Historias sin punto final
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#1 · Los martillos de Luisa

Por Dani Stano

 

Busca con una mirada alentadora y exhausta el reloj en la pared. Los engranajes delicados y las agujas oxidadas lo miman por un momento gritando las diecisiete y cuarenta y ocho.

Baja una perilla de plástico negra, y otras dos más, sus oídos agradecen el gesto. Se quita las orejeras abriéndolas como si fueran un bandoneón y las cuelga de un ganchito improvisado. El mismo procedimiento para las antiparras. Le grita algo a Jorge, quien destapa su oreja izquierda para captar mejor el mensaje. El torno todavía ruge como un león con apetito.

Con marcha lúgubre y cansina va dejando atrás el hipnotizante ruido de los motores de la fábrica que lo abruman por diez horas a diario.

Se hamaca hacia el locker, abre la puerta y recibe el beso que Daniela Cardone le concede desde la gráfica pegada sobre el metal celeste. Toma un peine, se dirige al espejo y recibe la cruel realidad, Cardone ya no está allí. Se engomina el pelo y con tres pasadas, dos de izquierda a derecha y una del frente hacia atrás, conforma su look sanmartinezco. Retira de un botinero rojo, que lleva estampado el escudo de Independiente, el desodorante Axe Marine, el de color azulado, perfuma sus prendas y cuerpo camuflando el hedor que la ropa de seguridad produce sobre la piel luego de una noche de curda.

Camina por el pasillo, introduce la ficha de cartón en la máquina y abre la puerta empujando el barral con las dos manos como si fuera un carrito de supermercado. Recibe el frío soplido del invierno que tiene sede en Valentín Alsina, acorralándolo nuevamente hacia el portón que deja atrás hasta la mañana siguiente.

La calle está poco iluminada, comienzan a pasparse los labios y todo se tiñe de un sepia que achina los ojos. Camina dos cuadras por Florida hasta Perón, donde una cola de doce personas espera el 70 que ya viene un poco cargado. Consigue un asiento en el pasillo. No sabe si es el calor o la cuerina que le recuerdan al Volkswagen 1500 naranja que tuvo en su juventud, donde escuchaba AC/DC en sus comienzos. Se coloca los auriculares y desde el celular, que todavía tiene botones de plástico, logra subirse nuevamente al milqui.

Ya cruzando el puente Alsina, sobre la avenida Sáenz, sube una chica con un nene de unos dos años. No está dispuesto a entregar el trono, sus piernas le ruegan no hacerlo, sus rodillas reclaman clemencia, y en un movimiento digno de un delantero de área que recibe el córner en el punto penal, cabecea y cierra los ojos a la vez. Como si un francotirador lo hubiese tenido todo el tiempo en la mira y atinara el disparo justo en el instante en que la chica giraba su cabeza como agradeciendo el gesto de cederle su asiento, hecho que nunca iba a ocurrir, o por lo menos en esta aventura llamada el 70.

Recorre toda la ciudad y de tanto en tanto entreabre el ojo izquierdo para ubicarse; advierte que el francotirador falló su tiro dos filas más atrás y encuentra a la mujer con el nene dormido en su pecho.

El grueso del pasaje se pone de pie y como pingüinos dando pasos cortitos se van acercando al final del pasillo para descender. Ya llegaron a Retiro. Ruido de autos, motos y colectivos. Esquiva las mesas que sirven de exhibidor de fundas de teléfonos celulares y se adentra en el sector de la línea San Martín. En un coro a capella desafinado ofrecen chocolates por precios módicos y combos de tres alfajores por diez pesos.

Busca con la mirada y encuentra un lugar libre en la barra del bar de la estación. Repite el menú de ayer y de antes de ayer. Las gotas caen sobre el amarronado vidrio de la botella que refleja las lámparas del andén. Asesina la cerveza sin piedad en tres vasos que no le lleva más de diez minutos terminar. Repite la acción por triplicado. Vuelve a buscar con la mirada el reloj en la pared. Esta vez alcanza a ver un nublado diecinueve treinta.

Tres cadáveres de vidrio yacen sobre el acero inoxidable de la barra, tambalea pero se reincorpora y disimula su borrachera, da unos pasos más, unos treinta metros que sus cuádriceps sienten mil y llega al andén principal. ¡Pilar, parando en todas!, anuncia el guarda. Ingresa al ring de los que suben y bajan, mete un brazo y luego la espalda sujetando con fuerza el botinero hasta lograr subir al tren que lo llevará a la estación de José C. Paz, una hora y cuarto en su horizonte. Esta vez el asiento se le niega y decide acomodarse en el furgón como tantas veces. Siente olor a la marihuana que fuman unos muchachos que sostienen una bicicleta con rayos oxidados; el olor no le importa, está acostumbrado. Como un director de orquesta, el tren marca el compás en su cabeza, retumban martillazos como si golpearan sobre una chapa. Las luces se ponen más brillantes y su vista no capta la morfología del espacio que lo rodea. Escucha chiflidos y gritos, la víctima: una cuarentona morena con un pantalón de jean ajustado que deja ver su sobrepeso.

Se acerca a la puerta y con el tren todavía en movimiento desciende dando pasos ligeros, es algo que aprendió de chico y no hay cantidad de alcohol que lo haya derribado jamás en este acto.

Divisa el banquito de siempre y con palabras entrecruzadas le dice un piropo de su repertorio de tres a Florencia, la chica del bar de la estación.

Pide una cerveza. Calienta motores, eleva su estima a ese punto en que se siente poderoso, se sabe intelectual y explica las teorías económicas que salvarán el país. Avanza hacia la charla buscando una señal, una mirada que nunca llega:

–¿Vos sabés lo que hay que hacer en este país?

Ordena una cuarta cerveza que acompaña con maníes y la hace desaparecer rápidamente sin dejar rastro.

Aturdido, pide la cuenta y enfila sus pies, uno delante del otro, el izquierdo encima del derecho, dos pasitos para un lateral, primer tropiezo con salpicado hacia delante. Enhebrando nombres de calles y señales que solo él es capaz de identificar por los matorrales o grafitis, logra llegar. Mete el pie en la zanja y no lo advierte, tambalea y lucha. Rasca la puerta con las llaves como si fuera un perro por la mañana, errante en su proceder no atina a la cerradura en tres intentos, el cuarto es el que le da acceso.

Levanta la perilla que está recubierta por un cartón haciendo las veces de tapa de enchufe, la luz tenue de la lamparita que cuelga de la viga del techo de chapas lo ubica, con movimientos bruscos producto de la ingesta llega hacia la heladera y retira el corcho de un vino tinto que reposa ya casi jubilado en la puerta debajo de dos huevos y un cubito de caldo. Se sienta en una de las sillas que acompañan a la mesa y aprieta el botón rojo de goma del control remoto repetidas veces. Parece tímido, en desnivel con sus compañeros y cuesta más que haga contacto.

Sintoniza el partido de fútbol y una especie de tranquilidad y euforia recorren su cuerpo.

Se considera un científico, un avanzado en materia deportiva y ante las malas decisiones tomadas por sus alentados del glorioso Independiente de Avellaneda, su cuerpo reacciona con sensaciones contradictorias, ardidas, acaloradas.

Nota un fuego que le corre por la garganta y como un dragón necesita expulsarlo en una catarata de insultos. Divisa la camiseta roja de sus amores contrastando con el verde fluorescente del césped del campo de juego. Comienza a inquietarse, y percibe que los jugadores están un tanto erráticos, no menos que el resto de los partidos, pero él, que jugó de octava a sexta en Talleres de Remedios de Escalada, tiene la facultad suficiente como para calificar esas acciones.

El juego se torna lento y eso lo exaspera, erran pases simples y no se preocupan por recuperar el balón. Aprieta el puño y golpea levemente la mesa haciendo temblar el vaso de vino que de vino solo conserva la aureola final.

Advierte la falta de bebida y busca en el modular un whisky que le regalaron en la fábrica a fin del año pasado. Tres toros en la etiqueta le guiñan el ojo con ánimo de seducción. Se sirve en el mismo vaso y el whisky amarillento toma un tinte colorado. Poco importa. Estos muertos no hacen ni dos pasos seguidos.

El cuatro intenta salir jugando y lo que sería una simple entrega por la punta lo transforma en un pelotazo al alambrado perimetral. ¡Dale! ¡La puta que te parió!

Otro pase sencillo que no encuentra receptor no hace esperar el insulto. ¡Daleeee, cagón! ¡Burro de mierda!

Se altera cada vez más y golpea vehemente la mesa que recibe toda su furia como un costal de arena. ¡A los de rojo, la consha de turmana! Suelta entre la lengua anudada.

El mal juego sigue y acrecienta la fogata interna. Está fuera de sí.

El nueve queda solo frente al arco y el arquero no es obstáculo, quedó tirado metros atrás. Se le traba la pelota entre las piernas, tarda, se les escapa hacia un costado pero sigue con la posibilidad de anotar ya que los defensores tampoco tienen su día y no encuentran el balón. Todos corren de una manera rara, parecen bailar en el área. Finalmente el nueve encuentra el cuero y con la punta del pie, en un tiro con muy poca fuerza la tira dos metros a la izquierda del arco. ¡Y ahora sí! ¡Hijo de mi puta! ¡Perro! ¡La consha  tu madre! ¡Ojalá te mueras, sorete! ¡¿Quién carajo te enseñó a jugar al fubol burro del orto?!

Se escuchan gritos, ruidos de golpes, de vidrios rotos. Alaridos de endemoniado, furia, enojo y locura es lo que se escucha en esa habitación.

Advierte que el delantero se larga una carcajada y se tira al piso riéndose, lo que todavía lo vuelve más grave. Varios compañeros lo abrazan y ríen junto a él.

¡Fragasado hijo de mil puta, te vas a morí. Te mato yo, puto del orto!

Los ladridos de los perros que entran por la puerta ya abierta interrumpen el listado de insultos.

Ahí está Luisa, que recién llega de trabajar en la remisería. Su mirada firme y profunda lo devuelven a la realidad de un martillazo. ¿Qué hacés estúpido? ¿A quién puteas, tarado? ¡Borracho de mierda! Otra vez la misma historia, ni te das cuenta de lo que estás viendo.

Calibra la mirada y nota la leyenda del videograph: Un sol para los chicos.

Ve que el nueve no es Albertengo sino un chico con un avanzado síndrome de down a quien poco le importa el destino de la pelota y que el partido no es el de Independiente.

Comprende las risas del errático delantero y de sus compañeros.

No recuerda esa sensación de alegría, no sabe si la tuvo, y rompe en llanto.

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