Historias sin punto final
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#14 · Mundos distintos

Por Andy Sakkal
Ilustración Já Ant

En la empresa familiar yo no era un empleado ni era el dueño, era el hijo del dueño. No importaba si cargaba más cajas que el repositor más sufrido o si trabajaba en el depósito más sucio por más horas que el empleado más sometido. No era un empleado. Era el hijo del dueño. No importaba cuántas decisiones tomara que afectaran a todo el personal o al capital completo de la empresa. No era el dueño. Era el hijo del dueño.

 

Para escapar a esta lógica tan sofocante, empleaba todo mi tiempo de ocio en formarme artísticamente, en crear arte o ingerir arte. También intentaba hacerme amigo de los empleados porque quería divertirme y encontrar complicidades en el espacio donde pasaba la mayor parte de mis días.

 

No voy a olvidarme nunca de Norberto Barbato. Entró como empleado de depósito pero rápidamente ascendió a vendedor. Era un gran vendedor, como todos los que saben darle una finalidad tan concreta a la simpatía y la amabilidad con las que contaba Norberto. Creo que nos caímos bien de una, o así lo recuerdo yo. Me agradó que pudiéramos hablar de música. Él tenía una banda y yo también. Pero creo que lo que más me agradó de él fue que no me tratara con temor. Me confrontaba con humor. Jamás me caían mal sus planteos. Me preguntaba por mi vida personal y me contaba de la suya. En un contexto tan hostil y cruelmente jerarquizado, era un milagro que me viera como un pibe más y no como… el hijo del dueño.

 

Al tiempo, yo empecé a alternar mi espacio de trabajo, pasaba tiempo en otros locales y comencé a verlo mucho menos. Una vez nos cruzamos y me contó que había dejado embarazada a su novia, yo había abandonado la facultad.

 

En otra oportunidad me contó que estaba por casarse mientras que yo me había separado. Norberto trabajaba cada vez más horas pero ganaba bastante más también dentro de la empresa de MI familia. Mi vida también se había reducido a mi trabajo pero creo que yo ganaba más que él y además se me había prometido la futura posesión de dicha empresa, la quisiera o no.

 

Yo volvía casi todos los días en auto de Mataderos a Flores.

 

Él tomaba un colectivo de Once a Constitución y desde allí enganchaba el tren Roca hasta Luis Guillón, religiosamente, todos los días.

 

Una de las últimas veces que lo vi yo tenía más proyectos artísticos que nunca. Se lo conté y se me ocurrió preguntarle por su banda. Me dijo que la había dejado y que hacía mucho que no tocaba más. En forma imperativa le dije que eso no debía aflojarlo nunca. Hinchado las pelotas me miró, suspiró y me dijo: “Estamos en mundo distintos vos y yo”.

 

No recuerdo que hayamos hablado mucho más de nada después de eso.

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