Historias sin punto final
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Ser hijo es un punto de partida, nuestro hito fundacional: si no fuéramos primero que nada hijos no podríamos ser ese otro montón de cosas que, supuestamente, somos.

 

Somos hijos porque estamos formateados en dosis parejas por lo que hicieron –o no– nuestros padres –parejas, o no– con nosotros. Lo que ellos piensan, lo que ellos hacen, los nombres que eligen, lo que prefieren o no pueden o no saben hacer nos confecciona, en mayor o menor medida.

 

Ser hijo es un resultado, vida que decanta de otras dos vidas: su destino de gloria imponderable o un mal cálculo que alborota los planes.

 

Una célula que se transforma en huesos, nervios y memorias.

 

El fruto de la entrega, a veces la continuidad del amor.

 

Características genéticas, físicas y personales.

 

Venimos de ese choque, de ese encuentro hecho de carne y sábanas.

 

No somos, entre tantos modos del ser, una condición de la que podamos escapar.

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