Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#3 · Una vida normal

Por Ignacio Gobet

Ilustración Florencia Garbini

Una vida normal, una vida social, la caparazón, ir a trabajar, sonreír, comprar un auto, sonreír, alquilar un departamento, comprar una casa, lo que se ajuste a tu situación financiera, sonreír de nuevo, fingir interés en la vida de los demás; esporádicamente salir con una mujer, actuar, aparentar interés en lo que dice y mutar tu personalidad radicalmente para caerle bien y que suceda lo ansiado. Diplomacia, simpatía, meterte en facebook, twitter, instagram, “likear”, dejar comentarios estúpidos y vacíos, postear frases estúpidas y vacías, dar la imagen afable que exige la sociedad imbécil e hipócrita en la que vivimos. Mitigar tu potencial intelectual, con ayuda del alcohol o alguna droga, para encajar en discusiones efímeras, de baja estofa. Simular ignorancia para estimular el diálogo con ignorantes; más diplomacia, empatía, tanta empatía, saber cómo reaccionar, actuar, responder, antes de que los demás vean que sos un bicho raro, antes de que vean tu verdadera esencia. Aplaudir aparentando júbilo sobre cualquier suceso “feliz” que acaezca para algún conocido.

Otra mujer, ir al cine, hablar estupideces y evitar decirle lo único que le querés decir, simular no querer hacerle lo único que le querés hacer. Crecer, celebrar no sé qué, volver a tu casa, cocinar, dormir, levantarte nuevamente, ir al trabajo, tratar de ser un buen profesional y ejecutar esa tan apacible obsecuencia con tu jefe, ser apacible en general, fingir, fingir y fingir. Llegar a tu casa de nuevo, llorar, leer, mirar alguna película que te sede un poco, que te desvíe un poco de la verdad. Ir a una fiesta, un boliche, bailar como un idiota, tomar algo; salir de shopping, gastar plata, comprar ropa, dar una imagen compatible con el protocolo, sabiendo que los que se jactan de tolerantes son los que más juzgan –por eso estás solo, al menos mentalmente–; son simpáticos, con esas caras estúpidas y esas frases estúpidas, hablando estupideces, caminando y simulando, una y otra vez, frenéticamente.

Ser eximio emulador de aptitudes sociales, fingir altruismo en el colectivo y en el tren. Hacer creer que preferís a la embarazada en el asiento que a vos mismo, con ese sueño y cansancio inútiles, porque la desesperación crece, no para la angustia, tener que pretender para encajar, actuar, sonreír de nuevo, tratar de no morir, aunque nunca estuviste vivo. Llegar a tu casa, hacerte una paja, dormir, desayunar comida sana, alguna mierda de arroz o cereal para mantener el caparazón intacto, sin importar que el núcleo apeste de hedor,  de una ulceración inexorable suscitada de tanta falsedad.

Mantener el caparazón sano, sin importar que el precio sea lo que ella esconde, caminar, andar como un muerto vivo, contando con los dedos las veces que te sentiste vivo, que fuiste.

Más diplomacia, Dios, tanta diplomacia, fingir, actuar, sonreír, decir estupideces, cumplidos, la afable máscara del muerto vivo, no protestar, no quejarte, a la gente no le gusta eso; trabajar, trabajar y trabajar, disfrutar los 15 días de mierda que tenis de vacaciones, 21 si fuiste un buen esclavo, 28 si sos la encarnación del perfecto idiota.

Sacrificio, mucho sacrificio, las exigencias del mundo moderno, pensar en vos está mal, pensar en el otro es heroico.

¡Estudiar! Me olvidaba de eso. Las empresas no tienen tiempo de conocerte y el título reduce significativamente los procesos de selección, pues otorga una idea temprana sobre tu potencial. Superás el mínimo necesario, bienvenido.

Ahorrar, gastar, es lo mismo: una junta de idiotas con título imprime billetes frenéticamente mientras tomás la decisión, no te preocupes, no van a dejar que los alcances. Repetí frases cuyo contenido es, como sabés, mentiroso, sonreí de nuevo, siempre sonreí, hasta parecer feliz: en charlas, fotos, videos, mostrá alegría, ¡el caparazón!, dejate llevar por el mar de imbecilidad o encerrate a llorar de nuevo, vos elegís.

Probá con un psicólogo, alguien certificado para aplacar tu adolescencia, seguro que por $300 al mes te salva la vida. Al menos el psiquiatra provee sedantes, esos que mitigan tus partes vivas para dar animosidad a tus partes muertas, la caparazón; seguí, seguí, seguí, nunca pares, nunca te detengas, el mundo no espera, la sociedad no perdona a los rezagados, esto es un tren de hipocresía y tal es el precio para subirte y viajar, sin destino, hasta que el Dios de los condenados sea compasivo y te cierre los ojos, igual quedaba muy poco por matar.

 

El fracaso entre almuerzo y cena

 

Exijome fracasar algunas veces al día, pues ¿qué sería la vida sin un par de golpes? Entre el almuerzo y la cena pongo a prueba mi lado falente, practico lo personalmente impracticable para que algún día pierda dicha esencia.

Ya consumado el almuerzo, entre las últimas “piscas” de postre, emprendo mi aventura, hablole a una dama imposible, juego a deportes para los que el buen señor eligió no dotarme o me la juego con un préstamo inverosímil. Entero doy sumisión al sabor amargo de una derrota inexorable, tomo nota de los resultados y me voy a casa, y después de cenar ya juego seguro, tanto que al apoyar la cabeza en la almohada, antes de cerrar los ojos, cuento con la tristeza valedera de una recopilación productiva. Algún día dormiré virgen, con una sonrisa en la cara, una dama particular al costado, plata que no tengo y los pies con cicatrices goleadoras, recordando lo que otrora fueron fracasos, o más bien, ensayos.

 

 

 

AFORISMOS SOBRE EL FRACASO

 

Sobre el fracaso esencial

 

Sólo conociendo el fracaso se puede conocer el éxito. El segundo es la negación del primero. De no haber fracasos no habría éxitos, se perdería todo objeto de admiración, personas admirables, actos admirables; sin percibir el fracaso no sabríamos cuán valedero y complicado es el éxito, y cuán admirable es el exitoso, sin querer sonar exitista. El fracaso es intrínseco a lo humano, es ontológicamente inherente a las personas: las personas fracasan. No obstante, siendo la regla lo percibimos como la excepción, porque somos luchadores, somos hijos de un Dios que nos puso en el mundo y no nos dijo qué hacer, y esa incertidumbre es nuestro fracaso más grande. Seguimos pataleando para acotar el fracaso, para triunfar, para sobrevivir, para perpetuar el abolengo de una estirpe fracasada y descontenta, pero sumamente admirable.

 

Del fracaso y la gloria

 

Es evidente cuán necesario es percibir al fracaso para entender la gloria, para estimarla como ella lo merece.
El fracaso y el éxito

Los exitosos son los mayores fracasados, son los que más fracasos sufrieron, pues éxitos tan rotundos sólo se alcanzan tras centenares de tropezones. Con una lógica igual de irónica, afirmaríamos que los mayores fracasados son los que no fracasaron, pues evitaron el fracaso y sin darse cuenta se convirtieron en su encarnación.

 

El fracaso generacional

Podríamos decir, coyunturalmente, que muchos de nosotros pertenecemos a una generación de incertidumbre, que somos suspicaces respecto a lo que otrora se consideraba como fracaso o éxito, que replanteamos las cosas, que tiramos las barajas de nuevo, y reafirmamos esa inseguridad frente al objetivo de la vida. La casa, el auto, la familia, cuestiones dogmáticas hace 50 años, se han puesto en perspectiva: ya no sabemos qué queremos cómo lo sabían nuestros padres, esto ha puesto a prueba al tópico en cuestión, y si no me creen, sienten a un viejo de 70 y a un joven de 20 a ver “Into the Wild”, probablemente uno vea a un joven perdido mientras el otro conoce a su héroe.
      Del sempiterno fracaso

Luego de miles de años de filosofía, de una exhaustiva indagatoria, no sólo no conocemos las respuestas, todavía no sabemos cuáles son las preguntas, ¿no es eso una demostración de cuán aparejados están la humanidad y el fracaso? Más importante: ¿es esto preocupante? A mí no me preocupa en absoluto.
Del fracaso como algo positivo

Un fracaso es un acercamiento al objetivo, pues nos otorga información que antes no teníamos, esto aplicaría a prácticamente todo campo posible, salvo a aquellos en donde el objeto de deseo se pierde con un número finito de fracasos. Un cirujano no puede tener esta mirada, por ejemplo: esperemos no la tenga.
Del fracaso esperado y no inusitado

Muy probablemente, las emprendas que consideren el fracaso de manera axiomática, obtengan mejores resultados que aquellas que otorgan al mismo un carácter excepcional.
Reconocer el fracaso

Reconocer el fracaso es la forma de aprovechar sus ventajas.
El fracaso y un buen intelecto

Un buen intelecto suele compartir sus fracasos y reírse de ellos. Un pobre intelecto suele esconderlos y pretender que no existen.

 

Apuesta

 

Si debo apostar entre el desempeño impoluto del ganador exclusivo, o la perseverancia del fracasado crónico, elijo al segundo, pues el primero no existe.
Pregunta

Si el fracaso es humano, ¿es fracaso el fracaso?

 

No comments

LEAVE A COMMENT