Historias sin punto final
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#4 · La extraña vida de las llamas

Por Lucila Rolón 
Ilustración Omar Isse

–¿Te sirvo más?

–Bueno, gracias.

–¿Con hielo?

–No, está bien así.

–¿En qué estás pensando?

–En nada, estoy escuchando el relato de Susy.

–¿Otra vez eso de cuando era chiquita y llamaba por teléfono a la revista de Fabio Zerpa para decir que veía cosas extrañas en el cielo?

–Creo que sí, pero me gusta cómo lo cuenta.

–¡Pero ya sabemos el final!

–A mí no me importa, me gusta cómo lo cuenta.

–Sos rara prima, eh.

–Vos también.

–¡Llegó Lito! ¡Hola Litoooooooooooooooooooooo!

 

Un día no vamos a entrar en este galpón, de tantos que somos. Me pregunto dónde nos vamos a juntar a festejar cumpleaños y Navidad y Año Nuevo cuando los hijos de todos crezcan y tengan más hijos y no se hayan muerto familiares para que haya sillas vacías. Tal vez eso quería decir la abuela cuando repetía, cada dos por tres, donde comen diez comen 27.

 

Tenía ganas de venir, siempre tengo ganas de venir a estos festejos aunque estemos tan lejos de casa. Cada vez que vengo me preparo para una sorpresa que nunca llega, como si me convirtiera en la nena que fui apenas cruzo la galería de enredaderas que permanece tupida desde que la plantaron los dueños de estas tierras. ¿Cuándo? ¿En 1920? Alguien de la familia debería chequear alguna vez si es cierto todo lo que el abuelo dijo sobre la historia de nuestra tribu. Que había chanchos atados a los alambres de los terrenos que hoy son dúplex y tienditas de decoración. Que fuimos guerreros y hasta tenemos un escudo y un himno para tomar coraje a los gritos antes de salir a dar batalla. Miro a mi hermana, sonrisa brillante, sus rulos suaves y dorados como la cerveza que se está tomando Lito ahora y no me la imagino repartiendo palazos en los campos verdes de Francia. Aunque, cuando éramos chicas me dio algún sopapo y recuerdo que eran poderosos; siempre me sorprendió su talento para la violencia siendo tan menudita. Como si pudiera concentrar la ira de Dios en sus manos y soltarla después con la destreza de un mago y la eficacia de una topadora. Ahora la rodean sus tres hijos para pedirle Coca mientras ella acuna al cuarto, de cuatro meses, entre sus brazos cortos y musculosos. Hace un rato dijo, mientras sacudía una mamadera de leche en polvo, que no duerme hace dos semanas. Mientras me sirvo más vino pienso que es esa su batalla: doctrina sin armas en nombre del amor. Mi cuñado está agitando el fuego afuera, lo escucho reírse cuando mi papá le alcanza la sal gruesa para echarle a la carne. ¿De qué estarán hablando? Probablemente estén cargando a alguno. Esta vez, por suerte, creo que no se trata de mí. Ya me preguntaron por mi divorcio, por mi trabajo, por mi futuro viaje de estudios y por mi “nuevo look”, el pelo tan corto que llevo así hace ya dos años. Cada vez que me preguntan por mi pelo invento una respuesta distinta, es una manera de resucitar la anécdota. Por ahora, diría que funciona. Al menos, para los mayores de la familia; mis primos, ya cuarentones, ponen cara de “otra vez la misma pregunta” cada vez que alguna tía me toca la cabeza con extrañeza y cierta fascinación. Lo bueno de que seamos tantos es que el murmullo crece en un orden natural, hermoso y lógico, como un refugio de montaña.

 

–¡Contá cuando Huguito metió la cabeza entre los barrotes de las escaleras y tuvimos que llamar a los bomberos para sacarlo! ¿Me pasás el pan, prima? ¿Mateo, te gusta primer grado, al final?

 

Mi mamá da vueltas alrededor de la mesa acariciando parientes. La veo desplazarse como una mariposa de una sola ala y siento que solo yo sé cómo se siente. Cómo decirlo: mi mamá y yo nos encontramos mejor en la oscuridad. Durante años nos hablamos sin palabras. Podíamos desatendernos en la opresión de un monoambiente alquilado pero la conexión entre nosotras siempre fue más fuerte que la adolescencia. Ahí estuvo siempre para mí, como un río turbio pero brillante donde limpiarme las dudas. Ahí estuve siempre yo esperando que llegue con el abrazo hidroespacial que todavía me da sin saberlo a conciencia. Cuando yo tenía diez años mi mamá formaba parte de un grupo de personas que se juntaba a meditar. No me explicaba bien de qué se trataba el asunto, pero siempre volvía a casa relajada, con una mirada que parecía soñar. Para mí era un misterio, algo simple y alucinante en esos años de hastío pegajoso; la luz itinerante de una lamparita floja, la posibilidad de una revancha en otra dimensión. Me río ahora que la observo hablando a los gritos y repitiendo comentarios: desde que la atropelló el colectivo, se la pasa repitiendo cosas porque quedó herida justo en la parte del cerebro que regula su memoria a corto plazo. No retiene datos nuevos ni personas nuevas en su vida y, generalmente, cambia el orden de los hechos. Por ejemplo, que yo nací antes que mi hermana y no al revés, como efectivamente pasó. Mi hermana me lleva cinco años. ¿No es extraño que no pueda recordar a cuál de las dos tuvo primero en sus entrañas? De cualquier modo, acá estamos, capaces de disfrutarla sin corregirla porque lo cierto es que, además de repetir comentarios, mi mamá ahora es una persona alegre. Es graciosa en su manera de mezclar datos y, cuando no los recuerda, los inventa entre risas. Como cuando contó que el médico de la terapia intensiva le pidió mi teléfono antes de que le dieran el alta y, en realidad, fui yo quien le pidió a ella que, amparada en la impunidad que dan las desgracias, le saque el número al neurólogo para mí. Nunca tiene sentido que me detenga a aclarar que era un chiste, aún no me había divorciado. La familia celebra su accidente como si nos hubiera devuelto la mejor versión de una mujer cansada.

 

Por suerte, todavía no llegó el momento de que despliegue su stand up de la internación: la costumbre familiar de contar anécdotas conocidas por todos, una y otra vez, todavía no la alcanza. Y espero que esta noche nunca le llegue el turno porque, siempre que le toca a ella, un arrebato de vértigo me muerde los talones y sube filoso e imparable como un tornado americano hasta mi sien. Hay cosas que las familias no deberían debatir nunca: todos atesoramos momentos envasados de tal manera que se acomodan a la perfección en el placard del alma de cada uno, ¿para qué desafiar recuerdos? ¿Por qué mi tío no se sienta siempre en el mismo lugar?

 

–¿Qué hace la tele prendida? ¿La dejaste por los chicos, Laura? ¿Te acordás cuando te colgaste de la tele para abrazar a ese muñeco, de ese programa, cómo se llamaba? ¡China! ¿Cómo se llamaba ese programa de mierda que veía Laurita cuando se tiró el televisor encima? ¿Cinco puntos te dieron, Lauri?

 

Laura se corre el flequillo y, una vez más, muestra la cicatriz que la catapultó como el integrante más desquiciado de la tribu. Me pregunto cómo no se le fue después de treinta años. La veo de pie, en la cabecera de esta mesa larga, atajando cargadas en medio de un alboroto de charlas cruzadas y la imagino en una mesa similar, al frente de una decena de señores trajeados a quienes les ordena qué hacer para que la empresa que comanda gane el triple este semestre. Cruzamos miradas cómplices ahora, mientras me tomo lo que queda de vino en este vaso de plástico; me sirvo más, siempre fui fan de Laura.

 

Ahí viene la comida; mi cuñado, en su metro noventa, atraviesa la puerta del galpón pero tropieza con el zócalo de la entrada y la bandeja de asado tambalea en sus manos como una bailarina borracha; mis sobrinos aplauden a los gritos mientras la apoya sobre la mesa antes de que pase lo peor. ¡Despabilate, pibe!, le grita alguien. Mi mamá se acerca para asistirlo pero él no la registra, por eso, casi le da un codazo en la cabeza cuando gira para volver a salir. Mi corazón se detiene. ¡Mamá! Como si estuviera ensayado, todos hacemos silencio: un golpe así es una amenaza para ella, podría desconectarla de esta realidad en segundos. Siento que el mundo deja de girar cuando mi papá se para y su silla cae al suelo; mi mamá mira para todos lados, desorientada, como esos perros que perciben el peligro pero no escapan. Suelto el vaso por inercia y el vino cae sobre mis pantalones. ¡No pasa nada!, grita mi hermana y no tiene mejor idea que volver el tiempo atrás:

 

–¡Mami, ya estuviste inconsciente una vez! ¡Dos ya es abuso, no va a pasar!

 

Mis primos se ríen, mis sobrinos salen de sus poses de estatua y mi tío, nervioso, improvisa chistes que no alcanzo a escuchar. Golpea un cuchillo contra un plato pidiendo la palabra. ¿Qué va a decir?

 

–¡Inés, contanos de nuevo cuando te despertaste, cuando volviste a la Tierra! ¿Qué es eso que repetías sin parar?

 

No. ¡Por favor, no! Me transpiran las manos. El galón está en silencio. Todos conocen la anécdota pero solo yo sé cuál es la verdad y no quiero recordarla. No quiero volver el tiempo atrás porque el tiempo no existe cuando estamos vivos y ¿cómo les explico? ¿Cómo les digo que yo quise ayudarla? ¡Que la estaba salvando!

 

–¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?

–¡Tres meses, Inés!

–Ah, tres meses. Bueno, un día me desperté y estaban todos alrededor mío. ¿Vos estabas Oscar? ¿Noemí, vos estabas ahí?

–Sí, estábamos todos.

 

No puedo seguir escuchando. Están equivocados, nadie sabe lo que realmente pasó. ¿Por qué estamos hablando de esto ahora? ¡Pasaron diez años! Me siento atrapada, no encuentro excusas para mantener mi indiferencia. Estoy agitada, siento que caigo por la manga de un avión en llamas.

 

–Me acuerdo que me sacudía yo, para adelante y para atrás, y que todos me abrazaban, me pedían que me calmara… ¡Tenían unas caras! ¿Vos llorabas Noemí?

 

Mi mamá está hablando contenta. Nada suena a tragedia, mis sobrinos la escuchan con los brazos enroscados entre sus piernas como si estuviera soltando un cuento fantástico. Mis tíos no paran de servirse asado, no sé si pararme y correr hasta el baño; no sé si conviene interrumpirlos. ¡Deseo que alguien me salve! Mi hermana sacude otra mamadera de leche en polvo, la familia entera espera el desenlace de la única anécdota que jamás se contó en familia más de una vez.

 

–¡Fue terrible! ¿Te acordás, Raúl?

 

Es mi tía quien interrumpe, por suerte, lo hace sin gusto a drama, pretende darle más gracia a la historia mientras yo dejo de sentir mis piernas. Estoy temblando y no hay más vino en mi vaso.

 

–Te despertaste de la nada, Inés, hablando incoherencias después de tres meses, repitiendo una frase como si la hubieras estudiado.

 

¡No la había estudiado! ¡Quise ayudarla! ¿Por qué es tan difícil? ¿Qué hicieron ustedes, acaso, para traerla de vuelta? Me duele el estómago, ¿de qué estamos hablando? ¿Quién va a ayudarme ahora si nadie sabe la verdad? Jamás lo dije, jamás le conté a nadie lo que pasó esa noche.

 

Mi papá, mi hermana y yo estábamos divididos por tunos y, por los horarios de mi trabajo, me tocaba dormir con ella en el hospital. La recuerdo tan dócil estirada sobre la cama de hierro oxidado. Las sábanas pulcras y duras cubriéndola hasta el pecho. Estaba inconsciente pero parecía que dormía una siesta cálida sobre el pasto de un bosque infinito. ¡No parecía el fin de nada! ¿Cómo puedo hablar con vos, mamá? ¿Cómo seguimos en contacto ahora?, me la pasaba pensando. Quien tiene un cuerpo apto para muchas cosas, tiene un alma cuya mayor parte es eterna, había leído en uno de los tantos libros que estudiaba esos días. Mi mamá no es solamente este cúmulo de músculos en descanso, pensaba sin parar; tiene que haber otro canal, otra manera de amarnos más allá de las caricias y de los sonidos.

 

–¿Fue cuando empezaste a repetir números, tía?

–¡No, eso fue después! ¿Te acordás que fuimos a jugarlos a la Quiniela, Huguito? Contales, Inés, ¿te acordás cómo fue cuando volviste?

 

Había una silla vieja junto a su cama, ahí me quedaba yo, estoica, custodiándola como un ángel caído que pagaba una condena nocturna. Para pasar las horas, me llevaba libros; siempre tengo un libro en la cartera y, por aquellos años, todos eran sobre esoterismo: meditación, telepatía, fotones, prana y la glándula pineal. Quería encontrarla en algún lado más allá de la razón y esa noche me decidí a hacerlo. Repasé lo que había subrayado en diferentes colores antes de cerrar los ojos, me saqué los zapatos y empecé a respirar lentamente. Aspiré bocanadas de aire como si me tragara el miedo hasta que, de a poco, dejé de dominar mis pensamientos. Después dejé de sentir mi cuerpo hasta vaciarme. Liviana como la fe me sentí viva. Y empecé a soltar palabras: “Mamá, ya pasó. Estás entera surcando la siesta que jamás te diste. Terminala cuando quieras, mami, y volvé. Los médicos ya hicieron todo y te estamos esperando, ahora depende de vos. ¿Me escuchás, mamá? ¿Algo de vos puede recibir esto que tengo para decirte? Ya pasó, mamá, estás bien. Si te vieras descansar con la paz de quien se sabe victoriosa… Depende de vos, mami. Cuando quieras podés volver, de verdad, mamí, depende de vos”.

 

Abrí los ojos y todo en la habitación estaba como cuando los había cerrado. El hospital volvió a ser nuestra casa y yo me dormí en la silla como si hubiera terminado una película difícil.

 

–Te despertaste de repente, Inés, te sentaste en la cama de golpe y empezaste a repetir sin parar, como si fuera un mantra: Depende de mí, depende de vos, depende de mí, depende de vos. ¿Te acordás Raúl?

–¡Sí, tía, qué cagazo! ¿Te acordás?

–Papá te abrazó para calmarte, nos pusimos muy nerviosos porque no queríamos que te sintieras presionada. ¡Depende de mí, decías! ¡Como si hubiera sido tu culpa!

–Noemí se puso a llorar del susto, ¿se acuerdan que te gritaba? “No, hermanita, pobrecita, no pasa nada ¡no depende de vos, no hiciste nada! ¡No sabíamos cómo calmarla a ella, al final! ¿Se acuerdan? ¡Y vos seguías repitiendo eso sin parar, tía! ¡Qué locura! Parecía una joda después de tantos meses! ¡Vos prima, estabas pálida en esa silla! ¡Qué locura!

–¡No me acordaba que dije todo eso! ¡Andá a saber de dónde los saqué!

–¡Se te cruzaron los cables, Inés! ¡Pero volviste mejor que nunca, al final! ¡Brindemos!

–¡Aguante la tía Inés!

–¡Bien abuela! ¿Querés que te haga un dibujito?

–¡Cuidado con la abuela, Mateo! ¡Despacito!

–¡Laura apagá esa tele de mierda, por el amor de Dios!

 

Se están pasando la bandeja de asado, pinchan los pedazos de carne mientras se ríen de la anécdota; mi cuñado tuerce los ojos como un loco y repite Depende de mí, depende de vos, depende de mí, depende de vos, y todos se ríen otra vez. La comida circula en la mesa como un rumor pero ya no quiero comer. Mi corazón es una manada de toros hirviendo que no puedo controlar. ¡Quiero gritarles la verdad con la crudeza de los detalles penosos! Quiero correr hasta mi auto, arrancarlo y estrellarlo contra un árbol. Quiero que alguien me abrace. Pero no puedo moverme. No pestañeo ni respiro y a nadie le importa. Miro a mi mamá, que sigue dando vueltas alrededor de la mesa repitiendo alguna historia que seguro contó hace un rato más de una vez. Mi papá la persigue con un vaso de agua para que tome la pastilla porque ya es la hora y, cuando la alcanza, ella se agacha jugando a la escondida y mis sobrinos gritan ¡piedra libre la abuela! Mis tíos empiezan el tango que siempre cantan cuando se juntan, destapan otro vino, los veo abrazarse mientras busco mi abrigo. Y de repente todo adquiere el aspecto de cosa terminada.

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