Historias sin punto final
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#9 · Tachos

Por Juan Subirá

En el transcurso del año ’91 emprendí un desafío personal muy importante a nivel artístico. Basándome en un tema que siempre me impresionó y me interesó mucho: el linyerismo. Junto a un fotógrafo llamado Salvador Batalla fuimos recorriendo algunas zonas de la ciudad de Buenos Aires tomando fotos, haciendo una especie de relevamiento de personas que vivían en la calle. A veces conversando con alguno de ellos.

Así empecé a escribir una obra musical instrumental que incluía dos canciones y tres relatos. El desarrollo total duraba casi una hora; se llamaba Tachos.

Para la ejecución de la misma convoqué a unos diez músicos que ya conocía desde antes y comenzamos a experimentar sónicamente y a ensayar las diferentes partes que iba componiendo. En los primeros ensayos comprendí que íbamos a necesitar una voz para los textos, pero no era sólo decirlos. Me pareció que era necesario actuarlos. Por lo cual uno de los músicos se atrevió a dejar su instrumento y comenzó a ponerle el cuerpo a los textos en cuestión.

Mientras la música transcurría se iban a proyectar las imágenes fotográficas y de pronto aparecería este personaje. Imagen y teatro unidos por un hilo argumental que era la música. A fines del año ’91 logramos llevar a escena esta obra sólo una vez, porque se terminaba el año y la idea era continuar al año siguiente.

Después, escuchando algunos comentarios y críticas, observé que muchas personas lo habían visto lisa y llanamente como una obra de teatro, cosa que yo nunca me había imaginado, y a pesar de que el personaje del linyera aparecía muy poco en escena. Todo ese verano me lo pasé pensando en eso, hasta que decidí empezar todo de nuevo y reescribirlo como una obra de teatro con dos personajes y un conflicto.

Nos juntábamos a ensayar en un galpón las escenas que yo iba escribiendo cada semana, y a medida que avanzábamos se complicaba más la trama.

En algún momento se me ocurrió invitar a un director de teatro, que observó lo que hacíamos con interés pero también con cierto estupor.

Al final del ensayo le pregunté qué le parecía lo que había visto.

–¿Quién dirige esto?

Yo nunca lo había pensado, pero le dije:

–Yo, aunque no sé nada de teatro.

–¿Y vos a que te dedicas? –me preguntó.

–Soy músico, toco en Bersuit.

–¿En serio?, eso sí está bueno, seguí con la música…

Allí terminó mi corta experiencia en el mundo del teatro. Como experimento grupal y humano fue buenísimo y hasta me quedó el boceto de un posible libro, aunque artísticamente sea impresentable.

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