Historias sin punto final
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#13 · Chiquito

Por Martín Kolodni
Ph. Raymundo Lagresta

Cuando se despertó, lo primero que vio enfrente suyo fue un televisor de pantalla plana, más moderno y grande que el que tenía donde vivía. No había nadie alrededor. Se miró. Apenas vestía una bata finita, entre blanca y beige, con un logo del sanatorio Colegiales sobre su pecho. Mientras trataba de unir lo que veía como quien arma un rompecabezas, una gota le cayó en el pelo. Se percató de que lo tenía húmedo. Se lo tocó. Se olió las manos. No era agua. Se las chupó. Puso cara de asco pero no supo qué era lo que le caía en la cabeza siempre con la misma frecuencia.

 

–Se le debe estar por acabar el suero –fue el grito con voz de mujer que entró por la puerta entreabierta.
–Habría que cambiárselo y chequear si el cuerpo ya le creció un poco.

 

Gabriel se dio cuenta de que el peso de su cabeza no alcanzaba a hundir la almohada, de que su cuerpo ocupaba menos de un cuarto de la cama, de que sus brazos y piernas también se habían reducido proporcionalmente. Giró hacia su derecha, en busca de una mesa de luz o algo sobre lo que pudiera estar apoyado su celular. Solo había cables. Del otro lado lo encontró. Miró sus manos. No tenía modo de agarrar ese aparato, al que veía más grande que el primer Movicom. Sintió taquicardia, mientras se llevaba a la boca el único dedo cuya uña quedaba sin comer. La puerta se abrió y le dio paso a quien gritaba que había que chequearle el suero.

 

–Bueno, te despertaste. Se te ve bien. Más grande que cuando te desmayaste en la guardia. Ah, te queda bastante en la bolsa.

 

–¿Qué hora es?
–¿Eh? Hablame con el megafonito que te dejamos ahí, por favor.

 

Eran las tres de la tarde.

 

–Quedate tranquilo que vas a estar bien. Ahora va a venir el médico de planta y te va a explicar qué hacés acá. Sabe mucho de lo que te pasa y es un churro.

 

–¿Podrá acomodarme el celular como para que pueda usarlo?

 

Con los recaudos para no aplastar a Gabriel, las manos cubiertas de látex de la enfermera armaron un dispositivo que incluyó almohadones y almohadas para que pudiera chequear sus mensajes. Le dejó también una especie de pajita con la que manipular la pantalla táctil del teléfono (en las manos del paciente era una garrocha).

 

Después de chequear que efectivamente eran las tres, Gabriel suspiró. Soltó la pajita y se mordió tan fuerte un pellejito que se hizo sangrar. Le costaba estar quieto. Volvió a mirar la hora. También vio el atado de Marlboro en la mesa de luz. Con la herramienta que le dejaron, le llevó un rato lograr abrir el WhatsApp. Se puso a leer la conversación con su papá, la última que había mantenido.

 

–Me siento mal, viejo –decía en el mensaje de las diez y diez.
–¿Dónde estás?
–En la casa de Claudia, que se fue al laburo. Vine a cuidar a Lola.
–¿Cómo está mi nietita?
–Durmiendo está. No tengo fuerza.
–¿Cómo que no tenés fuerza?
–Eso. No tengo fuerza. No puedo moverme, ni levantar a Lola. Me siento muy mal. Vení a ayudarme.
–¿Ayudarte a qué?
–A cuidar a Lola.
–Pobre Lola. Termino el café y voy.

 

El mensaje del café era de las diez y veinte. Gabriel no podía recordar nada. Después de ese, había otro, de las once y media.

 

–En la guardia me dijeron que vas a estar bien. Agarré pañales, mamadera y el bolso de Lola y nos vinimos a casa. Claudia la busca después por acá. Cuando se la lleve, vengo a verte. Beso, hijo.

 

Manipular el celular con la pajita lo agotó, por lo que Gabriel desistió de chequear en Twitter cómo iba Platense, que a las dos y media jugaba contra Comunicaciones. Bostezó, soltó la pajita, se sacudió el pelo mojado y decidió que iba a tratar de dormir un rato.

 

Pasadas las cuatro, otro gigante cruzó la puerta. Vestía de blanco y tenía como collar un estetoscopio. Era canoso y su barba, prolija y de tres días, también era blanca. Entró a la habitación hablando por celular. Decía que al pibe que estaba ahí tirado le pasó lo mismo que a él meses después de separarse. Gabriel pensó que el médico lo creyó dormido y se sobresaltó. Al verlo, el doctor Wolsohn cortó, le pidió perdón con un ademán y se presentó.

 

–¿Te jode el suero en la cabeza? Pasa que con tu tamaño actual, pincharte hubiese sido una locura. Te mataría, literalmente. Hasta un aguja de coser –dijo y se rió.

 

Gabriel miró para arriba, antes de contestar, con la mala suerte de que un gotón le entrara en los ojos. Escuchó la risa del médico mientras escupía y se secaba con las manitos.

 

–Me jode…
–El magafonito usá.
–Me jode que nadie me dice qué tengo, qué hago acá.
–Nada grave, tranquilo. Estás chiquito.
–Sí, me doy cuenta.
–Estás separado hace poco, ¿no?
–¿Qué tiene qué ver?
–Es importante.
–Sí, pero…
–¿Y sos papá?
–Sí, tengo una bebé.
–¿Hace cuánto te separaste?
–Casi cuatro meses.
–¿Y tu hija tiene..?
–Cuatro meses y medio. ¿Va a explicarme? ¿Qué tiene que ver todo esto con que yo siga chiquito?

 

El doctor Wolsohn, con cuidado, le secó la cabeza y con mucha agilidad se lo subió a upa. Al principio, a Gabriel le daba vergüenza apoyar el culo desnudo sobre el antebrazo del médico. Pero, como era un profesional, se convenció de que estaba bien. Salieron de la habitación bajo las miradas de las enfermeras, atravesaron un pasillo y se metieron en una subdivisión del cuarto piso sobre cuya puerta había un cartel que decía Pabellón de padres llorones.

 

–Prestá atención, pibe. ¿Ves esas diez camitas? Todos estos están peor que vos. Y eso que llevás horas acá nada más. A Bernardo, el de la cama uno, lo trajeron con solo doce centímetros. No sabés lo difícil que fue no ahogarlo con el suero. Vos llegaste con casi medio metro. ¡Gulliver eras! A Bernie lo dejó la mujer y se llevó a su hijito a vivir a Israel.

 

Entre las sábanas, mientras el doctor hablaba, Gabriel pudo divisar una mano del tamaño de un recién nacido que lo saludaba, abriéndose y cerrándose. Devolvió el saludo.

 

–A Rafa, que está en la cuatro, su esposa no lo deja ver a sus mellizos hasta que no la corte con apostar todo su sueldo a los burros. Todos están tristes, todos lloran y gimotean. Vos no caíste acá porque no hay lugar. Nunca tenemos. Está lleno de tipos tristes de entre veinticinco y cuarenta años. Cuando esa tristeza involucra hijos y separaciones, el cuerpo se reduce. Miralo a Sergio, el rubiecito, en la cama siete. Hace diez días que lo tenemos acá. Carlos, su pareja, lo usó para adoptar un bebé africano y el hijo de puta desapareció con Dikembe. Con tiempo de reposo y suero, todos empiezan a recobrar su tamaño.

–¿Y yo? –gritó Gabriel desde su megafonito.

 

–Vos vas a estar bien en una semana. Hablé con tu ex después de que te desmayaste en la guardia. Saqué el contacto de tu celular, lo tenías en favoritos. Dice que hace años que estás triste. Que no seas pelotudo y que disfrutes de tu hija. Parece buena mina, no creo que vaya a romperte las pelotas. En tres días deberías medir un metro setenta y cinco de nuevo.

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