Historias sin punto final
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#7 · Fuego

Por Lucrecia Álvarez
Ilustración Juan Ignacio Battilana

Mi padre siempre había dicho que mamá era una mujer de fuego. Después del accidente, después de esa noche negra que se devoró a mi familia, el fuego empezó a extinguirse hasta que prácticamente dejó de nombrarla. Mamá era hermosa, tenía el pelo lleno de rulos rojizos y unas piernas y unos brazos larguísimos, todo le quedaba bien. La abuela contaba que cuando pegó el estirón, la anotó en Danza para que mejorara la postura; parece que así incorporó ese gesto altivo que mantuvo hasta el último día. “Los hombros abiertos y el mentón bien arriba” me decía cada vez que estábamos por salir o cuando nos sacábamos fotos; le encantaban las dos cosas: salir y sacarse fotos.

 

Mamá tomaba y fumaba como un hombre, era un tema eso. Cuando llegaba del trabajo, entraba despacito a la habitación a darnos un beso a Joaquín y a mí. Ese aliento oscuro de tabaco y whisky todavía me despierta a la noche como un espejismo áspero que me revuelve el estómago y, sin embargo, es el aroma de un tiempo feliz. Esas noches me dormía con el rumor de las discusiones sobre el restaurant y la bebida, sobre la hora, sobre mi hermano y sobre mí.

 

Las peleas, los excesos de mamá y mi padre tratando de sofocarlo todo, esa fue la banda de sonido de mi familia mientras duró.

 

Después del accidente, él se volvió un hombre más pequeño todavía. La casa adonde ahora lo visito cada 21 de noviembre para su cumpleaños es el hogar al que nos mudamos entonces, cuando reconstruyó su vida con una nueva pareja. Un departamento pálido como esos días: las sábanas y las toallas blancas, las flores blancas, los muebles laqueados, el piso brillante y los perfumes secos. A veces sentía que me ahogaba en esa pecera de talco cimentada sobre la personalidad de Marisa, una mujer de voz apagada y uñas color marfil. Me agobiaba convivir con alguien tan diferente a mí; yo hablaba fuerte, calzaba tres números más, comía dos platos y dejaba pelos por donde pasaba, como un gato.

 

Un día me llamaron los dos al living. Sentados en el sillón, tomados de la mano, me preguntaron qué quería para mis 15. Habían pasado dos años del accidente.

 

–Me gustaría hacer fiesta.

–¿De verdad? ¿no preferís un viaje? –me dijo ella.

–No… ¿no puede ser fiesta?

 

Y no fue, me dijeron que era por la plata, pero yo sabía que era porque no querían invitar a la abuela. Marisa ya estaba embarazada, le dieron mi cuarto al bebé y remodelaron el estudio para hacer mi nueva habitación. Ese fue mi regalo, todo blanco.

 

Cada año atravieso la Provincia en tren para visitarlos como parte de un ritual que incluye el viaje; me preparo en esas horas. Ir a verlos es volver al tiempo en que me convertí en un intruso en la vida nueva de mi padre. La pista de un pasado inconcluso y un testigo de sus intentos posteriores. De esos intentos nació Celia. “Por suerte es una nena”, dijeron todos por lo bajo, pensando que así se presevaba intacto el recuerdo de mi hermano Joaquín. Él era el perfecto promedio entre mamá, mi padre y yo, la clave de Sol en la sinfonía de mi familia. Su dulzura era una referencia precisa para que los demás supiéramos hasta dónde llegar. Por él, terminaban las discusiones interminables entre mis padres. Creo que su ausencia fue lo que arrasó con nosotros, más que la de mamá.

 

Una vez, mientras cocinaban, mi padre le contó a Marisa que el dolor de morir quemado es mil veces mayor al que se siente al quemarse con el horno, por ejemplo.

 

–La agonía puede prolongarse hasta diez minutos –dijo.

 

Desde entonces intento provocarme un dolor que dure diez minutos, generalmente no llego, pero hay veces que no puedo parar.

 

Ese verano pasé las vacaciones en la casa de la abuela en Bahía Blanca. Cuando le pregunté por la muerte de Joaquín se le llenaron los ojos de rabia.

 

–Es imposible –dijo. El tanque explotó antes.

–¿Y mamá?

–Tu mamá manejaba sin cinturón de seguridad, ella salió despedida, no se quemó.

En esa época ya no se hablaba con mi padre. Él culpaba a mamá del accidente y la abuela lo culpaba a él de que mamá tomara.

 

Desde mi nuevo dormitorio se escuchaba todo. A veces los oía hacer el amor y quedarse hablando hasta la madrugada. Me incomodaba más la segunda parte; que hablara de mamá con ella; conmigo ni la nombraba. “Fue como un mal presagio”, escuché una vez y pegué la cara a la pared:

 

–Cuando me casé con ella pensé “esta mujer no sabe entregarse”, era dañina, tenía una seguridad superficial que podía destruir todo.

 

Después se oyó la voz diminuta de Marisa. Y al final él dijo:

 

–No era su belleza, era su desdén, esa mirada terracota incendiada. Nunca, ni en el cine, ni en la televisión, vi a nadie que se le pareciera. Hasta ahora, que Paula está creciendo. Hay días que no soporto mirarla.

 

Fue cuando llamé a la abuela. Me vino a buscar y me fui a a vivir con ella. No tuve que decirle a mi padre por qué me iba, no me preguntó tampoco. Si se sintió aliviado, debió haber sido como el alivio de que te arranquen una pierna que duele; más dolor, pero sin el objeto del dolor para culparlo.

 

Los primeros meses me llamaba por teléfono varias veces por semana, me preguntaba por el colegio, me contaba cómo iba creciendo Celia y me recordaba que mi habitación la habían dejado igual, para cuando fuera a visitarlos. De a poco esos intentos se fueron espaciando y quedaron las formalidades: los cumpleaños, los días del padre, las Navidades. Para el aniversario de mamá y Joaquín no nos llamábamos, no tocábamos ese tema nosotros.

 

La abuela me cuidó bien de su resentimiento; con ella podía hablar de mamá, de Joaquín y de mi padre, siempre en pasado. Hacerme huérfana fue el regalo más grande que pudo darme; mi padre también era para mí un miembro enfermo que necesitaba amputar.

 

Volví a verlo cuando terminé el secundario, vino con Marisa y con Celia y se quedaron en un hotel del centro. “Estás más alta “, fue lo primero que me dijo.

 

La nena era un ángel, me hacía acordar mucho a Joaquín, me emocionó verla. Esa noche fuimos a cenar los cuatro y sin mucho tacto le pedí a mi padre que me acompañara al cementerio, le dije que me gustaría que fuéramos los dos. Marisa le peinó la frente con una sonrisa compasiva.

 

–Les va a hacer bien, yo voy a aprovechar para recorrer un poco con Celia, va a estar lindo el día mañana.

 

Le hablé un rato del Centro histórico y del museo y de a poquito fuimos armando el plan. Antes de despedirnos quedamos en que yo iba a estar a las diez en la puerta del hotel.

 

No pude dormir esa noche, me fui temprano sin desayunar y llegué como quince minutos antes. Cuando doblé en la cuadra del hotel, lo ví esperándome en la puerta, parado, solo, con las manos en los bolsillos. Nos dimos un beso, le pregunté por Marisa y por la nena y subimos al auto. Hacía años que no estaba a solas con él. El silencio fue de piedra, creo que los dos estábamos pensando en ese otro auto que se llevó todo lo que nos unía. Por un momento sentí que mamá y Joaquín estaban sentados en el asiento de atrás con nosotros y casi pude escucharlos:

 

–Hablen…

 

Entonces mi papá se giró para mirarme, para volver a mirarme como antes, pero con la culpa del que sabe lo que tiene que hacer y ya asumió que no se va a animar. Un segundo duró esa mirada y fue tan inabarcable que le pedí que volviéramos:

 

–Vamos otro día.

 

La rutina de los llamados esporádicos y la visita en su cumpleaños se impuso otra vez. Tácitamente, como todo. Él nunca venía para el mío, la excusa implícita era la abuela, hasta que murió. Ese día viajaron con Marisa para acompañarme en el velorio. La pusieron en la bóveda de la familia, con mamá y con Joaquín y esa fue la primera vez que estuve ahí con mi padre.

 

–Me tendría que venir a vivir acá, ahora –le dije señalando un nicho que todavía no estaba ocupado.

–¿Por qué no volvés a casa? ­–no pude decirle por qué.

 

A la noche cuando me despierta el vaho de whisky y cigarrillo que me dejaba mamá cuando me besaba, casi puedo escuchar “Hablen…”. Pero a la mañana me levanto sola en la casa que me dejó mi abuela con la imagen de una mujer que mi padre no puede ver.

 

Faltan unos días para que cumpla 65 años, Marisa y Celia le están organizando una fiesta sorpresa en un salón y me pidieron que prepare unas palabras. Todavía no se me ocurrió ninguna.

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