Historias sin punto final
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#21 · La otra luna de PyongYang

Por Diego Flores
Ilustración Florencia Garbini

Los pasillos del hospital eran el cuadro vivo de una tragedia que parecía acontecer en lentos e interminables movimientos, gritos agudos de un dolor que se presentaba insoportable, olor de muertes inminentes, niños desvanecidos y adultos que intentaban despertarlos a cachetadas. En un rincón oscuro una familia se abarrotaba para condensar el calor que se mezclaba con el aroma innegable de la sangre. Al final de un pasillo dos niñitas notoriamente desnutridas esperaban con asombrosa parsimonia que dijeran sus apellidos. En algún oscuro momento de esa narración sin sentido que algunos llaman historia, ese panorama de locura, despojo y muerte se había vuelto normal, cotidiano y tolerable. Real.

 

Era 1995 y Jung esperaba despatarrado en esos pasillos calamitosos que su esposa dé a luz por primera vez. Muchas veces pensó en irse, en abandonar el tedio tétrico que ofrece el hospital y la paternidad. Jung siempre planeaba horizontes inalcanzables, construía pequeñas utopías, sueños brumosos donde él se erguía como héroe solitario y egoísta, nadie salía airoso ni se beneficiaba con sus andanzas oníricas, el deseo de la autorrealización era algo que veía normal en un país donde el heroísmo era atributo de una familia. Mientras se miraba los pies, y desoía el grito de una madre que lloraba a su hija, Jung recordó el sueño del día anterior: estaba en un estadio de futbol, parado en el área chica, vestido de arquero, no había partido, solo estaba él, una niebla cegadora y unas cuantas mujeres embarazadas, que lo aplaudían sin cesar aunque él no había hecho nada  nada meritorio que justificara las palmadas. Cada tanto una de esas mujeres gritaba su nombre y entonces el estadio se llenaba por unos instantes, se atestaba de ruidos estruendosos, bombas, chillidos, aplausos, bocinas y luego volvía al vacío parcial, donde las mujeres aplaudían nuevamente sin cesar. Mientras vagaba por esos recuerdos, Jung se preguntaba porque se habría soñado futbolista, con lo que detesta ese deporte. Quizás sueño –pensaba Jung– porque no me animo a vivir. Una enfermera le hizo señas de detrás de una puerta de cristal, no quería salir, así evitaba ser abordada por la muchedumbre que se movía ecléctica y herida por el hospital. Cruzó la puerta que estaba custodiada por dos militares calcados, en principio sospechó de la presencia de un espejo, pero luego se dio cuenta que la disciplina militar generaba esos espejismos y juegos dobles. De repente la enfermera dijo: “Señor, felicitaciones, es usted padre de un niño” y él por fin sintió el escozor y la sentencia de corresponder pasivamente a la mentira.

 

Entró a la habitación y, aunque los ojos de Danbi deambulaban entre el cansancio y la complacencia, supo leer en ellos una distancia extrañamente insalvable entre el, su mujer y su hijo. En esa breve mirada sintió que se erigía un nuevo mundo, una nueva región impenetrable, en la que él sería, con suerte, un breve turista de ocasión, un mirón con credencial. Ensayó una especie de reverencia escueta y breve frente a Danbi, se sentó a su lado y se distrajo observando la foto Kim Il-sung que yacía en la mesa de luz. Se llamará Taeyang, dijo la reciente madre. Claro, dijo Jung, y empezó a recordar los significados de los nombres, Danbi significaba dulce lluvia, aunque en Corea ninguna lluvia podía ser dulce después de las inundaciones, por eso, pensó Jung, el nombre Taeyang que es el Sol, el sol que terminará con las inundaciones, con la hambruna, con la sacrificada vida de su pueblo. Taeyang es el sol. Nuestro sol. Jung no recordaba que significaba su nombre, le preguntó a su esposa pero esta no respondió. Quizás Jung, pensó él, no signifique nada.

 

Se conocieron en algún semestre perdido, cuando Danbi tomaba clases de turismo y él espiaba al  escueto alumnado bajo la fachada de un divertido profesor de protocolo y discurso.  Era un hombre de unos  cuarenta y tantos años que cargaba con elegancia, de conversación distante pero amable, parcialmente alto, inteligente y  calculador. Cada oración que Pak Doo esgrimía era una poesía pragmática, una sucesión de perfecciones que se materializaban en palabras. Ese era su talento. Era un ajedrecista del verbo y el adjetivo, un hombre que sabía narrar, relatar y dar órdenes con la misma habilidad. Pak Doo siempre aconsejaba y decía que  cuando ellas hablaran iban a hacerlo en nombre de la República Popular Democrática de Corea y de sus presidentes eternos. Toda gramática, discurso, oración o conjunción de letras debería estar diseñada hasta el mínimo detalle, así como las eventuales respuestas.

 

Danbi era impertinente y amigable, en sus clases mezclaba la excelencia de una alumna sumisa, precisa y segura pero con dejos de insolencias irascible que amortizaba con una risa que justificaba la creencia de los dioses. Es difícil precisar en qué momento cruzaron la frontera de la fantasía, si alguno de los dos lo hizo primero o ambos a la vez, se descubrieron enamorados, quizás, en una fugacidad en una breve destello que es ni más ni menos como suele presentarse el amor. Un breve rayo fortuito e inasible. ¿Quién puede saber y precisar cuándo se enamoró? ¿En qué gesto? ¿Con qué palabra? – pensaba Pak Doo–, mientras concluía que cualquier explicación en este plano es vana, siempre. Tampoco encuentra explicación alguna de por qué en esos momentos de miradas insinuantes, pupitres y gramática no se besaron. O no la besó o no lo besó. Él era un hombre de reglas y cargaba la culpa de tener una familia que representaba los valores de la Republica, una mujer y dos hijos que sobresalían en algunas fotos familiares. El tiempo corrió y él fue solicitado en otras comandas en la provincia de Hamgyong del Sur, allí escribía cartas imaginarias donde le narraba a Danbi los olores del Mar de Japón, la petulancia de un sol radiante y el fluir de las pequeñas barcazas que se disipaban en el extenso horizonte. En tanto ella en esos tiempos fue engullida por los laberintos rectos de la burocracia estatal y la rutina agria.

 

Se encontraron, algunos años después, esquivando una lluvia en alguna oficina donde ambos tenían conocidos en común. Se reconocieron cuando se animaron a mirarse verdaderamente a los ojos. Salieron juntos a enfrentar la tormenta y se resguardaron en un recoveco entre edificios antiguos de Pyongyang. Él decidió ir más allá y se inauguró por primera vez en la infidelidad, beso a Danbi con un temor inusitado, cobarde, sintió temblar el brazo con el que sostenía la escueta inclinación que ella practicaba. Se  besaron imperceptiblemente, sus labios apenas se rozaron como cuando se comprueba la temperatura de un té. Pak Doo sospechó que ese beso le cambiaría la vida, que ya estaba la cambiando. Danbi no pensó nada.

 

Se veían esporádicamente en un departamento oculto en el norte de Pyongyang, ella realizaba un recorrido zigzagueante por la ciudad, tratando de confundir a los fantasmas que la perseguían. Por momentos creía ver en cada rostro un rostro, una misma cara con un par de ojos que la vigilaban. La paranoia de la persecución persistía hasta llegar al departamento y perduraba incluso hasta el momento en que se encontraba con Pak Doo, que siempre llegaba media hora antes para constatar que todo estuviera en orden.

 

Cuando terminaban de hacer el amor, y todo era sudor y saliva seca, ella se atemorizaba por las consecuencias que acarrearían si esa relación era descubierta tanto sea por extraños o por colegas de Pak Doo, o por Jung que ya era una presencia clara en su vida. Hace tiempo que se veían, su familia ya lo conocía y tenía dos virtudes innegables para los fines de Danbi, era un buen hombre y sobre todo era poco curioso. Los temores de Danbi no eran infundados, sabía de las consecuencias que atraía la infidelidad, temía por el castigo social y físico. Sabía que los contactos y la posición de su amante podían cubrir la relación así como también delatarlos. Si hay algo que guía el carácter de los servicios secretos es la paranoia, más en un país como Corea, amigos y enemigos, amantes, poetas, obreros, reyes y asesinos todos pueden ser otra cosa.

 

Pero cuando volvía en sí, cuando sus ojos regresaban al plano de la realidad, tan ridícula como sus sueños, cuando los fantasmas se esfumaban y ella tomaba un té recostada en la cama con las piernas cruzadas, mientas su amante se vestía de manera rápida y mecánica para volver a convertirse en ese ser impoluto y militar admirable, pensaba que cualquier consecuencia, cualquier castigo irrisorio, cualquier confinamiento en la más estremecedora de las prisiones, no iba a poder tapar, cegar ni velar esos minutos donde el placer cubría cualquier indicio de razón o de pensamiento y ella se encontraba desnuda abrazando el cuerpo transpirado de Pak Doo. Mientras el mundo se movía, ellos lo detenían. Allí en ese breve instante rompían las reglas que los ataban al mundo, a los mandatos sociales, a la presencia omnipresente de los dioses y de la ley. Todos ellos eran derribados por los vientos incesantes del placer, de esa animalidad humana tan simple y conmovedora que podía hacer del agobio incesante de  Pyongyang un lugar perfecto para profesar un amor que otros prohibían.

 

Danbi se lo dijo sin rodeos, por la manera en que acomodó las frases es factible que las haya ensayado un par de veces antes de decirlas, la seguridad que se tenía a sí misma no la eximía del metodismo con el que preparaba casi todas las cosas de su vida. Le pidió a Jung que se siente, le sirvió una pequeña medida de Soju y comenzó a monologar. Le contó que sostuvo un romance con un militar que trabajaba para los servicios secretos, que lo había engañado y que el hijo que esperaba era fruto de esa relación. Agregó que estaba confundida y dolida. Que aún quería a Pak Doo, pero que no podía continuar esa relación. Tomó un poco de aire que mezcló con Soju de la copa de Jung y le dijo que si él la perdonaba y si quería podían continuar con la relación. Que Pak Doo los ayudaría a conseguir una vivienda social, que iría de manera muy esporádica a su hogar para visitar a su hijo aduciendo una familiaridad lejana (un primo de otras comarcas, creyó oír Jung) y que haría su vida, la vida de los tres, mucho más fácil. A cambio, exigía silencio y discreción. Danbi hizo una pausa larga, carraspeó un poco y dijo que por supuesto que entendía si decidía irse y dejarla sola con su hijo y las visitas golondrinas de Pak Doo, pero que esto como todo en la vida, como todo en la vida, remarcó ella, trae consecuencias. En este caso cuatros vidas cambiaran según la decisión que Jung tomara.

 

–No te explicaré las consecuencias Jung, eres bastante inteligente para darte cuenta de lo que debes hacer. Te pido perdón nuevamente. No tengo más que decirte. Piensa y a su tiempo me dirás qué has decidido. ¿Quieres decirme algo ahora?

 

Jung negó con la cabeza, bebió apenas unas gotas de Soju y se levantó. Danbi también, lo tomó de la mano, lo miró brevemente a los ojos y volvió a pedirle perdón, dejó deslizar su mano hasta soltarse y se metió en el cuarto. Jung se quedó mirando las calles vacías, el invierno era crudo. Quedaban apenas unas horas de luz natural antes de que las calles de Pyongyang quedaran nuevamente a oscuras. Bebió medio vaso de Soju, se puso el gorro de lana y decidió salir a las calle. Antes golpeó la puerta de la habitación donde estaba Danbi y le dijo.

 

–Criaremos a ese muchacho juntos, Danbi. El será mi hijo. ¿Comprendes? Mi hijo.

 

Jung se sentó en un banco del parque público, sacó un poco de tabaco y encendió su pipa que utilizaba, hasta ahora, solo en ocasiones festivas. Vio un pedazo de luna que se asomaba timorata en un cielo que adquiría gradualmente el color de la noche y recordó lo que una vez le dijo un viajante coreano que tenía licencia para salir del país, en épocas en que las políticas de circulación eran más laxas, y que luego según supo fue ejecutado por contrabandear libros prohibidos. Este hombre le contó lo siguiente: “La luna tiene otro rostro cuando sales de Corea, una vez que nos alejamos de Pyongyang y tomamos los caminos de la vieja China, quizás puedas ver el costado de la luna iluminada, no siempre se puede ver, si esta se presenta no es más que un buen presagio para tu destino. Esa, pequeño, es la otra luna de Pyongyang”. Jung entendió que estaba perdiendo el tiempo en viejos e inútiles recuerdos por lo que se concentró en el intento de  augurar cómo sería su vida de ahora en más, qué cosas podían suceder, cuáles eran los caminos que se cerraban y los que se abrían, cómo criaría al niño sin que la vergüenza lo atormente, ¿seguiría Danbi amándolo? Sin embargo los pensamientos viraron nuevamente hacía él, hacía sus recuerdos y sus culpas. Se preguntó por qué jamás se enojaba, cómo nunca había podido reaccionar de manera efusiva, cruel tosca o brutal ante hechos que lo desacomodaran que lo conmovieran. “¿Dónde está tu carácter?”, preguntaba su padre cuando Jung se dejaba azotar por cualquier impertinencia del destino. “Tú no tienes carácter, no tienes valor”. Jung repetía esa frase cuando un miembro del ejército lo interrumpió para pedirle documentos y enviarlo a su casa antes que el frío le regale una pulmonía letal.

 

–Claro –dijo Jung.

 

Jung recuerda. Recuerda y ríe. Está sentado en una reposera desvencijada en el pequeño patio de la casa que consiguieron gracias a los arreglos de Pak Doo. La tierra de su jardín es dura y nada allí puede plantarse, fuma su pipa cada vez más asiduamente y recorre los recuerdos vertiginosos de una vida que cambió para siempre con la llegada de Taeyang. La primera vez que fue a conocer a su hijo, Pak Doo pidió hablar, por única vez, con Jung. Le agradeció el valor y la honorabilidad de su gesto, citó un par de veces las obligaciones del buen Socialista y dio algunos rodeos por la filosofía Juche. Luego, y en una enorme demostración de destreza para el uso del verbo, fue arrinconando a Jung con argumentos complejos, lo fue posicionando en un lugar de deudor casi de culpable por la intrincada historia que les tocaba “vivir a los 4” decía inclusivo. Pak Doo los visitó regularmente durante un tiempo, hasta que su presencia se fue haciendo cada vez más espaciada, esporádica y distante.

 

Pasaron 20 años desde el que Danbi dio a luz a Taeyang que, pronto a cumplir 21, era una inminente promesa del campo científico de la República Popular Socialista. Sus conocimientos en física nuclear lo posicionaron como uno de los mejores alumnos de su curso. Jung sabía que más allá de los esfuerzos del pequeño y su potencial sabiduría, ese lugar estaba respaldado y asegurado por los contactos políticos de Pak Doo, que con el correr del tiempo se fueron aumentando y diversificando. Jung sentía una profusa confusión, sabía que parte de lo que su hijo estaba logrando tenía que ver con su crianza, con el profundo esfuerzo que Danbi y él dedicaron a la minuciosa educación de Taeyang, pero estaba en lo cierto también cuando suponía que nada de eso hubiera alcanzado sin la ayuda de Pak Doo. Jung sentía una inusitada incomodidad, por primera vez en 20 años comenzaba a sentir algo parecido al odio. “Tú no tienes carácter”, repetía una voz anidada en las profundidades de la memoria.

 

–Hijo –aconsejaba Danbi–, sabes que muy pocas personas tienen el privilegio de poder continuar con sus estudios, que eres un elegido, concéntrate y dedícate a ello y pronto vivirás o viviremos en la Avenida de los Científicos y seremos una familia que sirva a nuestra patria como se lo merece. Nuestro destino es el de la Republica Popular Democrática de Corea.

 

El día que Pak Doo murió, ni Danbi, ni Jung y mucho menos Taeyang se enteraron, la noticia llegó cuatro días después a través de un informante confidencial del recientemente fallecido agente, que tocó la puerta una tarde de un frio osco.

 

–Muerte natural –dijo el informante que ocultó su nombre bajo un seudónimo que pronto todos olvidaron.
–Ninguna muerte es natural –dijo Danbi–. Entiendo señora. Lamento tanto como usted la muerte de su… de Pak Doo. Si me permite, debo retirarme.

 

Jung escucha la conversación a una distancia enigmática, su cuerpo no está recibiendo la noticia ni desoyéndola, es parte de una tercera conjugación, un elemento extraño y exótico que yace en la periferia en una órbita cercana pero ajena. Nadie lo mira ni lo niega, no le piden que se retire, que esté o no, es exactamente igual. Masculló nuevamente algo parecido a la bronca y se quedó estupefacto mientras su mujer acompañaba al informante hacia la puerta.

 

No sabe qué tiempo tardó Danbi en desmayarse, en algún momento creyó que estaba sobreactuando, exagerando el inicio de un duelo que no le correspondía. Cuando despidió al informante, pasó por delante de Jung, fue a la pequeña cocina, suspiró un par de veces, intentó hacerse un té, limpió una taza y como si fuera una breve hojita de papel, su diminuto cuerpo cayo limpio contra el piso. No hizo mucho ruido, fue como si una alfombra cayera tenuemente, según Jung hubo cierta armonía en el ruido, una sonoridad pareja en la caída estrepitosa de Danbi. Lo cierto es que su mujer se desmayó y permaneció tres días inconsciente, tres largos y grises días en los que Taeyang y Jung se turnaban para cuidarla, para asistirla, limpiarle el sudor, mojar su cabeza con un trapo, acariciarle los pies, tomar su temperatura, humedecer sus labios y cada tanto besarle las mejillas.

 

Cuando Danbi recobró la conciencia ya no era la misma persona, a las pocas horas de restablecerse se encerró en la pieza con Jung, sirvió dos pequeñas tazas de Soju y le dijo a su esposo varias cosas: la primera (aunque Jung no recuerda el orden) fue que ella siguió viéndose con Pak Doo a lo largo de los años, muy esporádicamente tan pocas veces que ameritaba que Jung lo sepa, hicieron el amor en algunas ocasiones y quizás, Danbi remarcó el quizás, el caballero que acababa de fallecer era el hombre de su vida. Luego le dijo que por respeto a ese hombre iba a dejar de hacer el amor con él, que no podría seguir sosteniendo un fuego que yace ya extintito y que vaya a saber qué chispa húmeda lo sostuvo tan largo tiempo. Por último, dijo Danbi, es preciso para honrar a Pak Doo, que Taeyang sepa quién fue su verdadero padre, que su pequeño hijo no merecía vivir en una mentira de adultos. Así que apenas regresara al hogar iba a contarle todo. El tono de Danbi era extrañamente pausado, monocorde, una era una voz muerta. Sus ojos también, miraban extraviados hacia confines vacíos y lejanos, como si nadie estuviera en frente. Jung no pudo controlar el gesto adusto y grotesco de levantarle la mano, el recorrido del golpe se quedó a mitad de camino, Danbi ni siquiera pestañó. Se quedaron así unos segundos hasta que Jung gritó.

 

–¡No es justo! No puedes hacerle esto a mi hijo. Mujer, Taeyang es mi hijo.
–Tú has criado a una persona hermosa, Jung, pero bien sabes que no es tu hijo. Y él debe saber la verdad, que es única.
–La verdad es una creencia, Danbi, es lo que tus ojos elijen ver. Por favor no me hagas esto, Taeyang es mi hijo.
–Jung, hoy le diré a Taeyang quién fue su padre.

 

Jung dio un par de vueltas por la casa y salió hacía la calle, dio un portazo y vio el cielo que era de un celeste perfecto. No volvería por allí en un par de días.

 

Jung se escabulló en una de las esquinas, oculto entre unos pequeños y secos arbustos esperó que primero saliera Taeyang, luego vio salir a Danbi, que miró a ambos lados de la calle, en la lejanía la notó pálida, arrugada, casi vieja, el tiempo –dijo Jug–, ¿qué es el tiempo? Nada, una acumulación cronometrada de mentiras y sucesos aleatorios. El tiempo no nos merece, ¿qué sabe el tiempo de Taeyang, de mi dolor, de las ojeras profundas y marcadas de Danbi, del cuerpo putrefacto de Pak Doo? Nada. El tiempo es un vil mentiroso, un muchachito inseguro que ubica todo en categorías erradas. Cuanto amé a Danbi… cuánto al pequeño Taeyang, cuánto… Mientras Jung caminaba hacia la casa, oía, en pleno desvarío, esa frase grabada en los más encriptado de su memoria: “no tienes coraje, Jung, tú no tienes coraje”.

 

A Jung la información le llega de tercera mano, de a retazos, como el canto fugaz de la golondrina, de algunos rumores breves que recogió en un exilio impuesto, secreto y demencial. Sabe que le quedan solo algunos días de libertad, que es mera cuestión de tiempo, otra vez el tiempo, todo en él es omnipresencia, pensaba Jung. Sabe también que llegaron los bomberos a la casa y luego los oficiales. Que allí en la casa encontraron libros que estaban prohibidos, algunos sobres con sellos de Estados Unidos, varios chips de celulares, un lente de cámara profesional y algunas impresiones de portales que critican a la Republica y hablan de su plan nuclear. Por supuesto que Taeyang fue apartado de los cursos de educación superior que estaba tomando, no solo eso, además fue encarcelado por un tiempo y posteriormente enviado a Danchun donde deberá cumplir una condena extensa en los campos de trabajo forzado. Danbi corrió una suerte similar en Haengyoung, allí sería sometida a un duro régimen de trabajo. Jung sabía que Danbi sería una suerte de fantasma, un ánima a la que le han arrancado toda esperanza. Ella vivía a través de dos personas, una estaba muerta, la otra lejos y sometida, ya poco le importaba la vergüenza que le generaba que de ahora en más fueran catalogados por el gobierno como “hostiles”, sabía que no volvería a ver a su hijo y sabía que la próxima vez que su hijo la vería a ella sería para su funeral.

 

Jung aguardaba para cruzar el Puente de la Amistad, que une su patria con China. Está en Sinuj por segunda vez en menos de cinco días esperando llegar sin problemas a Dandong, se sorprendió cuando pudo comprobar fácticamente lo fácil que es ir a China, comprar cosas de contrabando y entrar a Corea. Todo se soluciona con algo tan insignificante como el dinero, el soborno es el pasaporte universal de la galaxia, no hay sello que no tenga precio. Así que Jung pudo atravesar fronteras con el dinero que robó del cofre que Danbi tenía en la casa que compartían, más algunas cadenas de cierto valor que Taeyang había recibido de parte de Pak Doo, comprar algunos artículos que estaban prohibidos en su país, como libros, sellos estadounidenses, algunos chips de celulares y volver a cruzar la frontera. Lo que resta es groseramente previsible: Jung entró a su antigua casa, sembró pistas falsas en la habitación de quien por un largo tiempo fue su hijo y desató en la vivienda un pequeño incendio controlado, activó el celular que compró en China, dio aviso a los bomberos e inmediatamente inicio su propio destierro que duraría, según el propio Jung, comprobablemente poco.

 

Cruzó la frontera en la caja de un camión bajo una noche tan estrellada como inverosímil, la imagen, su imagen, le pareció pertinente, casi épica, era una especie de forajido que  huía de las autoridades, pero todo era una fachada, una pantomima. Los militares de frontera ya habían sido debidamente informados y sobornados. Él cruzaría sin problemas hasta suelo chino, pero allí nadie garantizaba que no fuera deportado apenas pisara suelo extranjero. Miró hacía ciudad oscura de Sinuj, los edificios se confundían con la noche, casi no había luces debido a la crisis energética, a mitad del río Yalu las luces resplandecían, parecía que China era dueña de un sol conquistado a fuerza de industrias, desarrollo y disciplina. Vio las luces de led que iluminaban el puente y le parecieron fantásticas, comparó las distancias físicas y materiales entre lo que acababa de dejar y hacia donde se dirigía. Nos separa mucho más que un río, pensó Jung.

 

Bajó del camión y se escabulló sin mucho cuidado por los pasillos de la ciudad de Dandong, lo asustó la soledad con la que se encontró al llegar a una plaza, encendió su pipa y miró la ciudad, ahora no le parecía tan distinta a la que acababa de dejar. Recordó al viejo contrabandista de libros que le dijo que el capitalismo (en realidad no dijo esa palabra pero Jung no recuerda cuál fue el sinónimo que utilizó)  no era mucho mejor ni tan distinto al socialismo que ellos conocían, en ambos gobiernan hombres codiciosos, en ambos hay crímenes, pasiones, locuras e injusticias, en uno el gobierno es centralizado y visible, en el otro disperso y difuso. Tú, jovencito, dijo aquel hombre viejo, debes tener el coraje de forjar tu propio destino. Jung se durmió o se desmayó pensando en aquel encuentro. Soñó que estaba en un barco en alta mar, las sirenas coreaban su nombre, Jung estaba en la cubierta y debía saltar. En las profundidades del mar, al parecer, lo esperaba un tesoro. De repente una de las sirenas emergió del mar exhibiendo casi la totalidad de su cuerpo, estaba embarazada. Al mirar el rostro de la sirena reconoció las facciones de su padre, que decía: “Tú no tienes valor”. Y Jung saltó.

 

Cuando se despertó, uno de los militares de frontera lo reducía de forma violenta y le gritaba que iban a deportarlo inmediatamente. Jung no se resistió, sin embargo recibió una pata en la barriga hambrienta como cortesía china, el dolor lo dobló, lo dejó sin aire. Entretanto, el otro militar derrumbó su verticalidad con un empujón por la espalda, mientras se ponía de cuclillas y le colocaban las esposas, Jung miró hacia arriba, un aire fresco le empapaba la cara y llenaba sus pulmones. Sobre el cielo despejado, la luna resplandecía luminosa, prepotente, brillante y hermosa. Es la otra luna de Pyongyang, pensó Jung. Es un buen augurio.

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