Historias sin punto final
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Son claramente excepcionales las menciones a los hijos en la historia argentina. Se destacan algunos como Pedro Rosas y Belgrano, el hijo de Manuel y María Josefa Ezcurra, criado por Encarnación y Juan Manuel de Rosas. Dominguito, el hijo adoptivo y probablemente natural de Sarmiento muerto en la guerra del Paraguay, la tierra que elegirá su padre para morir. Le siguen Merceditas, la hija de San Martín y Manuela Mónica, la otra hija del creador de la bandera. Hay también esto de los hijos, y por lo tanto de los padres, hechos curiosos, como el ocurrido entre Roque Sáenz Peña, el autor de nuestra ley electoral y su padre Luis. El Partido Autonomista Nacional no encontró mejor manera de frenar el avance electoral del joven Roque que oponerle la candidatura de su padre demorando así, en aquellas época de “sagrado respeto” patriarcal, la llegada a la presidencia del muchacho y la aborrecida reforma que terminaría con el sacrosanto y vacuno fraude electoral. Poco sabemos de los múltiples hijos de Urquiza y algo de los de Mitre y a esta altura estamos en condiciones de decir que si no lo sabemos es porque sus padres no se habrán preocupado mucho en que los conozcamos quizás dándoles la razón a los dramáticos versos de Lennon “Padre, tú me dejaste a mí pero yo nunca te dejé a ti, Padre, yo siempre te necesité pero tú nunca me necesitaste a mí”. Los hijos fueron muy frecuentemente, hasta no hace muchas décadas, un tema de la madre por voluntad de los padres, por esas omisiones que son acciones. Sobran los textos de periódicos anarquistas femeninos como La voz de la mujer, editado a fines del siglo XIX, en los que las redactoras denuncian la doble moral de sus compañeros que en las barricadas hablaban a favor de la igualdad y contra el machismo y en la intimidad no les permitían concurrir como ellos, o con ellos a las reuniones, asambleas y movilizaciones echándole la culpa a los hijos. No es ni fue fácil ser hijo. Callar, acompañar, ser padre de nuestros padres. Guardarse algún llanto para no dolerlos, entenderlos, admirarlos y, ¿por qué no? a veces odiarlos. Tanta literatura hay, tanto psicoanálisis, ríos de La Plata de tinta sobre el vínculo más fuerte, tanto científico que no pudo prever que en Argentina, la palabra hijos cobraría otro significado, casi unívoco. Hijos sin padres a la vista, padres e hijos separados por el más brutal y completo de los poderes. Pero ¡tan hijos! Y hoy esos hijos, en la mayoría de los casos, ya tienen más edad que la que les dejaron tener a sus padres.

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