Historias sin punto final
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#3 · La siesta eterna

Por German Amato
Ph Cristian Rosas

Pizza rellena en Tarzán, bar mitológico de estación Castelar. Medianoche, fugazza y conversación. Canción coral de anécdotas.

Hablábamos de abuelas y abuelos. Conté que en el Laprida (una sociedad de fomento recuperada para el barrio a puro bombo legüero, reuniones, comidas y guitarreadas), estábamos por inaugurar una biblioteca popular con el nombre de la matriz de mi sangre, Beatriz Urondo, y con libros de propia cosecha. Conté que mi abuela no creía en el cielo, y que nunca le gustó el cementerio. Lo cual habilitaba un problema de difícil resolución. ¿Dónde estaba descansando ahora? En el fondo de mis glóbulos rojos, ella dice que las personas somos como los libros, no nos gusta quedarnos juntando polvos, quietos en ningún lugar alguno.

Para qué tener cosas de más, que no se vuelven a leer. Si la vidita en las venas, nos enseña que las historias que valen, nos viajan, nos abren, nos bailan, y nunca son dueñas de nada.

Titor el librero productor, inventor de la risa que ilumina varias cuadras conurbanas, mientras masticaba una porción, de su memoria, trajo a la mesa a su abuelo tachero y también a la Izquierdo (la zapatería que tenía la central en Ramos Mejía, y ahí trabajaba su papá, hijo del tachero). Dijo Titor que el abuelo siempre anduvo en el cascarudo negro y amarillo, y a lo último, aunque le decían que ya tenía edad para descansar medio turno, el viejo seguía al volante, yendo del oeste a capital, a la hora en que nace el sol escuchando radio o cantando tangos. Una mañana, cosa rara, no quiso ir al centro, se quedó a compartir el desayuno con el nieto y lo llevó al colegio en el taxi. Después, parece que se quedó encontrando pasajeros en su propio barrio de Haedo. Cuenta la leyenda que fue en Ramos, que no eran ni las once treinta, esperando en un semáforo a una pasajera que terminara de bajar, se le ocurrió al viejo pícaro, dejar caer la cabeza sobre el volante, tocando bocina en el medio del tango que estaba silbando… como llamando para siempre a su hijo, como si fuera el único, que trabajaba a media cuadra de ahí, en la Izquierdo.

Y, si el corazón puede tocar bocina, para qué tener cosas de más, si lo que sueña vivito y abierto, nos enseña que las historias nos primerean y desayunan, nos viajan y hasta en la muerte nos bailan, y dicen, que nunca somos dueños de nada.

Hablando de casa central, Marce se acordó del abuelo de no sé quién, que era cadete del banco nación (ese que está al costado de la rosada); un día llegaba tarde, justo a las 15 puntual, cerraban las puertas inmensas como de castillo medieval moderno, y quiso pasar. Pero lo contó así, que estaba con ese no sé quién, tomando vinito en su casa, y sacó una caja, un recorte de diario chiquito, de 1942, donde decía “hombre muere aplastado por las puertas del banco nación, por querer entrar justo a las 15 puntual cuando se cerraban”.

No hay trabajo que nos devuelva la vida, si el libro de los latidos no registra las cositas que nos hacen historia viva que nos viaja, nos cree, nos sueña y hasta en la muerte nos baila y nos dice que nunca somos dueños de nada.

Y el pelado, contó la mejor, dijo que su abuela se murió, en la previa de la siesta. Que la encontraron acostada, con un cigarrillo negro en la mano, abrazada a un libro que estaba leyendo. Su abuela había dicho cuando llegó a los 70: “A partir de ahora, voy a hacer y a comer lo que quiera, no me jodan más. Ya tengo edad suficiente para ser hija pródiga de mis decisiones”. Alguien en la mesa del bar Tarzán sirviéndose la última porción de la vergüenza, ya fría, hizo el chiste: “y se murió a los 71…” El pelado corrigió triunfal mirándonos a los ojos: ¡a los 85, casi 87! en la previa, cuando se durmió la siesta, la siesta eterna. Hizo lo que quiso, cigarrillos, viajes, un amante, banquete, al que nunca le lavó una media; ¡flor de hija de, puntos suspensivos! Y volvió a repetir los detalles, que tenía un cigarrillo negro en la mano (dijo la marca, pero no me acuerdo), que se le había apagado, un libro abrazado en el pecho, que parecía escrito especialmente para ella, por un amigo doctor que nunca se enteró de esta anécdota. Lo mejor es el título del libro que tenía en el pecho, dijo el pelado y para cerrar lo tiró riéndose: Cómo dejar de fumar.

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