Historias sin punto final
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#25 · No quiero

Por Mariana Bugallo
Ilustración, desde Colombia, Mariana Betancur Cuartas

Ya vas a querer.

¿32? Igual ahora se puede tener hasta los cuarenta y pico.

No sabés lo hermoso que es.

Yo tampoco quería y mirame ahora.

¿Pero no estás en pareja vos?

¿Pero él no quiere tampoco?

Nunca digas nunca.

 

Hay días en que desearía que la decisión de tener o no tener hijos implicara algún tipo de proceso escatológico complejo y desagradable, algo que contrarreste el casual impulso de los desconocidos a confundir empatía con invasión y experiencia propia con el concepto de “natural”.

 

Admito que no sé qué ocurre cuando alguien dice que sí quiere tener. En mi fantasía le palmean la espalda y lo suben a una carroza tirada por bebés de redondez perfecta para andar sobre un arcoíris hecho de pampers de maravillosa absorción. Nadie duda de su deseo, nadie le pregunta (y si es mujer cis aún menos) si está seguro. Pero basta con que digas que no, para que duden por vos. Para que intenten convencerte de lo contrario.

 

No me tengo que poner demasiado conspirativa para ver la conexión con las infinitas propagandas de productos de limpieza diseñados explícitamente para “pasar más tiempo con lo que más querés”, mientras una mujer claramente más joven que yo abraza a un niño que debe haber tenido en la secundaria. Así que, como mujer, “lo que más quiero” es ser joven, de clase media alta, tener un pibe y que la casa esté limpia para que no se agarre un germen que viene de afuera. Entonces, es razonable que mi negativa provoque esta reacción, la disidencia (cualquiera sea) tiende a amenazar la estabilidad del siempre inseguro sistema capitalista y patriarcal que necesita todas las maderitas para que no se le vaya el Jenga al carajo. Hasta que no se legalice el aborto, este Estado nos va a seguir considerando incubadoras y, dependiendo la clase social, deberemos pagar con mucho dinero, con la cárcel o con la muerte si osamos desafiar ese destino.

 

Todo esto se filtra en las múltiples napas vinculares, y por lo menos en mi experiencia, dificulta en cualquier ámbito o situación que alguien acepte sin más que no querés saber nada con la maternidad. Sobre todo cuando cruzás la arbitraria barrera de los 30 porque hasta los más progres pueden escuchar el tic-tac del ficticio reloj biológico. Gente que se autopercibe “copada” puede llegar a cuestionar tu decisión de no tener descendencia mientras parte una pastilla de MDMA, amigos de toda la vida pueden resistirte con las mejores intenciones.

 

Mi madre fue más respetuosa. Hubo que charlarlo, pero a decir verdad, mi vieja siempre fue más copada que el mundo hostil al que me trajo. Al principio cristalizó su frustración en un chiste recurrente: “Voy a alquilar un vientre para tener un nieto”. Mis respuestas fueron desde “yo voy alquilar hermanos para darte ese gusto”, hasta “ese comentario me va a dejar de hacer gracia en tres almuerzos, más o menos”. Creo que ya me entendió o está en eso.

 

Yo no deseo ser tener hijos y lucho contra esporádicos miedos externos, pero ya muy míos, como el de estar sola en la vejez (por suerte no todas las personas que no quieren tener hijos se sienten así), contra el peso de no poder complacer a mi mamá que sería muy feliz si fuese abuela y contra la culpa que me da que me necesite a mí para serlo. Las personas que sí lo desean deberán luchar con otros miedos, otras imposiciones injustas, otras expectativas irreales. Por eso a veces me da rabia, o pereza, que justo esa gente escupa para arriba suponiendo que hay una manera “correcta” de hacer las cosas. Me dan ganas de decirles: ¿no entendés que tu indignación será la misma de otro cuando vos le cuentes que querés ser m/padre soltero o que querés adoptar o que no te joda que sea gay o qué sé yo cuántas mil disidencias posibles que se te ocurran?

 

El problema sigue siendo la imposibilidad de aceptar el amplio espectro de posibilidades de vivir esta única (creo yo) vida que tenemos. Porque en definitiva yo soy soberana de mi vida y el resto soberano de la suya y ese es el único punto de partida posible.

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