Historias sin punto final
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#2 · Spiegel

Por Ignacio Fusco
Ph. Mariana Bersten

En uno de los últimos cuentos que se me ocurrieron y tampoco escribí, un hombre que cría solo a su hijo de cuatro años se despierta una mañana y el nene le habla en alemán. Esto, que no revestiría importancia si ocurriera en Baja Sajonia, es un momento letal y poderoso si sucede en Lanús. El cuento está muy bien, no es porque lo haya ideado yo pero en la primera escena ya te arrebata, está el papá preparándole el desayuno al nene en la cocina y el nene llega medio dormido y se sienta a la mesa detrás de él, después el papá se da vuelta, le pregunta, si quiere, como siempre, cereales con yogur, y entonces el nene lo mira fijo, se apoya en un silencio de un segundo que el autor fabrica muy bien, muy muy bien, sinceramente, y le dice, lento, clarito, mirándolo a los ojos: “Nein, danke”.

 

¡Imagínense la cara, la reacción del papá! ¡Imagínensela! Primero le pregunta: “¿Cómo? ¿Qué cosa, Tomás?”. Eso es lo que le pregunta: la cara, ya dije, se la tendrá que imaginar usted. Para colmo el nene la hace peor; ya sin mirarlo, la cabeza gacha, como si se pusiera a hojear una revista, le dice: “Ich will plätzchen und kaffee”. ¡Ich will plätzchen und kaffee! ¡Mi nene, pensará el padre, poniéndole diéresis a la a!

 

Pero eso lo pensará después, en la cuarta y quinta página. Ahora ni siquiera sabe qué idioma es ése, lo escuchó muy rápido y además está preocupado por lo que hay que hacer: simular aplomo, control. El padre es el padre. No se puede claudicar.

 

“El cuento se apoya en una opresión comunicativa, un descontrol del conocimiento diario que el padre no puede soportar me escribe, en un mail, Mi Editor. Como base me parece que está bien: el padre sufre la creación de un nuevo lenguaje, tiene a su hijo ahí y no le puede hablar. Intuyo, sin embargo, algunas decisiones innecesarias: que en la escena de la página 45 el padre lleve al nene a un hostel en el que hay adolescentes alemanas para que pueda hablar con alguien es una; tanto eso como lo que sucede cuando él va a la escuela de idiomas, sospecho, se puede obviar. Bueno: el cuento, en su totalidad, es algo que se puede obviar”.

 

Todo eso me escribió Mi Editor pero el cuento ya ha volado, ya no es mío, es arte que se alimentará de la tribu y la comunidad. “Nada más peligroso que un espejo que habla”, lo reseñó Maximiliano Tomas en el suplemento cultural del diario La Opinión. “Me identifico con la gente que, como yo, ha sufrido la imposición de un rol. Un héroe es aquél que logra romper con todo y cambiar el destino”, ha dicho Manuel Puig, pero me parece que ya no respecto a mi cuento, se me hace raro que lo haya podido leer. “Página y media y me aburrí”, lo impulsó Juan José Becerra en su blog. Porque son los demás, ahora, los que lo forman, lo transforman, lo iluminan: me han llegado hasta casos de estudiantes que han escrito sus tesis con él. “Los hijos viven en un mundo que se han creado ahora, ellos mismos, para sí, mientras sus padres viven en otro, que ni siquiera es paralelo, es lejano, queda a treinta años y no se habla alemán. Ante la misma fuente de ravioles se sientan, cada domingo, Eugenio Cambaceres y Ricardo Fort”, escribió uno. Me acuerdo del texto porque el estudiante me lo mandó por mail, contándome, además, que lo habían reprobado, que si yo podía contestarle y poner en copia a la titular de cátedra, precisándole que la lectura estaba bien. “Por favor”, firmaba. Nada, estoy orgulloso, no sé qué decir.

 

Mientras tanto, pienso el título. El primero que me sale es Dank. Después hay otro que no lo tengo muy claro pero saldría de dos partes que me gustan, habría que buscar una frase o una palabra que las pueda unificar. La primera es una escena en la que el nene se está lavando los dientes y se mira al espejo y está concentrado y sonríe y da tanta ternura que el lector lo quiere abrazar, y la segunda es una en la que el nene se está lavando los dientes y se mira al espejo y está concentrado y sonríe y parece que está acordándose de la última persona que mató. Ese nene es todo al mismo tiempo. Ahora que lo pienso, a mí también me gustaría aprender alemán.

 

 

 

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