Historias sin punto final
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#5 · Los campos de concentración, el amor de los padres y el mandato de vivir

Por Hernan Nemi

Ph. Jade Sivori

 

En setiembre del año pasado apareció en la Argentina Y tú no regresaste, un libro pequeño y estremecedor en el que Marceline Loridan Ivens, judía francesa sobreviviente de los campos de concentración nazis, revive algunos de los momentos más intensos, terribles y conmovedores de su vida. El libro tiene varias particularidades, pero una en especial: su autora lo terminó de escribir hace un año nomás, a sus 88 años, momento en que la muerte se le presenta cercana y los recuerdos vuelven, como pidiendo un balance.

 

Marceline es una prestigiosa realizadora de películas y documentales, algunas de ellas sobre el Holocausto. Compartió esa tarea con un reconocido cineasta holandés: su marido –ya fallecido– Joris Ivens. En este libro de solo 92 páginas, elige transitar un camino íntimo, personal, despojado de grandilocuencias, como corresponde a alguien que siente que está andando el tramo final de su vida. El título (Y tú no regresaste) condensa el conflicto central que atraviesa a Marceline.  En 1943, con solo 15 años, es deportada al campo de concentración de Birkenau, en Polonia, junto con su padre. Cuando suben al tren que los trasladará al infierno de los Lagers, ella le dice a su papá que seguramente los harán trabajar mucho, pero que volverán a encontrarse, a lo que el padre responde: “Tú sí volverás porque eres joven. Pero yo no regresaré”. Aquella profecía alentadora en su primera parte pero terrible y premonitoria en la segunda, se cumplió. Marceline Loridan Ivens está aún viva. Su padre Salomón nunca regresó de los campos de la muerte.

 

En su vejez, el balance de la vida de Marceline está marcado por aquella profecía hoy tan lejana: el mandato del padre. Sobrevivir. Y luego, una vez salida de los campos, vivir, seguir adelante con la vida. Ella siente que con aquella sentencia premonitoria, de alguna manera su papá ofreció su vida por la de ella. Es cierto que el objetivo de los nazis era acabar con todos los judíos europeos, sin embargo el padre, a través de sus palabras, quiso salvarla, insuflarle fuerzas para pelear, augurarle un retorno a la vida, a la que él ya no volvería.

 

Todos los que somos hijos (todos) sabemos bien que los mandatos paternos siempre resultan difíciles de satisfacer: concretar determinada carrera, armar una familia de tal o cual manera, resolver nuestros conflictos de acuerdo a ciertos valores que ellos nos transmitieron, ofrecerles nietos sanos y bellos, concretar sueños que en sus propias juventudes quedaron truncados… no es sencillo satisfacer todos los mandatos con lo que nos cargan –generalmente desde el amor más genuino– nuestros padres. La vida no tiene, afortunadamente, un guión predeterminado y los caminos no son tan rectos ni tan despejados. Todos vivimos lo mejor que podemos tratando de satisfacer los anhelos de quienes nos trajeron a la vida, pero con la necesidad primordial de satisfacer nuestros propios anhelos, de escribir nuestra propia historia y soñar nuestros propios sueños. Por eso a veces peleamos con los viejos y sufrimos su falta de aprobación o de aliento. Y de alguna manera, inconfesable en muchas oportunidades, todos esperamos que nuestra vida sea orgullo para nuestros padres, que nuestros logros sean su alegría, y que nuestras concreciones colmen aunque sea un poco todos esos sueños que llegan junto con la llegada de un nuevo ser al mundo. Todos los días nacen cientos de niños, y esta realidad estadística nos suele hacer olvidar del milagro de cada nacimiento: el amor de un hombre y una mujer es tan fuerte, tan intenso, tan poderoso, que es capaz de crear vida. Una vida única y totalmente original y diferente de las demás. Eso que la ciencia no ha logrado en siglos, el amor lo logra desde siempre: transformar la unión en vida, el sentimiento mutuo en proyecto futuro. En los casos en que un nacimiento es fruto del amor verdadero, ese mismo nacimiento inmortaliza de alguna manera ese amor, le asegura que seguirá latiendo en otro cuerpo, aunque los padres ya no estén o hayan dejado de amarse. ¿Cómo no va a estar llena de proyectos y sueños la venida de una criatura al mundo? ¿De qué manera un padre o una madre podrían evitar transmitir, aunque sea inconscientemente, algunos de esos sueños y proyectos, que tomarán para el hijo la forma de mandatos, más o menos imperiosos según cada tipo de relación filial?

 

El libro de Marceline Loridand Ivens nos pone frente a frente con esta realidad: ¿cómo es vivir cuando estos mandatos nos acompañan cada día?, ¿cómo es vivir cuando un padre amado nos exige seguir adelante después del horror, cuando ofrece su vida por la nuestra? Marceline relata dos situaciones en las que su papá pudo protegerla pese a que estaban separados y en campos de concentración diferentes: ella en Birkenau, él en Auschwitz, separados por tres kilómetros. En una oportunidad las filas en que ambos marchaban se cruzaron, ella se arrojó a los brazos de él, los cuerpos se apretaron llenos de amor y los nazis respondieron tremendo atrevimiento golpeándola hasta desmayarla. Cuando se recuperó, tenía entre sus ropas un tomate y una cebolla que él, de alguna manera, le había podido pasar en medio de la emoción de aquel abrazo: “¿Cómo era posible? Un tomate y una cebolla. Aquellas dos hortalizas, escondidas contra mi cuerpo, restablecían todo, yo era de nuevo la niña y tú el padre, el protector, quien traía la comida”, escribe Marceline en su libro. En otra oportunidad, meses después, le hizo llegar a través de un electricista que trabajaba en los campos, una carta que ella leyó estremecedoramente y en secreto, en su barracón. Y de la que no recuerda nada, excepto el encabezamiento, “mi querida niña”, y el final, la firma del padre, en idisch: “Schloime”. Loridan Ivens cuenta que durante toda su vida trató de recordar qué decían esas líneas pero nunca pudo, pese a haberlas leído una y otra vez. La lógica inhumana de los campos de la muerte obligaba a congelar los sentimientos, quien se dejaba llevar por la emociones se hacía más débil, más vulnerable. Quien dejaba cabida a las emociones estaba más cerca del gas.

 

Tras la derrota alemana y la liberación, Marceline estuvo reponiéndose en un hotel de repatriados. Cuando llegó en tren hasta su pueblo, la esperaban en el andén su tío Charles y su hermano Michel, de 8 años. Apenas los vio, ella descubrió en los ojitos de Michel que era a su padre a quien él esperaba. A quien él necesitaba. Pero fue ella la que regresó, cumpliendo aquel augurio paterno. Y tú no regresaste es un relato fragmentario y emotivo, una reflexión honda y un poco amarga sobre cómo es la existencia cuando el mandato paterno es tan sencillo y terrible: vivir. Vivir esa vida en la que yo ya no estaré. Marceline se casó dos veces (la segunda con un cineasta treinta años mayor que ella), no tuvo hijos porque no se animó a traer criaturas a un mundo donde había existido un Hitler, filmó películas, escribió, se comprometió con causas revolucionarias de los pueblos oprimidos, intentó convertir el mundo en un lugar un poco mejor. Vivió intensamente. Sin embargo, el final del libro está teñido de cierto escepticismo:

 

“Hace dos años pregunté a Marie, la mujer de Henri: ‘Ahora que la vida se termina, ¿crees que hicimos bien en regresar de los campos?’ Me respondió: ‘Yo creo que no, no deberíamos haber regresado. Y tú, ¿qué piensas?’ No pude darle la razón ni quitársela. Solo dije: ‘No estoy lejos de pensar como tú’. Sin embargo, si justo antes de que me vaya me hacen a mí esa pregunta, espero saber decir que sí, que valió la pena”.

 

Los campos de exterminio hicieron que todo fuera mucho más extremo: el hambre, el frío, la injusticia, el odio, la memoria. Y también los mandatos paternos. Pero la historia de Loridan Ivens pone una lupa inmensa sobre una incertidumbre que de alguna manera nos aguijonea a todos: ¿estaremos a la altura de los sueños de nuestros viejos?, ¿seremos aunque sea un poquito de todo lo que ellos soñaron cuando nos regalaron la vida? En lo personal, creo que esos interrogantes pueden responderse de dos maneras (seguramente de muchas más, pero  quiero esbozar solo dos, porque creo que ellas explican la vacilación del final del libro). Frente a la pregunta que Marceline le hace a su amiga, “¿crees que valió la pena?” podemos situarnos en dos lugares diferentes. Si “valer la pena” es ser en la vida aquello que nuestros padres soñaron, cumplir esos sueños fielmente, quizás la respuesta suela estar más cerca del “no”, de que no valió la pena. Porque aunque debemos la vida a nuestros padres, la vida de cada uno es un proyecto propio, que puede coincidir más o menos con el de quienes nos engendraron, pero nunca será el mismo. Pero también podemos pensar el “valer la pena” desde otro lugar, y formularnos otras preguntas: si pudimos generar un proyecto de vida propio, más allá de las influencias innegables y válidas que las expectativas de nuestros padres han de tener sobre ese proyecto. Si ese proyecto más o menos, con limitaciones y cambios, pudo realizarse. En caso de que no haya podido realizarse si tuvimos la creatividad y la valentía para engendrar otros sueños. Si ese proyecto sirvió para que la vida de otros (hijos, parejas, vecinos, amigos, prójimos) fuera un poco mejor. Si ese proyecto mejoró aunque sea un poquito el mundo en que vivimos, la patria que habitamos. Si ese proyecto generó alegría en otros y en mí. Y básicamente, la gran pregunta podría ser si ese proyecto fue honesto.  Si fui coherente con mis ideales y convicciones o si los traicioné. Y traicionándolos me traicioné.

 

Leyendo el libro de Marceline Loridand Ivens, no quedan dudas de que su vida sí valió la pena. Aunque ella misma tenga sus incertidumbres. Y quién no. Valió la pena no necesariamente porque haya cumplido todas las expectativas de aquel padre preocupado y protector que no pudo sobrevivir a la maquinaria de la muerte. Porque nadie nunca podrá cumplir con todo lo que otro proyectó sobre nosotros. Por más que ese otro nos ame como a nada en el mundo. Por más que nosotros podamos amar a nuestros padres como a nada en el mundo. Como lo amaba Marceline, que escribe en su testimonio: “Te quería tanto que estaba feliz de ser deportada contigo. Y lo puedo decir todavía. Porque con el tiempo, la sombra de los campos sobre mi vida se confunde con tu ausencia. Y es haber vivido sin ti lo que me pesa”.

 

Quizás lo más inquietante y conmovedor de la vida sea eso. Que pese a todo el amor de nuestros viejos por nosotros y de nosotros por ellos, todos estamos condenados a ser nosotros mismos. Porque nadie –por más afecto o autoridad que posea– puede escribir por nosotros nuestra historia personal. Ni siquiera quienes nos engendraron. La vida nos espera, está delante de nosotros y tiende sus manos, abre su misterio. Y es a nosotros a quienes nos toca siempre elegir qué caminos andar, qué utopías abrazar, sobre qué hombros abrazarnos a llorar, con quiénes compartir la bella incertidumbre de ese camino…

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