Historias sin punto final
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#17 · Garrafita

Por Nicolás Garibaldi
Ph. Vega & Cazaux

Veía a su madre dormir en esa cama inmensa, destapada por el calor infernal.  Apenas vestida con una bombacha y una remera naranja parecía un pececito con un mundo marino a su disposición. El calor no lo dejaba dormir, ponía el ventilador turbo al mango y hablaba adelante para deformar la voz, después se aburría y se metía en la habitación de ella para observarla. No había nada que la despertara, solo el reloj biológico para ir a trabajar al día siguiente, eso lo divertía, arrastraba muebles, hacía sonidos de insectos, se paraba en la cama y saltaba como si fuera una cama elástica, no había caso. A menudo se preguntaba por qué había elegido una cama tan grande, si en algún momento había sido ocupada por alguien, un padre o algo por el estilo.

 

La pregunta por un padre era recurrente, la respuesta era diferente cada vez, a medida que crecía los datos se empantanaban, se volvían contradictorios, la huída, un accidente, una doble vida. A veces se quedaba solo e intentaba dar con algún objeto que lo orientara en su pesquisa. En todos esos intentos lo único que había encontrado era un libro con una dedicatoria firmada por JL, estaba marcado con una foto como señalador, la foto estaba quemada, el fotógrafo, ¿su madre?, la había sacado con el sol de frente, no le servía de mucho.

 

Regresaba de la escuela, con el guardapolvo desabrochado, la palabra guardapolvo le parecía hermosa (dícese de lugar donde se guarda el polvo), el objeto no, el objeto le desagradaba. Un indio vestido de negro y amarillo lo cruzó en una esquina, trató de esquivarlo y el indio se movió a la par, volviendo a cortarle el paso. Estaban a punto de chocarse, el indio le parecía enorme, “permiso”, le dijo el pequeño Ángel Davis al indio, el indio lo miró y le tiró un puñado de arena en los ojos, “la concha de tu madre”, dijo Ángel Davis con los ojos enardecidos, el indio había desaparecido.

 

A la noche Ángel Davis comió milanesas, ¿por qué hace tanto calor en marzo?, se preguntó, e intentó ensayar una respuesta con la mente, “seguro que con el calor que hace no me duermo”, no me duermo más quiso responder Ángel Davis pero no alcanzó a completar el pensamiento que ya estaba torrando como un bebé. Esa noche soñó cosas extrañas, soñó con una mujer que almacenaba el polvo de los muebles en una botella, y lo más importante: soñó con el indio que había visto más temprano en la calle que en voz baja, casi susurrada, como si solo tuviera una cuerda vocal le dijo, “sé quién es tu padre Ángel Davis”, “¿quién es mi padre?”, “soñarás con él mañana por la noche”, dijo el indio. Al día siguiente Ángel Davis soñó con José Luis “el Garrafa” Sánchez.

 

Lo primero que atinó a hacer fue verificar la información con su madre. Ella lo desmintió, aunque Ángel Davis notó que no pudo sostenerle la mirada, “¿entonces de quién es la dedicatoria de este libro?, ¿y quién es este tipo?”, respondió que era un amigo y que JL se correspondía con Juan Luis y no con José Luis, Ángel Davis entendió que le estaban mintiendo y que Juan Luis era un nombre improvisado, una sinapsis mental que su madre había hecho entre las iniciales y el nombre de su cantante preferido Juan Luis Guerra. Ángel Davis corroboró la hipótesis cuando su madre puso en el minicomponente sus grandes éxitos.

 

A esa altura estaba convencido de ser el hijo del Garrafa Sánchez, ¿debía hacerse un ADN?, no tenía idea ni siquiera por dónde empezar. Ángel Davis vivía en Laferrere y el Garrafa jugaba en Banfield, la distancia jugaba un factor clave, Ángel Davis nunca había salido de Matanza. Un vecino del barrio se deshizo de una parva de diarios, eran diarios sucios, manchados con carbón por haber estado cerca de la parrilla. Ángel Davis primereó a un cartonero y empezó a revolver, dio con la tapa de un suplemento del ascenso del diario Olé que titulaba “Error Garrafal”, la imagen era del Garrafa apoyado contra un palo, solo, lamentándose, con el ceño fruncido y las manos sobre su pelada, como si tratara de escarbar en la mente los motivos del error, el polaco Elizaga le había atajado el penal. Aunque la noticia era vieja odió al polaco Elizaga desde lo más hondo de su ser. Arrancó la tapa del suplemento, la dobló y se la guardó en el bolsillo, sintió que era el comienzo de un álbum familiar.

 

Atardecía pero la temperatura no bajaba, Ángel Davis se miraba al espejo y despotricaba contra el calentamiento global que le enseñaban en la escuela. Sentía las gotas de sudor repiquetear contra el suelo. Se miraba en el espejo y no se agradaba, ¿a quién se parecía más?, ¿a su madre, la vendedora de aspiradoras Mónica Davis, o a su padre, el futbolista de culto Garrafa Sánchez? “A mi madre”, se respondió, mientras se palpaba los cabellos enrulados. Ángel Davis se dirigió a la peluquería, lo recibió Roland, un joven de voz femenina que había hecho una pasantía en una academia francesa (otro peluquero francés había llegado a Laferrere en el periodo de intercambio), “¿cómo lo querés?, ¿dejamos larguito adelante y corto atrás?”, Ángel Davis sacó la tapa del bolsillo y señaló la imagen, “lo quiero así”, “¿estás seguro, chico?”, dijo Roland con acento sospechosamente centroamericano, “estoy seguro”, respondió Ángel Davis. Mientras cortaba los cabellos, Roland señalaba la similitud de su cabello con el de Mónica. Cuando terminó, un jubilado que esperaba su turno lamentando las malas jugadas del dominó de la tarde exclamó “¡garrafita!”, Ángel Davis infló el pecho y pagó los cinco pesos.

 

Ángel comenzó a contar en la escuela quien era su padre, “¿ah, sí?, y yo soy hijo no reconocido del doctor Khumalo”, le respondió el negro Caputo, socarrón. Ángel tenía un núcleo duro de amigos con el negro Caputo, el mulo Alfredo y Facundito. Con ellos ideó el plan de robar un cepillo de dientes de la residencia del Garrafa Sánchez en Banfield y cruzarlo con algún vello púbico propio. Se hicieron la rata y viajaron a Banfield en el Roca, el hombre de seguridad del club se conmovió al ver el corte de pelo de Ángel y los dejó pasar. Verlo entrenar los hizo delirar, la garrafa, el gas, lo gaseoso, gambetas burbujeantes, por momentos esquivaba a todos como si estuviera arriba de una moto, era más veloz que todos. No tenía pulmones, tenía dos tubos de GNC, iba al tranquito sin cansarse, pero nadie se la podía sacar. Cuando el entrenamiento terminaba los tres saludaron al Garrafa, que agradecido tomó una de las pelotas y la pateó suave por encima del alambrado para que cayera en las manos del mulo, Ángel la quiso para él, tironearon, pero el mulo prevaleció. Lo siguieron hasta la casa, quedaba a pocas cuadras del club, era una casa sencilla. No fue difícil entrar, Facundito era pequeño y se escurría, se metió por una ventana y a los dos minutos regresó con un cepillo de dientes. “¿Cómo sabes que es de él?”, preguntó Ángel, tenés razón dijo Facundito. Volvió a meterse para esta vez regresar con todos los cepillos de dientes que se le habían cruzado por el camino. Por la noche Garrafa se preguntaría por el pequeño atentado, alguien había robado todos los cepillos de dientes de su casa, ¿era motivo para llamar a la policía?, ¿se trataría de una conspiración para endosarle un doping positivo? Con el correr de los días lo olvidaría.

 

Los amigos se dirigieron a un laboratorio, tenían tres cepillos de dientes y un puñado de vellos púbicos de Ángel. Los atendió un hombre de lentes, les pidió una cifra en dólares que no podían pagar ni siquiera rematando todas las consolas de video juegos que tenían. Ángel Davis consiguió una changa a contraturno de la escuela en un taller mecánico, el dinero se acumulaba lentamente y las notas decrecían a altas velocidades. Mónica Davis le prohibió que continuara trabajando.

 

Para ese entonces, el entusiasmo de sus amigos había mermado. Ángel Davis comenzó a barajar posibilidades y decidió confiar en un adulto. Lo conversó con su profesor de biología. Le contó que Garrafa era su padre, que solo faltaba confirmarlo, que había estado ahorrando dinero pero lo que pedían en el laboratorio era demasiado, el profesor respiró hondo, hizo una mueca y le acarició la cabeza, “todo esto que me contás me moviliza mucho, ¿cuánto dinero juntaste?”, “400 pesos”, el profesor se rascó la pera y continuó “es un procedimiento difícil pero por esa plata puedo conseguir los químicos y hacer la prueba por mi cuenta”, Ángel saltó de contento y aceptó la propuesta. Al día siguiente le dio la plata y las muestras, el profesor las guardó en un sobre de papel madera y prometió tener los resultados para la semana siguiente.

 

El profesor lo llamó a Ángel durante el recreo y lo apartó en un rincón, “los resultados son incompatibles”, “¿eso qué significa?”, “que no es tu papá”, “gracias”, dijo Ángel y se retiró mientras el profesor balbuceaba algunas palabras, “no me importa, Garrafa es mi papá igual, los cepillos de dientes debían ser de otras personas”, pensó Ángel.

 

Mónica Davis entró en la casa y sintió olor a gas, Ángel había abierto la llave de gas y estaba abrazado a la garrafa amarilla, estaba inconsciente. Mónica cerró la llave de paso, abrió todas las puertas y ventanas de la casa, subió a Ángel al asiento del acompañante del 147 y lo llevó a la guardia. La médica le llevó tranquilidad, el chico estaba bien. Le recomendó que viera a alguna psicóloga, Mónica se reprochaba cosas a sí misma, pensaba que trabajaba demasiado y lo tenía descuidado pero no podía trabajar menos. Habló con el profesor de biología y le dijo que últimamente lo veía raro, pero que no tenía que preocuparse porque él podía ayudarla, le dio unas pastillas, le dijo que tenía que darle un cuartito con la comida, ella asintió, esa noche fornicaron.

 

Con el cuartito de pastilla por día Ángel Davis no era el mismo, a veces en plena clase un hilo de baba le subía y bajaba de la boca como un yo-yo, era una baba espesa, y en ese estado adormecido los compañeros le pegaban cartelitos insultantes en la espalda, el negro Caputo era el único que lo defendía y tuvo que surtir a más de uno. Los amigos se preocupaban por el estado de Ángel, sabían que estaba así por lo de Garrafa, y querían ayudarlo, buscaban artículos de hijos no reconocidos en la Encarta pero no aparecía nada, iban a cibercafés y ahí se repartían entre la pornografía y la búsqueda de apoyo a hijos no reconocidos. Un artículo llamó la atención de los jóvenes, un club de ayuda a hijos no reconocidos con sede en Tapiales.

 

Una tarde el negro, Mulo y Facundito subieron a Ángel a un colectivo y lo llevaron. Era un salón grande como una cancha de básquet y había una gran ronda de sillas blancas de plástico. Garrafita entró unos metros, esperó que sus amigos entraran con él, miró hacia atrás pero se habían quedado en la puerta, lo aplaudían, le daban ánimo desde lejos. Garrafita fue tomando confianza, empezó a hablar con gente. Conoció a las falsas hijas de Sandro y Perón, se sabían canciones y discursos de memoria, daba gusto verlas juntas, un niño de mechas largas y rubias jugueteaba por el salón, era el falso hijo de Claudio Paul, el hijo del hijo del viento, el nieto del viento, un hombre con un físico desmejorado y unos guantes de box hacía sombra a la nada, decía ser hijo de Monzón, el profesor de biología pedía la palabra, tomaba el micrófono y hablaba de la importancia del by-pass en la medicina argentina, Ángel sintió miedo, palpó sus bolsillos buscando pastillas pero era inútil, solo se las suministraba su madre, en cambio encontró un pedazo de papel, apelmazado, resquebrajado, roto y desteñido, era la tapa del suplemento de Olé, la había olvidado en el bolsillo y Mónica había metido el pantalón en el lavarropas.

 

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