Historias sin punto final
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#27 · Manto blanco

Por Ignacio Porto
Ilustración Andrés Fuschetto

(Extractos de un cuaderno encontrado en el Valle Beban, Ushuaia)

 

Desde la ventana de la cabaña se puede ver la reja casi desvencijada y los árboles que sostienen en sus copas el peso de la nieve.

Huí de la ciudad cuando ocurrió el desastre; supuse que aquí, alejado de todo, lograría aislarme del caos. Creí que poniendo una enorme distancia y con la amenaza del frío, el peligro no me encontraría.

Por eso vine hasta aquí, al fin del mundo; como un aventurero de un cuento de London partí hacia el rincón más austral del planeta.

Quise llegar a las Islas; esperaba que alejándome de la masa continental EL MAL QUE CAMINA no pudiera alcanzarme.

El último barco había zarpado hacía días, la última certeza de supervivencia se había ido con él.

Luego de la desesperación, utilicé todos mis recursos, todo mi dinero y conseguí esta cabaña alejada de todo.

En este rincón perdido del mundo todavía no creen lo que despertó el odio del hombre. Acá hay personas dispuestas a vender cosas útiles a cambio de algo tan inservible como el dinero; de esta manera es que conseguí este refugio.

 

El manto de nieve cubre todo el paisaje; tapa toda expresión de movimiento o color, imponiéndole una quietud casi acordada, como si el frío, lo blanco y el silencio supieran de antemano que durante diez meses el mundo es suyo.

La vida espera agazapada, mientras tanto, si se la encuentra en algún rincón del valle, esta no se deja ver.

 

No me quedó dinero suficiente como para comprar un generador de electricidad, y las pilas de la radio se agotaron hace tiempo.

Siento como si hubiese viajado en el tiempo; lejos de las bondades de la vida que tuve, debo conseguir alimento y calor con el fruto de mi esfuerzo.

Las semanas se van convirtiendo en meses y voy acostumbrándome a esta nueva rutina; mi cuerpo se fue moldeando por los rigores del frío y del trabajo duro. El rifle que tengo en el cuarto es el único recordatorio del mundo al que pertenecí.

Encuentro cierta honradez en vivir de esta manera, cazando lo que puedo y cortando leña; como si vivir de este tipo de esfuerzo fuera más acorde con la condición humana.

 

Procuro salir poco y muy temprano, exponerme lo menos posible al encuentro de otros que puedan pretender las cosas que poseo; y sobretodo no dejar ningún indicio de mi paso por el valle que pueda atraer al MAL QUE CAMINA, esa maldición andante que todo lo devora.

 

El tiempo pasa y la soledad, poco a poco, se fue convirtiendo en un ruido blanco que no me deja pensar con claridad. La ardua rutina que tengo me salva de añorar aun más la vida que perdí, y el miedo a la muerte me mantiene alerta; pero comienzo a sufrir la falta de contacto humano.

 

Creí escuchar un ruido mas allá de la reja, justo detrás de la línea de árboles, ¿serán otras personas?, ¿llegó el MAL hasta aquí? Temo salir y exponerme a un tiro o a la muerte; saber que puedo convertirme en uno de ellos tan fácilmente me da pavor.

 

Volvió el silencio pero ahora siento una presencia cerca; por las noches hay algunos ruidos, me aferro a mi arma como último recurso… no me atraparán vivo.

Ayer me pareció ver una figura humana a lo lejos;  unos ojos se escondieron ni bien miré con atención hacia allí.

 

Sueño con carne putrefacta, con cadáveres andantes que vienen por mí.

 

Sigo saliendo por las mañanas, buscando indicios del paso de otros, pero la nieve nocturna cubre todo rastro.

Extraño estar con gente. Tengo una gran angustia en mi pecho, un dolor casi peor que la muerte.

 

Hace días que no salgo por temor a que me atrapen, intentaré sobrevivir con lo que tengo, voy a tener que racionar todo.

 

Estoy casi seguro de que hay algo esperándome detrás de los árboles, como escondido justo detrás de donde no puedo ver.

La otra noche escuché el rasquetear en una ventana; me escondí lejos de la habitación y pasé sin dormir la velada.

 

Sé que están ahí fuera, esperando alguna señal de movimiento que denote la presencia de vida, para venir a devorarme; es por ello que hace dos días que me muevo lo menos posible, arrastrándome de un punto a otro del refugio. Hace tiempo que dejé de salir a procurarme alimento y leña.

 

El frío y el hambre me golpean como un martillo constantemente, y las noches en vela me recuerdan la situación en la que estoy; soy un náufrago perdido en un mar de soledad. Esto, en lo que se convirtió mi supervivencia, no es vida; este frío, esta desolación de mi ser, este silencio maligno, es peor que la no vida que me espera, es peor que ese HAMBRE MÁS GRANDE QUE EL HAMBRE.

No puedo soportarlo más, salgo a su encuentro.

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