Historias sin punto final
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#16 · La pregunta

Por Christian Ali Bravo
Ph. Diana Walker

Hoy todavía me pregunto… ¿Por qué?

¿Cuántos pasaron ya? ¿Diez años? ¿Más? ¿Todo ese tiempo perdimos? Bah, digo perdimos y no sé por qué en plural. Capaz vos ganaste algo… ¿Ganaste algo? Con la distancia, el destrato, la indiferencia… Digo, ¿ganaste algo? Yo no. Yo perdí. Por goleada. Yo perdí. Por afano. Igual las cuentas cierran… Porque para que haya un perdedor, siempre tiene que haber un ganador, ¿no?
La fácil sería decir que perdí a mi viejo y punto. No ahondar. No revolver. No meterme a hurgar. ¿Cuántos pibes perdieron a sus viejos y siguieron adelante? A muchos se los quitó alguna jugarreta del destino o una puta enfermedad. Pero acá no. Acá vos te fuiste. O te quedaste, mejor dicho. Te quedaste en la cómoda. “Yo sigo acá”, me dijiste la última vez que hablamos, allá por el 2013, como si eso hubiera sido una muestra de cariño que no supe ver en todos estos años.
Sí, es verdad que no te gustaba mi corte de pelo, que usara la ropa rota, que no tenga un reloj en la muñeca, que no me importara la guita… ¿Pero eso justifica el soltarme la mano? ¿Eso pesa más en la balanza como para cortar de raíz la relación con TU hijo? Aparte decime… ¿Qué adolescente lleva el pelo prolijo, viste de traje y anda con un Rolex? Porque eso era: un adolescente. Un adolescente que, un día, cansado de callarse siempre, te mandó al carajo. Y vaya que te lo tomaste en serio, porque nunca más volviste. Te fuiste. O te quedaste. Ya no sé.
Con lo que te quedaste, seguro, es con tu orgullo. Ese orgullo que no te permitió ni siquiera levantar el teléfono en todo este tiempo. Te quedaste con tu orgullo, viejo. Y con algo más, que no te corresponde. Te quedaste con mi confianza. ¿Sabés lo que me costó recuperarla? ¿Sabés lo que me dolió recuperarla? Hoy la tengo conmigo, de vuelta.  Aunque, te soy sincero,  a veces hasta de ella desconfío. Porque cuesta confiar en uno, en los demás, cuando tu propio padre te dio la espalda, cuando ese pilar que debería sostenerte se quiebra (o desaparece). ¿Sabés cuánto tardé hacer pie? Para qué te voy a contar. Como si las lágrimas, el vacío en el pecho o el miedo se pudieran cuantificar. Además, ¿te importa saber? ¿Te importó alguna vez? ¿Te importé alguna vez?
A mí sí hay algo que me importa, que me gustaría saber. Viejo, sinceramente… ¿Qué hice? ¿Qué no hice? ¿Qué te hice? ¿Podés regalarme eso al menos?

 

Ojo, no te asustes. No es mi idea retomar nada, ni que esto sirva de punto de partida para un posible reencuentro. Realmente no. Pero esa respuesta se la debo al adolescente que fui. A ese adolescente que no podía salir a la calle del miedo. O que si salía tenía que volver, lleno de pánico y angustia en el pecho. A ese adolescente que perdió confianza, ganas, autoestima. A ese adolescente que se perdió en sí mismo, para dejar de ser…
Como nosotros, que dejamos de ser… Ni siquiera sé por qué te sigo llamando “viejo”. Hace rato que dejaste de serlo. No quisiera ser injusto, ni insolente, pero… ¿alguna vez lo fuiste? Nunca me llevaste a la cancha, a andar en bici aprendí de grande, a nadar me enseñaron mis amigos en el club, y lo que es peor, siempre quisiste que fuera algo distinto a lo que soy (o a lo que era). Nunca lo voy a entender. Nunca te voy a entender.
Ni voy a entender como hoy, diez, doce años después, sigo haciéndome la misma pregunta: ¿por qué?

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