Historias sin punto final
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#8 · Hiram Walker

Por Juan Duacastella
Ilustración Nadia Di Gennaro

Recuerdas el que vivía antes en el piso de arriba

y echó a su hija de casa y  se oían los gritos

y luego él tiró sus muñecas al patio

porque ella todavía conservaba sus muñecas

y allí estuvieron entre toda aquella basura y las miramos

que no se movían y ya no se oían los gritos

hasta que se hizo de noche

y luego el portero

debió de recogerlas a la mañana siguiente

 algunas sin brazos las estuvimos mirando

 toda la tarde mientras iban perdiendo forma

hasta que oscureció y no pudimos verlas

y luego cuando me desperté a medianoche

pensé «ya no queda nadie para vigilarlas».

 

(París sin el estereoscopio, Leopoldo María Panero)

 

 

Hay una historia que siempre me detiene cuando veo pasar los carros de bomberos.

 

Cuando era chico tenía un vecino que se llamaba Diego. Era algo así como un año mayor que yo y nos pasábamos las mañanas jugando en la vereda. Su padre era bombero en la destilería de Hiram Walker que quedaba cerca de casa. Era un laburo muy importante porque según Diego, la destilería trabajaba con bebidas y materiales que se prendían fuego de la nada. Así que tenían su propio cuartel de bomberos dentro de la planta, que además brindaba asistencia al resto de los vecinos cuando hiciera falta. La planta tenía ocho torres inmensas que se veían si salías hasta la esquina y mirabas en línea recta desde la casa de Diego. Las torres tenían letras gigantes que formaban el nombre de la fábrica. En primavera, el viento traía los aromas de la malta, el anís y la cebada que se utilizaban para producir las distintas bebidas, una sensación dulce e incómoda en la nariz que me alcanzaba cuando venía en bicicleta volviendo a casa.

 

Muchos años antes yo había pasado por una fase de temor al fuego. En mi memoria se me hace que empezó una noche que vimos Infierno en la Torre por canal 9, pero es posible que eso sea solo un rebusque dramático de los recuerdos, una asociación mental para encontrarle sentido narrativo a las cosas. Lo cierto es que tenía cuatro o cinco años y durante varias noches temí que mi casa se incendiara mientras dormíamos. Mis padres intentaron tranquilizarme de diversas maneras pero no lograron tener éxito hasta que mi padre inventó una solución final al tema: me dijo que iba a pintar la casa con una pintura a prueba de incendios. Y así lo hizo. El sábado siguiente, junto a mi tío Hugo pintaron la casa por fuera del mismo blanco que ya tenía, pero renovado. Antes de comenzar, agregaron a la mezcla el contenido de una lata misteriosa que mi tío sacó de adentro de su bolso con sigilo, con algo de clandestinidad, y cuando me acerqué para preguntarle me hizo una señal con el índice para que hiciera silencio, guiñando un ojo. La maniobra tuvo éxito por partida doble: nunca más tuve miedo a los incendios, y mi casa jamás se prendió fuego.

 

Fue Diego el que me dijo algunos años después que lo de la pintura era mentira. Recuerdo que me sentí avergonzado por haberlo dicho, como si hubiera quedado en evidencia mi ingenuidad frente a un pibe más grande. Yo tenía en ese entonces nueve años, y su año de más era una ventaja que siempre me hacía pagar. Me tocaban los peores roles en los juegos que hacíamos, me hacía trampa o doblaba las reglas cuando competíamos, ganaba la mayoría de las bolitas y me ponía al arco mucho más tiempo del que correspondía.

 

Como íbamos a la misma escuela viajábamos juntos en el colectivo, primero con la madre de alguno de los dos, cuando se turnaban para llevarnos, y más adelante con mi hermana mayor que tenía trece y le encantaba asumir con brazo de hierro la responsabilidad de cuidarnos. El viaje de ida era bastante tranquilo porque íbamos sentados y mi hermana nos vigilaba de cerca, pero a la vuelta el colectivo llegaba siempre repleto de gente que venía de San Miguel, y a duras penas podíamos conseguir un asiento. Con Diego nos metíamos entre la gente lo más al fondo posible, empujando a todos con las mochilas, para alejarnos un poco de la mirada de mi hermana y  poder hablar sin que ella nos escuchara. Diego siempre se mandaba alguna cagada. Le gritaba a la gente por la calle, tiraba papeles con una gomita que disparaba fuertísimo, escupía… Una vez vació mi frasco de la germinación del poroto que estaba medio podrido en el suelo del colectivo, provocando que el chofer intentara bajarnos estando aún lejísimos de casa. Otra vez intentó escribir su nombre con un encendedor en el techo, pero no llegó ni hasta la E porque los pasajeros se lo impidieron.

 

Yo siempre caía como cómplice y recibía el mismo reproche que él. Pero Diego nunca decía nada, se quedaba callado escuchando el reto como si oyera llover. Tampoco decía nada que me protegiera. Simplemente esperaba que termine el reto, que la situación se extinga por sí sola y ya. Esto desconcertaba un poco a los adultos, que no sabían si enojarse más, al tiempo que iban perdiendo potencia en la furia, y terminaban retirándose confundidos, sin saber si ganaron o perdieron. A mí me daba bronca, pero en secreto admiraba esa sangre fría y el temple desafiante con que Diego los enfrentaba.

 

Para esa época el padre de Diego llevaba meses sin aparecer. Nunca pregunté cómo ni por qué, simplemente fui obteniendo esa información de distintas conversaciones que iba escuchando, atando los cabos como podía. El padre de Diego se había ido un día, después de muchas peleas, y nunca más lo habían visto. Nunca lo charlé con nadie, ni siquiera con Diego. Eran esas cosas que en el barrio uno terminaba por saber.

 

Sí recuerdo las peleas, o mejor dicho: los gritos. En la casa de Diego se gritaba mucho, sobre todo por las noches. Mi análisis de esa situación era pobre y ajustado a la conveniencia de mi edad. Sabía que el padre de Diego era bravísimo para los retos y que convenía no romperle las pelotas. En su casa nunca hacíamos el mismo quilombo que en la mía y todo se cortaba con un comentario de su padre. En general pasábamos mucho más tiempo en mi casa. Recuerdo especialmente una noche en que los gritos duraron varias horas y en medio del barullo algo rompió una ventana. Yo me asomé desde el cuarto y pude ver la estación de servicio que usábamos con Diego para jugar con los autitos destrozada en el patio, entre los vidrios rotos de la ventana que había atravesado. A mí me encantaba esa estación de servicio.

 

Para su cumpleaños siguiente Diego recibió una estación nueva, varios casetes y una pelota de cuero que te dejaba picar solo en el césped, pero su padre no apareció. Sin embargo el cumpleaños estuvo bueno, había algunos chicos mayores de la escuela y jugamos al fútbol, Diego pareció pasarla bien. Todavía me acuerdo la fecha; era un 17 de septiembre.  Al año siguiente Diego se cambió de escuela y dejé de verlo tan seguido. Con el tiempo dejamos de ser amigos y solo nos hacíamos un ademán de cabeza cuando nos cruzábamos. ana que haboches. Mi analtra.

azaba por estar a tono con los grandes. Diego parecios de la ventana que haboches. Mi analtra.

a

 

La semana posterior a ese cumpleaños volvíamos de la escuela en el colectivo, cuando llegando a la plaza el tránsito se detuvo. Como no podíamos ver hacia adelante, nos apretamos contra las ventanas del costado para saber qué onda, pero lo único que veíamos era gente mirando hacia donde nosotros no alcanzábamos a ver. Así que estuvimos unos largos minutos sin saber hasta que vimos a un hombre que venía caminando entre los coches detenidos, por la mitad de la calle,  avanzando hasta la ventanilla del conductor y haciéndole señas. Diego sacó la cabeza por la ventana para oír, parado en un asiento, sin importarle las quejas de la señora que estaba sentada previamente en el lugar. Lo recuerdo muy bien. Escuchó la charla y después miró hacia delante un rato largo, achinando los ojos. Cuando al fin metió la cabeza me miró y me dijo: hay un incendio adelante.

 

Entonces escuché las sirenas y sentí el humo y todo formó imagen en mi mente. Mi hermana se acercó con gesto tranquilizador, había estado escuchando lo que hablaban adelante y suponía que ya pronto íbamos a avanzar. Pero Diego estaba en otro lugar y yo me di cuenta. Tenía la mirada vacía de los retos, los ojos que miran sin ver, parado entre un apretuje de gente mayor y alta que discutía sobre el incendio sin prestarle atención a la epifanía que (ahora me doy cuenta) estaba viviendo un chico de once años.

 

Ese día volvimos caminando a casa porque el colectivo no pudo seguir y Diego vino en silencio todo el viaje. Era un trecho largo y llegamos a casa mucho más tarde de lo habitual, por lo que mi madre nos estaba esperando en la esquina, preocupada.

 

Al día siguiente Diego no salió a jugar a la mañana ni tampoco fue a la escuela.  Tampoco era algo tan llamativo así que no me hice mucho problema, pero recuerdo que a la tarde, volviendo de hacer algunas compras, me pareció verlo entrando a su casa por el garaje. Lo llamé pero no me escuchó. Estábamos lejos.

 

Dos noches después se produjo el incendio.

 

Mi padre me despertó de un sacudón, con ademán firme y me dijo: ponete las zapatillas y seguime. Le hice caso y salí detrás de él. El humo se me hizo patente apenas salimos al pasillo. Mi madre ya estaba allí, con mi hermana mayor de la mano.  Vamos, se dijeron, y salimos a la calle.

 

Afuera ardía la casa de Diego y toda la cuadra estaba en la vereda mirando. De fondo sonaba la sirena de la destilería, llamando a los voluntarios. Busqué a Diego con la mirada pero no lo vi. Estaban su madre y su hermano menor sentados en la esquina, pero Diego no aparecía por ningún lado. El humo era mucho más negro de lo que me había esperado y me hacía toser, me dificultaba la vista, era un humo sucio y pegajoso que hacía llorar los ojos. Caminando entre la gente escuché algunas conversaciones: se prendió fuego la estufa del garaje, decía el tipo de la remisería de en frente. ¿Dónde están los bomberos?, preguntaba otro que no reconocí.

 

De pronto hubo un estallido y todos retrocedimos unos pasos. Mi viejo trató de agarrarme pero me zafé y seguí buscando a Diego entre la gente. ¿Dónde estaba?

Los carros de bomberos aceleraron por la calle Rivas y se amucharon en la esquina. Eran unos carros espléndidos, rojos y brillantes, con los bordes dorados y la pintura lustrosa. Los carros más lindos que había visto en mi vida. Yo me quedé maravillado unos segundos, viendo bajar a los tipos del carro, tranquilos, con seriedad, apoyando prolijamente sus herramientas alineadas en el pasto. Y entonces entendí.

 

Corrí hasta la esquina que estaba en diagonal a la casa de Diego y me paré debajo del árbol, tratando de ver hacia arriba. Distinguí las zapatillas que se movían entre las ramas y me lancé hacia arriba para llegar adonde estaba mi amigo. Estaba oscuro pero trepé con decisión y cuando me di cuenta estaba más alto de lo que jamás había llegado. El follaje se abría y desde mi lugar pude ver el garaje en llamas, separado por el patio de la casa de mi vecino que todavía estaba intacta. Lo miré a Diego que estaba unas ramas por encima pero no pareció darse cuenta de mi presencia.

 

Cuando me estiré para tocarle la pierna, se dio vuelta y me hizo una señal con el índice para que hiciera silencio.

 

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