Historias sin punto final
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#9 · Un divino

Por Sebastián Costavernikos

Ph Sofía Iezzi

Me llamo Juan. Qué bíblico, dice ella. Ponele, no dice él pero sus cejas sí.

Se hace llamar Juan en homenaje a aquel padre que lo crió, con el que no tuvo tanta relación pero que de grande ya empezó a respetar cada vez más. Últimamente está sintiendo en las llagas que lo mejor hubiera sido ser realmente hijo de ese Juan, sencillo y puro de corazón.

 

Juan es un exitoso gerente de esas empresas llenas de marketing, horas extras no pagas y chicas con pollera. Es hijo de judíos, aunque no lo tiene muy claro y por eso casi nunca lo menciona. Ya pasó los treinta y eso lo inquieta. Mucho. Tiene miedo pero también ganas de envejecer al fin.

 

Crisis existencial, pregunta ella, ríe ella mientras toma vino tinto y le sirve un poco a Juan. El merlot cura las crisis existenciales, asegura ella, que siempre sonríe, que no tiene drama, que lo invitó a la casa porque está muy bien; es flaco y alto, tiene un pelo onda Jim Morrison; además parece como un artista conflictuado, a ella le gusta desenredar los nudos de los laberintos.

 

–Perdoname, solo me queda un culito –se muerde sutilmente el labio y toma.
–Me hacés acordar a una amiga –dice él, serio pero curioso.
–¿Una ex? No soy celosa, contame.
–No, una amiga que conozco desde hace siglos…

 

Juan se acuerda siempre de Magda, que conocía de chico o algo así. Siempre se acuerda de sus piernas, de su sonrisa, del jadeo cuando se enojaba. “Siempre” nunca existe, piensa él.

 

–Así que crisis existencial… Yo siempre estoy en crisis pero la vida hay que disfrutarla…

 

Ella se quita los zapatos, relajada. Le gusta caminar en la alfombra. Saca de ahí una botella de agua que está por la mitad y que anda molestando y se sienta en el sillón blanco. Y pone una mano en su rodilla. Él la mira a los ojos, ella lo mira a la mirada. Juan tiene una mirada irresistible entre la lágrima y el amor, entre la piedad y los besos. Ella lo besa.

 

–¿Mejor con el tema de la crisis, ahora? Dale, ¿qué te pasa?

 

Él no habla de lo que le pasa, nunca habla. Pero la situación, el sillón, el vino, ella sin zapatos, algo y todo le hizo bajar un segundo los brazos.

 

–Mirá… la cosa es que voy a cumplir 33 años y no entiendo para qué estoy acá… –algo parecido a un grito con la boca entrecerrada.
–¿Para qué estás en casa? –ella se aleja, como sorprendida. Él la abraza, ella queda en su pecho, nido. Él acaricia su pelo.
–No, eso no… Para qué estoy en el mundo… Esta vez no lo entiendo… Estoy haciendo todo lo que Él quiere, siempre hago lo que Él quiere… pero no lo entiendo…
–¿Quién es Él? –ella piensa este pibe está re fuerte pero está re fumado…
–Mi Padre.
–¿Qué pasa con tu viejo? Juan era su nombre, como vos, ¿no?
–No, Juan es el que me crió. No soy hijo de Juan. Mi Padre es más… no es fácil ser el hijo de mi Padre –apura lo que le queda de vino.
–Todos somos hijos, no es para tanto, che…

 

Lo huele, lo besa en el cuello y su lengua empieza a bailar, despacio, lento, ese juego de sal y piel. Se abrazan, descienden a los infiernos y resucitan juntos.

 

–Sos un flaco raro, ¿sabías? Todo un personaje, Juan… –ella le pasa una seca, él fuma con los ojos muy cerrados, muy.
–No me llamo Juan –ríe. Casi nunca se ríe pero el humo hace milagros.
–Mirá vos… ¿y cómo te llamás?

 

Ella agarra el vaso con cara de ufa no hay más vino, lo del nombre ni le importa, si total quizás no lo ve más… A falta de vino vuelve a acariciar su cuerpo, su lengua, su sexo, su lengua en su sexo.

 

–Me llamo Jesús.

 

Ella frena y lo mira a los ojos.

 

–¿Sos el hijo de dios? –y larga una carcajada que se mezcla con una tos seca.
–Ajá… ¿Querés más vino? –pregunta el Mesías mientras busca con su mirada la botella de agua que está por la mitad y que anda molestando, ahí, en algún lugar del sillón.

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