Historias sin punto final
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#1 · Ob-La-Di Ob-La-Da me tiene de hijo

Por Pablo Marchetti
Ilustración Lúa Manguito

Vamos rumbo a La Plata. En el auto estamos Javi y Tito, dos amigos, Lina, Fermín y yo. Lina tiene 14 años y es mi hija. Mi hija mayor. Fermín tiene 9 y es mi hijo. Lina y Fermín son fans de Los Beatles. Se conocen todas las canciones, las cantan desde chiquitos. Fermín, además, toca el piano y lee música. Y toca en el piano algunas canciones de Los Beatles.

 

¿Qué es lo que pasa con Los Beatles y los chicos? Eso es algo que no deja de sorprenderme. Sí, es lógico: Los Beatles son la mejor banda de la historia de la humanidad del mundo mundial. Dicho así suena a lugar común, a obviedad absoluta. Es de esos lugares comunes tan comunes que espantan a quien busque alguna clase de punto de vista distinto del mundo y de las cosas. Pero con Los Beatles no hay mucho para cuestionar.

 

Suele ocurrir con los lugares comunes: irritan por obvios, pero más irritan por irrefutables. Y el hecho de que Los Beatles sean la mejor banda del mundo tiene que ver también con que les guste a los chicos. En realidad, creo que Los Beatles son la mejor banda del mundo y de la historia precisamente por eso: porque empiezan a gustarte de niño (o inclusive de bebé: Trilce, mi hija menor, desde que tiene algunos meses con la única música con la que se queda tranquila es con Come Together) y después te siguen gustando toda la vida.

 

Obviamente el gusto va cambiando: no te gustan las mismas canciones a los 9 años que a los 48. Cambian los favoritismos por algunos temas, sí, pero no por la banda. Los Beatles siempre son Los Beatles. Y allí está su grandeza. Porque, además, hacen canción popular. No es lo mismo que con otras disciplinas donde se ponen en juego zonas más intelectuales, como el arte o la literatura. Por eso Lina y Fermín (y Trilce, seguramente) son fans de Los Beatles. Y por eso vamos con Lina y Fermín rumbo a La Plata para escuchar a Paul en el Estadio Único.

 

Es el primer gran recital al que llevo a los chicos. Vamos como en procesión, a cumplir un rito iniciático. Para los tres, porque yo también voy a ver a Paul por primera vez. Tengo encima toda la ansiedad de regalarles a mis hijos la posibilidad de ver en vivo a un Beatle. De ver a Paul. Es uno de esos momentos que, descuento, les quedarán grabados por siempre. Como sé que me va a pasar a mí. Por eso el asunto viene de ritual desde que salimos de casa.

 

En el auto llevo el estéreo. Y en el estéreo suenan Los Beatles. Llevamos Sgt. Pepper, Revolver y el Álbum Blanco. Está sonando el Álbum Blanco, el disco uno, cuando Fermín dice: “Del Álbum Blanco me gusta más este disco que el otro”. Manejando feliz, pregunto: “¿Y cuál es tu canción preferida del Álbum Blanco, Fermín?” La respuesta es una cuchillada: “Ob-La-Di Ob-La-Da”, a lo que sigue un puñado de sal sobre la herida recién abierta: “Esa es mi canción favorita de Los Beatles”, remata Fermín.

 

Se produce un silencio. O al menos a mí me parece que se produce un silencio porque me quedo sin palabras. Hasta que reacciono como un pelotudo, como un terrible pelotudo, como un grandísimo pelotudo: “Esa es la peor canción de Los Beatles, Fermín, ¿cómo va a ser la que más te gusta?”, digo con tono sobrador de crítico musical. Un pelotudo, insisto, aunque en ese momento no me doy cuenta de la magnitud de esa pelotudez. Ni siquiera cuando Fermín sigue en la suya: “A mí me gusta Ob-La-Di Ob-La-Da”, dice, como bien podría haber dicho “me importa tres carajos lo que pienses vos, viejo pelotudo”.

 

Llegamos a La Plata, entramos al Estadio Único, arranca el show, un show aún más grandioso, emotivo, descomunal que el que imaginábamos. Hasta que llega el momento: como si quisiera humillarme, como si quisiera sumarse al coro que en mi cabeza repetía “sos un pelotudo”, Paul toca Ob-La-Di Ob-La-Da. Lo miro a Fermín, le sonrío y nos ponemos a cantar juntos. Lina, al lado, se caga de risa de mí, de la vida, de los prejuicios.

 

Los Beatles son grandes porque podemos disfrutarlos toda la vida. Porque nos permiten ser chicos y grandes al mismo tiempo. Porque logran que padres e hijos podamos conmovernos por un mismo hecho estético cósmico. Pero sobre todo, son grandes porque nos hacen descubrir quiénes somos. Y nos cagan a trompadas cada vez que intentamos hacernos los bananas, los interesantes, los soberbios.

 

Los Beatles son grandes porque nos permiten ser padres e hijos. Gracias, Paul, por enseñarme eso. Y perdón si fui un pelotudo, Fermín. Ser pelotudo forma parte de las condiciones básicas que se requieren para ser padre. Te pido disculpas. Y lo acepto, tenías razón. Porque las canciones tienen que ver con momentos, con estados de ánimo, con sensaciones. Y siempre puede haber un momento en el que Ob-La-Di Ob-La-Da sea la mejor canción de toda la historia de la humanidad.

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