Historias sin punto final
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#6 · Federico

Por Diego Arbit
Ph. Felipe Romero Beltran

Caminar por las calles de Villa Crespo era para mí el paraíso, mi evasión más grande fue y es caminar, volver a mi casa era un poco volver a la trinchera, donde los bombardeos eran más fuertes, y donde recibía la mayoría de mis heridas de guerra.

 

Estoy hablando de momentos que pasé entre los seis y los once años, donde mi vida como hijo se me hace más real, nadie me tiene que terminar de contar la imagen que guardo en mi cabeza, cada parte de mi historia, a partir de esa edad, que está guardada en mí, tiene la consistencia de una mente consiente, que razona, que tiene juicio, a pesar de la desesperación de saberme completamente sometido al mundo de los adultos, yo, en la primaria, en el infierno de guardapolvos, borradores y tizas, en ese mundo de blanco sobre negro, de vacío existencial, en ese lugar me siento con capacidad de hablar.

 

Bueh, callejeaba, no estaba en mi casa, o estaba lo menos que podía, trataba de ir a casas de amigos, de salir solo al Parque Centenario, que quedaba a pocas cuadras; cuando yo era chico salir solo, sin adultos, era más común. Trataba de invitar la menor cantidad de amigos a casa, la posta era ir a sus casas, me daba un poco de vergüenza que conocieran mi realidad. Así que podría decirse que recibía el eco de la educación de muchos padres, cada hijo repetía parte del discurso de sus viejos, la mayoría de las veces con torpeza, y con inocencia, y yo volvía a mi casa con una confusión importante, lo que la mayoría de mis compañeros pensaba era bastante distinto a lo que se hablaba en mi casa, hijo de judíos comunistas, viviendo en el mundo el final de la Guerra Fría, y en mi país el principio de la democracia.

 

Visité una familia perfecta con padres perfectos, en la casa del nene líder del grupo, Marcos, aunque recuerdo una rareza, me hicieron bañarme con mi compañero en la bañadera, los dos desnudos, me causó mucha impresión, no volví a ir a dormir a su casa, un par de años después ese nene murió, en un accidente, fue una pérdida importante, el grupo, mi grado, un poco enloqueció sin nuestro líder vivo, el grupo se dividió, se violentó mucho. Estaba también un amigo muy flaquito y tímido que tenía un perro salchicha, Lautaro, en la calle Thames, era uno de los que más se burlaban todos, a veces yo también, como si no se burlaran de mí, o estaba el que entró en sexto grado, Rodrigo, muy mentiroso, hijo único, con una madre psicópata que no nos dejaba tocar nada en la casa, el gangster, Andrés, que era el más alto de todos pero cuando se hizo adulto quedó petizo y empleado de una oficina en el microcentro, los que lo seguían que no hicieron nada interesante en sus vidas, y mis dos mejores amigos, Martín, que trabaja ahora en la industria porno, y Fernando, que trabajó bocha de años en una casa de sepelios, entre enterradores y cadáveres, mis dos amigos y yo éramos y somos oscuros, aunque ya no nos vemos. Pero quiero hablar sobre otra persona, ni me acuerdo el nombre de este chico, que llegó a mi rutina en mi quinto grado, voy a inventar el nombre, si llega a ser el real es casualidad, vamos a llamarlo, Federico. Federico vivía un tanto lejos de mi escuela, cerca de Agronomía, era extremadamente extrovertido, hablaba mucho en clase, tenía ojos muy saltones y claros, además, era repetidor, el primer repetidor que llegaba a nuestro grado. No lo supe enseguida, me lo contó él después  de charlar en un recreo. Eran unos meses donde yo estaba más marginado que de costumbre, iba poco a casa de mis mejores  amigos, Fernando y Martín se habían peleado conmigo, no recuerdo por qué, en mi casa estaba todo peor por esa época, así que mi soledad se unió a la soledad de Federico.  Federico era extremadamente correcto al hablar, más que un conversador, era un monologuista, hilaba una idea tras otra casi sin respiro, pero su forma de hablar era casi idéntica a la de mis maestras más copadas, más que con un amigo estaba con una maestra de primaria. A Federico le gustaba jugar con los juguetes de la hermana, la hermana tenía dos años menos, era rubia, y muy inteligente, él la envidiaba, envidiaba su color de pelo, envidiaba sus juguetes, sus amigos, y envidiaba que fuera nena, Federico quería ser una nena, de repente me lo estaba confesando, quería saber si me molestaba… Me sorprendí diciéndole que no, que me parecía bien, si a él le parecía bien, entonces me preguntó si podíamos jugar con las muñecas de su hermana… acepté jugar con muñequitos de animales, me sorprendió ver que se podía hacer algunas cosas divertidas con eso. El problema más grande que tuve con Federico fue por la religión, él decía que era judío practicante, y que su Dios se llamaba Jehová, aunque sus padres eran católicos, pero en mi familia creer en Dios era básicamente parecido a ser traidor a la patria. Cuando moríamos nos convertíamos en gusanos, no había más esperanza que ésa, y nos teníamos que conformar, eso decían mis viejos, cuando la revolución se hiciera tooodos íbamos a ser ateos, iguales, y en lo posible, soviéticos, eso no entraba en la cabeza de Federico, yo tenía que creer en Jehová. Después de tres veces de visitarlo no consiguió que jugara con muñecas pero sí que fuera judío practicante, o algo parecido, durante una semana recé algo que no tengo idea qué era, a algo que supuestamente era Jehová, que juro que casi tenía forma en mis ruegos, rezaba porque la tarea se hiciese sola, rezaba porque la chica de la que estaba enamorado gustase de mí, porque se muriera el gánster que ahora era el nuevo líder del grado, en fin, ninguno de mis ruegos se cumplían, y Federico decía que si eso pasaba era porque no rezaba bien, me preguntaba si le molestaba que se pintara los labios, no me importaba, si me quería pintar yo, y no, no quería.

 

Un día en casa mi vieja me vio rezando y me hizo un escándalo, cuando mis viejos se enojaban conmigo me hacían berrinches, los berrinches de los adultos son berrinches más trágicos, y más violentos que los de los nenes, se vuelven más sórdidos, los adultos no tienen gracia, ni siquiera saben berrinchear. Esa noche recé a Jehová para que me cambiaran los padres.

 

Mi vieja se dio cuenta que era más fácil dejar de comprarme figuritas de Robotech para que dejara de ser judío practicante que retarme, así que a los pocos días volví a ser ateo. Federico se enojó mucho, y yo dejé de hablarle, o él dejó de hablarme a mí. Por alguna razón que desconozco el que yo me peleara con Federico le dio la posibilidad a los gangsters del grado a atacarlo sin misericordia, ahora se me ocurre pensar que me veían como un protector, o algo parecido.

 

Una vez por semana buena parte del grupo nos íbamos a pasar la tarde al Parque Centenario, a Federico lo tiraron al pasto, lo llenaron de pasto, se rieron de él en forma histérica, cuando él me pidió ayuda le di la espalda, Federico se quedó solo.

 

Fui a jugar al fútbol, como siempre luego del pan y queso me eligieron entre los últimos. Sin embargo, esa tarde jugué muy bien. Metí cinco goles, tres a mi amigo Fernando, el último fue un zurdazo al ángulo inatajable, Fernando voló muy bien hacia la pelota pero no llegó. Esa tarde fui un poco el héroe del grupo, y Federico, Federico se había ido, solo, antes de que lo pasaran a buscar, llorando…

 

Todo el grado fue castigado, y Federico a las dos semanas se fue para siempre de nuestra escuela, hizo bien, fue el grupo humano más horrible con el que conviví.

 

Federico, o como se llamase en realidad, no quería ser nene, no quería ser católico, quería ser mujer, quería ser una señora judía, y practicante, su Dios se llamaba Jehová. Conviví tan poco al lado de ese chico, y sin embargo, en ese mundo confuso de la infancia, ese chico, que rechazó a todo lo que en su vida supuestamente estaba establecido, no lo puedo olvidar. Qué habrá sido de vos Federico, en qué andará tu vida, de chico eras muy especial, sabelo, ojalá nunca hayan conseguido domarte, ojalá…

 

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