Historias sin punto final
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#18 · El Bar

Por Sebastián Arias
Ilustración Pablo D´Alio

Cuando uno puede ingresar un rato al mundo de su padre realmente se siente hijo. Se da cuenta que las actividades cotidianas de uno están lejos de las de él.
Sus códigos afloran y sus gustos toman forma. No es solo padre, es amigo, confidente, cómplice y compañero de vida de personas fuera del entorno familiar. No es otro, es más él que nunca.

 

Domingo tres de la tarde de algún día de otoño de 1990.

 

El Torino blanco frena haciendo crujir las hojas que estaban junto al cordón de la vereda. Mi viejo se baja del auto con el estéreo en la mano y segundos más tarde del asiento de atrás salgo yo con mis ocho años. Caminamos lentamente unos metros y entramos a su guarida, lugar de pleno confort.

 

Ramón Falcón y Thelier, Liniers. El Bar en la esquina era lo único que tenía vida los domingos. Las paredes exteriores estaban curtidas por los años, las ventanas eran amplias de vidrio con una publicidad desteñida por el paso de los años y la puerta de madera inmensa se abre y como un saludo amable hace un ruido agudo y forzado. Un aullido de bienvenida.

 

El lugar tiene forma de ele por estar justo en la intersección de dos calles. Los pisos siempre limpios con baldosas de dos colores, bordo y amarillas, las paredes internas lucen descoloridas, resaltan los cuadros de Daniel Willington y Carlos Bianchi héroes venerados y recordados por sus hazañas con la camiseta de Vélez y en un costado, más chica también se puede ver enmarcada la imagen del auto de Hugo Olmi, un corredor de Turismo Carretera que era parte de los amigos y clientes habituales. Un orgullo para el barrio.

 

Mi papá entraba y como siempre alguien lo saludaba, uno que estaba leyendo el diario levantaba la vista y continuaba con su lectura. Y algún otro desconocido me sacudía la cabeza como gesto afectivo. Su mundo tomaba forma y me abrazaba cálidamente.

 

Alfonso, el dueño del bar, detrás de un mostrador antiguo, en donde resaltaba la cafetera, la campana acrílica con sanguches y algún café humeante, me estiraba la mano como para hacerme sentir parte. Yo me creía uno más de los adultos, a pesar de tener bien en claro que era el más integrado de los extraños. Alfonso un gallego laburador, cocinero, mozo y empleado de limpieza. Él siempre estaba. Lo que más me llamaba la atención de todas sus pertenencias era su gato blanco, gigante, cuando digo gigante no exagero. Al día de hoy sigo creyendo que su tamaño anormal se debía a que las sobras de todo lo que había en el bar se las comía ese felino.

 

Ya con el abrigo en la mano y con ánimo de sentarnos se podía ver en el fondo a Gerardo, el mejor amigo de mi viejo, quien por el cariño y la cercanía se había ganado el título de tío. Una persona única por sus historias y para mí un prócer, ya que jugó en la reserva de Vélez, pero una rotura de ligamentos cruzados le impidió cumplir el sueño de él, el sueño de todos. Jugar en primera. Gerar, como le decía mi papá, era reflexivo, sabía de fútbol, era entrador y fiel a sus afectos. Con mi papá eran una dupla inquebrantable desde la infancia, un dúo desparejo pero inseparable.

 

En la mesa ya éramos tres, automáticamente, sin pedir nada, llegaban dos cortados y una coca.

Recuerdo que entre ellos se notaba la verdadera amistad, eran muy distintos pero increíblemente compatibles. Un poco de debate político, algunas consultas sobre las familias y luego a hablar de lo importante: cómo formaba Vélez que jugaba en un rato de local en el estadio Amalfitani. No había redes sociales, no existían treinta noticieros deportivos, la verdad estaba en el boca en boca, en lo que les comentó uno del barrio que fue a la práctica en la semana, en lo que reflejaba algún diario que estaba perdido en una de las tantas mesas. Al saber el once inicial la reacción era de manual, ambos estaban en desacuerdo con el técnico de turno. Mi papá siempre tomaba de punto a un jugador y no había manera de hacerlo reflexionar. Hoy con años y canas no perdió esa costumbre.

 

Mientras yo tomaba mi gaseosa veía como llegaba el cuarto personaje al grupo: el doctor Acosta; nunca supe su nombre. Un señor alto, de tez trigueña, cálculo que veinte años mayor que mi viejo, con anteojos cuadrados de marco robusto, vestimenta elegante y siempre con un pequeño maletín negro de cuero. Era un hombre de pocas palabras, pero siempre justas. Mi papá, Gerardo y el Doctor hablaban mientras yo optaba por escuchar y mirar. Realmente no tenía nada para decir, pero mucho para observar. Algo que aún me queda tallado en los recuerdos era que el Doctor entre charla y charla le tomaba la presión a algún cliente amigo que se arrimaba a la mesa.

 

Pasaban los minutos y el Bar ya tenía más vida. Jugábamos de local y la cancha estaba a cinco cuadras. Comenzaban los intercambios de idea de punta a punta. Tenía la sensación de que todos se conocían, porque todos se saludaban con afecto y se debatía sobre temas comunes en cada rincón del bar.

 

El arquitecto se sumaba a la mesa y un rato más tarde Pantera entraba con sus anteojos y su humanidad gigante señalando el reloj. Había que partir con la ilusión de que Vélez gane. Hasta que fui adulto no entendía la forma de pago de lo consumido, abonaba cualquiera, Alfonso no contaba los billetes y listo el pollo. Todos se paraban y encaraban para la puerta.

 

Mi viejo, Gerardo, el Doctor Acosta, el arquitecto, Pantera y yo caminábamos con destino bien marcado, la pasión por los colores, esa pasión que no entendía de edades los cinco adultos y yo con mis ocho años vibrábamos igual y con paso ligero esperábamos lo mismo, un triunfo del Fortín.

 

Añoro esos años, hoy a mis treinta y tres creo que esa rutina fue una escuela, esos días me enseñaron que la amistad no entiende mucho de patrones comunes de conducta, que no somos iguales en casa, con los amigos o con los hijos. Entendí con el tiempo que mi viejo me llevaba a su mundo porque era para él un orgullo que todos vean que ese hombre de barrio tenía un hijo hincha de Vélez.
Cuando hoy me siento junto a él en la cancha y el juez está por pitar el arranque del encuentro es inevitable acordarme del bar, de su bar.

 

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