Historias sin punto final
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#22 · El otro hijo

Por Ignacio Porto
Ilustración Andrés Fuschetto

1.

El pasillo es largo, en el fondo se ve una imagen de Cristo, en el televisor de la pared hay un noticiero sin volumen. Un señor mayor le habla a un bidón de agua sobre unos drogadictos que lo andan buscando.

 

Los minutos pasan. Una señora, Rosita para los del lugar, llora porque le volvieron a robar el bastón.

 

En los quince minutos que lleva esperando, un abuelo de jogging y mocasines le preguntó nueve veces la hora, mientras señalaba su reloj ya sin agujas para comprobar si el suyo funcionaba bien. Lo que sucede en el geriátrico oscila entre el drama y el humor, dependiendo de cómo se miren las cosas.

 

Marcelo espera.

 

Espera que le “preparen” a quien vino a visitar.

 

No le importa ver desarreglada a Tati, no le importa que no tenga la dentadura puesta, o que esté despeinada, ni siquiera el perenne olor a caca le causa sorpresa ya. Solo quiere verla.

 

Ella se lo confunde con su padre, con su marido, con sus hijos, su nombre siempre es el último en salir. No es por falta de amor, no; será por esas cosas que quedan en la cabeza desde siempre, un orden interno que este tipo de vejez no permite disimular.

 

–Acá está la princesa señor Marcelo, está todo el día hablando de usted –dice la enfermera mientras le acerca en una silla de ruedas a Tati.

 

–¿En serio?, ¡no puedo creer que esta diva se acuerde de mí! –se levanta y rodea a Tati con un abrazo.

 

Tati es el apodo de Ángela, quien lo crió desde bebé. Ella ya trabajaba para la familia cuando Marcelo nació, pero empezó a formar parte con su llegada.

 

Ganó su apodo por una dificultad de Marcelo que cuando era muy chiquito, al pedirle galletitas en vez de decir “titas”, por algún motivo inexplicable decía “tati”. Ese bautismo de chico cambió mucho más que su nombre. “Ángela” limpiaba la casa y hacía la comida, “Tati” era el ser más querido por el sol del hogar.

 

Mónica y Enrique, los padres de Marcelo, se dedicaban a poner locales de gastronomía y luego venderlos en funcionamiento; por lo que sus horarios eran variados al menos, y siempre sacrificados, contrarios a los de cualquier chico.

 

Tati era de Misiones, toda su familia estaba allá; sus hijos más grandes vivían del turismo en Iguazú. Ella los visitaba para las fiestas y en las vacaciones, pero aún cuando Marcelo ya no necesitó más de sus cuidados, siguió viviendo en Buenos Aires con ellos.

 

Nunca dijo por qué no volvía a su provincia natal; nunca nadie se atrevió a preguntarle.

 

 

  1. Sábado a la mañana, el frío se levantaba de las calles haciendo bruma, Tati y un Marcelo de ocho años salían a hacer los mandados, el chico estaba tan abrigado que parecía un muñeco de peluche.

 

–Lito mío, ¡vamos a hacer los mandados para la cena de hoy!, ¿vos sabés qué vamos a comer hoy sábado? –preguntó Ángela. Todos los sábados hacían el mismo ritual, salían de la mano hacia el mercado y Tati formulaba siempre las mismas preguntas. Lito, a quien solo ella llamaba así, con entusiasmo daba siempre las mismas respuestas.

 

–¡Pizza con chocolate! –la exclamación de Marcelo era un canto de victoria.

–¿Cómo pizza con chocolate Lito?, eso nos va a caer mal.

–¡Pizza!, ¡pizza! –Marcelo se apresuró en corregir su rol en la obra de dos.

–Y de postre… ¿sabés que va a haber?

–¡CHOCOLATE CON MANÍ! ¡Cho Co Late! ¡Cho Co Late! –el canto mientras saltaba de baldosa en baldosa era un himno a la alegría.

 

Ángela pasaba religiosamente todos los sábados por un mayorista de golosinas que le vendía una gran barra de chocolate con maní, a un precio que ella podía pagar.

 

La pizza y el postre de los sábados los pagaba Tati de su bolsillo; cuando Mónica y Enrique le preguntaban el por qué o le decían que utilizará el dinero que ellos le dejaban, ella simplemente contestaba que era su manera de recibir el domingo, que no se trabajaba, lo cual no era cierto porque usualmente los padres de Marcelo estaban ausentes todo el fin de semana.

 

Esa misma noche, mientras amasaba en la cocina escuchó llanto en el cuarto de Lito.

 

El chico lloraba con desconsuelo, Ángela sin hacer preguntas lo cobijó entre sus brazos.

 

–Acá está la Tati de Lito; llorá mi amor, llorá todo lo que tengas que llorar. Tati va a estar siempre con vos cuidándote –el llanto sonaba apagado contra su pecho–. Mamá y papá están trabajando para que vos puedas ir al colegio, tener juguetes, ellos también te extrañan mi cielo, pero tienen que trabajar.

 

–¿Y por qué no trabajan como los demás papás? –su pregunta fue un reproche.

-Porque es el trabajo que tienen, Cielo, ellos hacen lo que saben –esta era la otra cara del ritual de los sábados, que atravesaba siempre el llanto, Ángela lo sabía, y cada vez le generaba más dolor–. Vos tenés que saber que tu mami y tu papi te quieren mucho, y que dejan todo para que vos estés bien; además me dejaron a mí que te voy a cuidar siempre.

 

Llorá todo lo que necesites, Lito de mi corazón, llorá tranquilo que Tati está acá.

 

Pasaron unos minutos, y Marcelo con la cara roja y sorbiéndose los mocos se desembarazó del abrazo.

 

–Ya está Tati…

–Vení, ayudame a amasar que sola no puedo, además… ¿te conté de la vez que vi nadar una víbora en la pileta de un vecino y tuvimos que sacarla?

 

 

3.

Marcelito tenía anginas y estaba en la cama, Tati trataba de hacerle tomar la medicación sin éxito.

 

-¡Tati no quiero eso!, me cuesta tragarlo. Además es más feo que las aspirinetas.

-Lito, lindo mío, tenés que tomar la pastillita así te curás y te puedo llevar a Iguazú.

-¡Pero me cuesta, Tati!… ¿me vas a llevar a Iguazú? –Marcelo se apresuró en su queja, pero quedó enganchado de la noticia.

-Y… yo quiero…, pero no puedo llevar a la selva a un chico con anginas… si no te tomás la pastilla no te curás y en la selva de Iguazú hay que estar preparado para todo.

-Pero… pero… me cuesta tragarla, Tati –un aleteo de angustia en la voz de Marcelo dejó en claro que ya no era un capricho.

–Yo te voy a ayudar, Litito, te doy este jugo que te preparé, te pones las pastillita así en la boca – mientras decía esto Tati sacaba la lengua de manera graciosa y hacía el gesto de ponerse la pastilla en la lengua mientras hacía bizcos los ojos– y te tomás todo el vaso. Vas a ver que así es  más fácil.

 

El chico se tomó la medicación con un poco de dificultad. Al terminar el vaso tenía las comisuras de los labios teñidas del jugo.

 

–¿Me contás cosas de Iguazú? –Marcelo tenía una fascinación creciente por la tierra de donde provenía Ángela; que viviera rodeada de la selva le parecía fantástico.

–Bueno… como te tomaste la pastilla te voy a contar de la vez que un Yaguareté entró en la casa –la expresión de Tati pasó de la satisfacción al misterio, con el tiempo había aprendido a contar cuentos con una teatralidad que antes no tenía.

–¡No!, ¿qué es un shaguare… eso?

–El yaguareté es el tigre de la selva misionera, parecido al que viste en el zoológico, pero éste es invisible entre los árboles… –la pausa que hizo en su descripción fue proporcional a la cara de asombro del chico– nadie lo ve… hasta que ataca.

–¿Y te atacó Tati?

–No, es raro que lleguen al pueblo, pero esta vez que te digo hacía varias semanas de que no llovía y se ve que no había animales en la selva profunda. Mi hermano Víctor se despertó de noche porque había ruidos afuera, salió al corral y vio al yaguareté que estaba atacando a los chanchos.

 

Disparó el rifle pero no le dio, ahí fue cuando nos miró y abrió la boca llena de dientes y nos gruñó.

 

–¿Y estaba cerca? –la pregunta fue hecha entre el miedo y el asombro.

–Y… como de acá a la vereda, ahí Víctor disparó de vuelta con el rifle, y yo le tiré con un ladrillo, con piedra, con todo le tiré. Al final le dio en el cuerpo, y se fue.

 

Después nos tuvimos que ir a agarrar los chanchos que se habían escapado.

 

–¿De noche?, ¿y si estaba el bicho por ahí?

–Ese ya se había ido, no son tontos los animales, además había que recuperar a los chanchos porque vivíamos de eso en casa.

–¿Y no volvió más?

–No, se ve que se asustó de nosotros –Tati rió con casi todo su cuerpo–, al otro día pusimos un alambrado con electricidad. Esa fue la vez que vi un yaguareté en casa.

 

Bueno, ahora quedate jugando en la cama que voy a hacer la comida.

 

–Tati… ¿en serio me vas a llevar? –la pregunta fue más un ruego que otra cosa.

–Lito de mi corazón, te prometo que vamos a ir juntos y vamos a meternos en la selva, pero todavía no, mas adelante.

–Bueno, ¡ojalá veamos un yaguareté! –su emoción fue una campanada alegre.
–Ojalá que si Lito, ¡pero de lejos!

 

 

4.

En su vejez, Tati se quedó en Buenos Aires, sus achaques se habían empezado a sentir, y podía moverse sola por la ciudad cada vez menos.

 

–¿Pero por qué tenés que acompañarla vos, Marcelo? Si ella tiene hijos –Mónica no entendía, o mejor dicho no quería entender, el vínculo entre su hijo y Ángela.

–Porque mami, viven en Misiones y hace como tres años que ni llaman ya. Tati está sola, alguien la tiene que acompañar… –Marcelo tenía esa expresión que solo ponía cuando era inconmovible en su decisión– y voy a ser yo.

–Hijo, es una locura que corras así por una empleada –Mónica sabía que era lo que realmente pasaba, y secretamente celaba a “Tati”; los chistes internos, las historias compartidas con su hijo que ella no vivió. Mónica la quería a Ángela a su manera, pero odiaba compartir el amor de su hijo.

–Todo lo que hizo Tati por mí, lo hizo por mucho más que la plata. Lo que ella me dio jamás se lo voy a poder devolver. Esto es bastante poco en comparación. Así que no quiero escucharte más, la voy a llevar al médico yo.

 

 

5.

Años atrás, antes del geriátrico, los sábados por la tarde Marcelo iba a visitar a su familia, hacía tiempo que vivía solo, pero  ahora con sus padres jubilados, podía compartir la cena con ellos.

 

Llevaba siempre lo mismo: un vino para hablar con su papá de cómo lo había conseguido o se lo había recomendado algún amigo; unas flores para la madre y una barra de chocolate para Tati.

 

Compartían unos cuadraditos del chocolate antes de comer, mientras Marcelo le contaba lo que había hecho en la semana, ella escuchaba atenta y alegre las novedades de su Lito; el resto de la barra era de Tati para el postre.

 

Siempre hacían lo mismo, él contaba sus cosas, ella hablaba de lo que había escuchado en la radio, y la conversación terminaba con el imaginario proyecto de viajar a Iguazú juntos, a conocer las Cataratas. Hasta que una vez, hubo un cambio.

 

–Bueno, estuve averiguando y con suerte y algo de plata podríamos ir a Iguazú el verano que viene, ¿qué te parece Tati? –él siempre decía lo mismo, y ella aún sabiendo la verdad, siempre contestaba que iba a juntar de la jubilación y que iba a pagar todo sola, que lo invitaba.

–Lito mío, es mucho viaje, y estoy cansada ya… –el cambio en la contestación fue un cachetazo–, además vos tenés que ir con la chica esa, ver las cataratas de noche, con la luz de la luna. Yo ya estoy muy vieja para tanto caminar.

–Pero… Tati… ¿cómo no voy a ir con vos que lo venimos planeando hace tanto? –la verbalización de esa verdad por parte de Ángela fue algo profundo e inevitable.

 

 

Sonó el celular.

 

–Hola, ¿Marcelo? –la voz de la chica sonaba apremiada–, te habla Carolina del hogar donde está Ángela.

–¿Qué paso? –los nervios capturaron su cuerpo.

–Mirá, Ángela se descompensó y llamamos a la ambulancia para llevarla ya al hospital, vení para acá porque necesitan a un familiar para el traslado.

–¿Pero está muy mal?, ¿qué pasó?

–Está muy decaída y tiene la presión demasiado baja, tenés que venir ya.

–Sí, sí, ya salgo.

 

 

7.

Guardia. Una señora se queja con dolor rítmicamente. Un hombre se acerca a “INGRESOS” y dice que su hijita tiene cuarenta grados de fiebre.

 

–Tiene un tumor en el hígado y dos stent –dice un señor mientras señala a la mujer que se lamenta.

–¡Cuatro horas de espera! –Grita alguien del mostrador–. ¡TENEMOS LA GUARDIA COLAPSADA, EL QUE QUIERA PUEDE PROBAR EN OTRO HOSPITAL!

 

El mismo noticiero del geriátrico otra vez, también en silencio. Pareciera como si ese canal acompañara a la decadencia. Marcelo se da cuenta de esa coincidencia y decide sacar el canal del zapping de su televisor.

 

Mientras espera el diagnóstico de algún médico apático, recuerda noches de sábado con pizza casera y chocolate con maní de postre.

 

Que Tati fuera su otra mamá significaba eso.

 

Que él fuera el único “hijo” implicaba esto.

 

–¿Familiar de Ángela Miño? –dijo el médico.

–Yo soy el hijo –respondió Marcelo.

–La paciente ingresó con un cuadro de neumonía. Está con tratamiento antibiótico y respirador; es una paciente añosa, eso le juega en contra, dada la infección y la edad avanzada de su madre… –el médico hizo su ensayada pausa– el pronóstico es reservado.

 

No apague su celular por la noche, cuando llamamos le avisamos que venga; no damos diagnóstico por teléfono, ¿quedó claro?

 

 

8.

Se había tomado unos días del trabajo porque quería estar con ella.

 

“Es cierto que todos venimos y nos vamos solos”, pensó Marcelo. Y mientras miraba a Tati se sintió, no solo inútil, sino también indefenso. Inútil porque no podía hacer nada por ella, indefenso porque ¿quién cuidaría ahora sus recuerdos de infancia, quién sería ahora la memoria de su historia? Tati le relataba, aún hoy en su adultez, pequeños recuerdos de sus primeros días, sus primeras palabras y juegos. Ella era el testimonio viviente de muchas buenas cosas de su infancia.

 

Cuando Tati falleciera no quedaría nadie en su corazón que hubiera nacido antes suyo. Con la muerte de su madre hacía años, ella se había convertido en la guardiana de la historia de su vida.

Todos sus recuerdos dejarían de tener el acceso directo de ahora. Ninguna foto, ningún video reemplazaría la memoria emotiva que Tati lograba evocar.

 

Cuando partiera lo haría sola; él sabía esto, y lo único que pudo hacer fue tomarle la mano. Como si ese pequeño acto fuera al menos un mínimo acompañamiento hacia Lo Oscuro. Tati se iría sola, sí. Pero habría alguien a su lado tomándole la mano recordando su tiempo, su vida, sus sentimientos. Era lo único que podía hacer frente a la muerte, tomarle la mano a su otra madre y esperar allí, sentado.

 

El aire artificialmente cálido del lugar le daba cierto confort.

 

Era una tarde de martes. El sol entraba oblicuo por la ventana; se veían algunas partículas flotando en el aire como tranquilas.

 

Marcelo, tomando la mano de Tati, las veía flotar. Pensó si él sería capaz de amasar pizza.

 

Sus manos se pusieron frías.

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