Historias sin punto final
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#11 · La bicicleta, el volcán y lo que vino después

Por Tito Villar
Ilustración Rodrigo Cardama

Esa tarde fuimos a andar en bici, y nos pegamos el palo de nuestras vidas. El plan, que para mí era monumental, era dar la vuelta a la manzana. Yo tendría entre cuatro y seis años; aceptaba el concepto de Dios, como entendía que el mundo habitable eran las cuatro cuadras que separaban mi casa del colegio, y papá era lo más cercano a una deidad en mi campo de conocimiento. Era alto, enorme, sobre sus hombros había un punto panorámico para mi exclusividad; era fuerte, invencible, en la pileta de mi tío me arrojaba de punta a punta, y hasta el día de hoy es lo más parecido que he sentido a volar; y era inteligente, infalible, arreglaba todo lo que se rompía, bastaba con llevarle el objeto dañado hasta su mesa de luz balbuceando –se piopió-, y él lo reparaba.

 

El primer golpe que me dio el mundo, literal, lo enfrentamos con mi viejo. Los años se ocuparon de darle a lo físico su capacidad de metáfora, de significar el día que estrellamos nuestras cabezas contra el asfalto. Otros hitos, como el volcán ficticio o la vez que casi pierdo un ojo, también formaron nuestra relación, pero el inició fue la bicicleta.

 

Mi aprendizaje aun no comprendía el funcionamiento de los pedales, por lo que papá me llevaba en el caño del cuadro mientras yo me aferraba al manubrio. Nuestra calle era Paraguay, pero todavía no conocía su paralela, sabía que se llama Arco Iris, y que sobre ella vivía un gestor. Ya ni sé lo que pude haber imaginado sobre la calle de sugerente nombre fantástico y sus habitantes de oficios extraños, pero conservo una sensación inmutable de asombro: llenar los espacios en blanco de mi geografía con espacios reales me emociona hasta el día de hoy. No recuerdo el modelo y color de la bici, pero si las ruedas, finísimas, como las de competición que usa el agotado personaje de Las Trillizas de Belleville. De alguna manera el recorrido, que debe haber durado tres minutos, se me imprimió como si hubiera sido un road trip; aunque nunca llegamos a destino. Cuando doblamos en la primera esquina el mundo, que ya de por sí venía rápido, pegándome con el viento en la cara, creció hasta las tres cuadras que alcanzaba a ver; en esa misma esquina, años después, se construiría un supuesto volcán. Papá aprovechó mi entusiasmo por la película Volcano, esa donde Tommy Lee Jones salva a Los Angeles de un volcán imposible que emerge desde el centro de la ciudad, y mintió sin descaro. Cuando empecé a llorar por nuestra muerte inminente bajo las cenizas, me tranquilizó, me dijo que era chiste, que los volcanes vivían muy lejos de nosotros. Ese fue el primer golpe unilateral de nuestra relación. Con los años se lo devolvería, y viceversa; pero, hilando fino, el primero en poner el palo en la rueda fui yo.

 

Jugaba con el pie derecho sobre los rayos delanteros, desoyendo los avisos de papá. La alpargata, con su frágil contenido, se trabó en la rueda y la bici dio un vuelco de 180 grados. A través de los años he ido reinventado ese accidente, hasta transformarlo en una escena épica en cámara lenta, de esas que inauguraron los Wachowski en los ‘90 con Matrix. De inmediato después de sentir un dolor punzante en el pie: papá, la bici y yo quedamos suspendidos en el aire sobre el asfalto, siempre a punto de caer. El golpe seco, cruel. Él se lastimó la cabeza y quedó inconsciente unos minutos, creo que yo también.

 

Seguro en su momento pensé que perdía el pie, que la velocidad de la rueda me lo amputaría, y yo había corrido ese riesgo; como la vez que jugando con papá casi pierdo un ojo. Él giraba sobre su centro, y  con la fuerza centrífuga, o centrípeta, como prefieran los físicos, me tiraba hacía la seguridad de la cama; el juego, por pura insistencia infantil, se acababa cuando yo me cansaba. Ninguno contaba con que la puntería fallara, y que mi cara fuera a parar contra una de las puntas de madera de la cama. Me pegó el corte con La Gotita, herramienta infalible de mi viejo, y solo conservo una mínima cicatriz cada vez más estirada. Papá hace, no dice, para comunicar lo que siente. Cuando mi abuelo enfermó, los hijos aun no nacíamos, lo llevó a vivir con él; lo cuidó, lo bañó, lo arropó, y un día que volvía de comprar remedios todo había terminado. La lealtad que tiene suele agarrarme con la guardia baja. El día del accidente, cuando volvió en sí, me cargó la media cuadra que faltaba hasta casa y se aseguró de que el pié estaba donde tenía que estar.

 

Un vecino pasó y nos vio tirados en la calle, papá estaba sobre mí; en un rapto empalagoso puedo decir que me protegía hasta desmayado. Sé que ese día fue un poco más mi viejo, más mortal, menos dios y más humano; fue el comienzo de un proceso muy lento que después se acentuaría en la adolescencia. La humanidad no le quita respeto, palabra importante para él, sino que lo vuelve vulnerable, como a todos. Esa vulnerabilidad es el ring que nos convoca, donde tiramos golpes con los ojos cerrados y solemos terminar en un abrazo efímero pero afectuoso, y cuando el otro no nos ve nos encerramos a llorar.

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