedí que me den en efectivo lo que sobraba, cosa que no fue problema. Al leer la firma del cheque, al tesorero le temblaba la mano. Era un gancho importante y pesado en la historia política.

De todo se aprende y si aprendí algo de ese “fracaso” en mi carrera, es en que uno cosecha lo que siembra a la larga y que la palabra perder no existe cuando se aprende.

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