Historias sin punto final
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#12 · Una docena

Por Fernando Bogado

“–Para nuestro negocio, polaco, la miseria es lo mejor”.

 

Cazadores de canguros, Jorge Asís

 

Con la muerte de la tía Haydée quedaron varias cosas en claro en mi familia. La compleja circunstancia de ver qui en claro en mi familia. Primerimi abuelo en ese lado de la familia.  circunstancias que no vienen al caso mencionar, pero que ién se hacía cargo de su cuerpo una vez rotos todos los vínculos familiares con Gisela bien podía decirse que era la primera y más importante. Mi prima, en realidad, era una piba adoptada que venía de Corrientes y todo el mundo la consideraba una aprovechadora por circunstancias que no vienen al caso mencionar –pero que involucran a un desfalco a pequeña escala a tío Papi y compañía, que era como llamaban a mi abuelo–. El otro dato es que nunca hay que menospreciar los módicos precios que ofrecen las funerarias que están cerca del cementerio de San Martín, sobre todo, en lo que se refiere a ofertas de último minuto a la hora de llevar un ser querido a su destino final. Pocos aclaran, sin embargo, que hay que hacerse cargo también del transporte de la casa velatoria al cementerio, y que después hay que afrontar el pago de discretos sobornos a los responsables del entierro, a los cuidadores y a toda una secreta burocracia de la muerte que, como sabemos, es consustancial a ese tipo de geografías. Por último, jamás hay que rechazar el lunch ofrecido: las cosas están cada vez más caras, para qué vamos a mentir, y más en ese año, y más con ese frío, y no creo que nos hubiese salido tanta plata acceder al servicio completo, que incluía dos docenas de sanguches de miga de jamón y queso, galletitas surtidas, café de máquina, té y, opcional, un servicio de varias bandejitas de masas secas. Pero, claro, a la hora de escatimar en gastos (y, sobre todo, considerando los escasos ingresos en las arcas familiares por aquellos tiempos), era preferible optar por el ayuno religioso, la circunspección y el servicio básico de tres horas con café instantáneo en la cocina.

 

No me voy a poner en nostálgico, pero hay algo que es innegable: llegar al barrio luego de algunos años viviendo en Capital (nombre que me di cuenta hace no mucho que utilizamos solo las personas que se mudan del Conurbano a esa cosa que existe de General Paz al río) es volver el tiempo atrás. Todos los traumas de infancia afloran al mismo tiempo, mezclados con los amores frustrados de la adolescencia y el recuerdo lacrimoso de los negocios que operaron como los puntos nodales de ese mapa patético de la niñez y la juventud. La ferretería “Turi”, cuyo dueño era el esposo de mi maestra de música de primario; la verdulería del zapatero Roberto, que era más zapatería encubierta que otra cosa y, finalmente, el multirrubro de Néstor, que podía vender desde repuestos sanitarios hasta fiambres y carne a pedido, siempre y cuando se pidiera con tiempo y con pocos resquemores a la hora de cocinar las piezas. Pero, claro, más allá de los saludos obligatorios y las mínimas actualizaciones que recorrían el espectro que va del “¿cómo andás?” y terminan en “No me había dado cuenta que te habías mudado, mirá vos, estás grande, che”; lo que realmente daba una imperturbable sensación de extrañeza era pasar el límite de Vuelta de Obligado y acercarse cada vez más al cementerio: nadie va para ese lado si no es por cuestiones que exceden la terrible mundanidad de los negocios condenados a la desaparición.

 

Se puede decir de un paisaje que es “gris”, pero ahí el adjetivo es menos metafórico que literal. Casas funerarias puestas una al lado de la otra, de un lado; del otro, pequeños quioscos de flores que acomodan la mercadería contra el paredón y, cada tanto, algunas marmolerías especializadas en excéntricas tumbas que son dignas de la fotografía, si uno no sintiese el terrible pudor de tomar una imagen de algo tan íntimo y familiar sin pedirle permiso a quién sabe quién para atesorar el momento. La culpa es, después de todo, el verdadero resabio de una prolija educación católica.

 

La cuestión es que hacerse cargo del cuerpo de la tía Haydée fue una notable preocupación que arrastramos por unos días en el grupo de whatsapp en donde todos los miembros de la familia participamos –del lado paterno, del lado materno nos entregamos a una discreta ignorancia de lo que le pasa al otro–. La noticia de su deceso nos llegó como una suerte de advertencia de la finitud humana y de la barbaridad de estar totalmente solo o, como en el caso de la tía, peleados con nuestra progenie. Fulminada por uno de esos bobazos que alimentan con su fuerza el estupor de los vecinos, su cuerpo estuvo tirado en la habitación un par de días antes que la policía o quién sabe bien qué fuerza pública tuviera que tirar abajo la puerta. Así encontraron el clásico punto de donde provenía el “olorcito a rancio” que desde hacía un tiempo se sentía por el incómodo pasillo de ese edificio desmejorado de Paternal, sobre la calle Nicasio Oroño. No teníamos noticias de la tía desde hacía un tiempo largo, pero tampoco voy a decir que mi comunicación con ella era uno de esos usuales intercambios que te permiten saber qué le pasa al otro de una manera casi intuitiva. De lo que atesoro de su personalidad era la notable atención que ella ponía a mis deseos cuando niño: solía preguntarme qué juguetes quería y los conseguía con bastante rapidez, cosa que sorprende considerando que mi infancia fue durante los peores años del alfonsinismo y que tampoco el negocio inmobiliario se movía tanto por esos años. Y aquí vale la aclaración: mi familia siempre dependió de la compra y venta de casas. Es algo clásico de ese lado de mi genealogía, también, digo, eso de vivir de a puchitos que se le sacan a los grandes intercambios comerciales del otro. En ese sentido, bien se puede decir que éramos como la piel de la banana: hay que sacarla para comer la fruta, la parte “rica”, pero es natural, por default, que una venga con la otra.

 

El cuerpo de la tía no tardó en acomodarse en la casa velatoria una vez que toda la parte de los trámites fue cerrada. Estaba relativamente bien, no había muchas señales de violencia, y eso que la mitad de la cara de la tía estaba irrecuperable por haber caído de costado y haber estado horas tirada, con toda la sangre yendo al preciso lugar del hematoma. Había una prolijidad siniestra en la manera en la que le acomodaron el semblante: la tía parecía apacible, descontando los borbotones de pegamento que se le escapaban por la boca. Parecía que estaba durmiendo, sí, fría, pero dormida en una siesta eterna.

 

No mucha gente vino a saludarla: estábamos los de siempre, toda la familia del tío Papi, y las primeras y obligadas menciones corrieron para el lado de mi prima, la del fraude. La cuestión no es muy difícil de explicar, así que me la permito: pidió en su momento una plata para un negocio en el cual estaban todos metidos, y con tal de ganar unos mangos de más, era esperable que las firmas llegaran. Los recaudos fueron mencionados, pero pesó más el hecho de que Gisela provenía del mismo riñón de la familia, por más adoptada que sea, y era imposible que cague olímpicamente a todos por unos pesos. Cuestión que lo hizo, y no solo se llevó gran parte de los ahorros de mi abuelo, sino también parte del dinero de mi papá y de mis otras tías, todos pensando que la plata sería invertida en unos dúplex en Mar del Tuyú. En lugar de eso, una vez hecha la transferencia, mi prima se fue con la plata de viaje y después cortó toda comunicación con la familia. La inmobiliaria que había presentado como la responsable de concretar la transacción fue un invento que hizo con el que era su novio en ese momento (todos sospechan que el novio la dejó sola y seguramente embarazada: un deseo de venganza incomprobable, pero dado por cierto); eso lo averiguaron tarde, tratando de chequear la verdadera existencia de “Inmobiliaria Iglesias” y quedando tristemente sorprendidos por la habilidad natural de Gisela para falsificar cosas. Nadie se había dado cuenta de eso mientras creció, todos recordaron, en esa breve reunión familiar, a los pies de la tía Haydée (que seguía en la siesta, quizás, escuchando todo con el oído bueno que le quedaba), las muchas travesuras de mi prima que ya adelantaban su naturaleza mercantil y trucha. Desde la manera en la cual cortaba los jeans para imitar los pantalones de moda que te hacían parte de algo (me da la sensación que era la época de la visita de los Guns & Roses, pero puedo equivocarme, no confío en mi memoria de primario), hasta las veces que firmó por mi tía su boletín, o la manera en la cual le sacaba algo de plata de la billetera para salir por la noche a algún que otro boliche. Todo eso, que en el momento parecía simpático y hasta signo de una sana rebeldía, se transformaba ahora en el currículum vitae de una ladrona profesional, en su prontuario, dicho mal y pronto. La cara de indignación de los miembros de mi familia se disimulaba, pero en sus gestos había resabios de una profunda decepción: todos mirando para abajo, desiertos, abismados, con la naturaleza paraguaya que se les escapaba por los ojos y la mano en la billetera, no sea cosa que caiga Gisela arrepentida y en un descuido les robe a todos los pocos mangos que les quedaban para comprar algún electrodoméstico más, esos que se guardan en la alacena y apenas se sacan para alguna fecha de relativa trascendencia.

 

No sé por qué me parece que Gisela fue la más viva de todos. No apruebo que haya defraudado a mi familia, no llego a tanto, pero hay algo en ese gesto de no importarle nada, de salir y cagar a todo el mundo, de usar el dinero para hacer lo que realmente tenía ganas en lugar de cumplir con el modelo familiar de trabajar toda la vida dependiendo de la fortuna ajena… Creo que, en algún sentido, tanto mi familia como Gisela (que era mi familia, pero en ese momento me parecía la heroína sacada de una road movie) vivían de lo ajeno, solo que mi familia llamaba a eso “trabajo” y quedaba triste cuando no resultaba o no había; mientras que ella lo hacía por puro placer, por puro juego, solo porque podía y tenía la habilidad de hacerlo.

 

La ronda de abrazos y consolaciones se hizo obligatoria en un momento de la tarde, me acuerdo. Todos nos pusimos a contar historias de mi tía Haydée, de lo mucho que comía, de cómo caminaba con lentitud, de los detalles que dejó en el departamento venido a menos de La Paternal, en donde en una época vivió con una de sus hermanas, Rosa, que nunca dejó de fumar y que ahora no tengo ni idea en qué está. Todos detalles que hacían más viva la memoria que teníamos de mi tía y más fuerte la ausencia de Gisela. Cuando me abracé con mi papá me acuerdo que lloré, pero no tengo muy en claro si era por mi tía o por alguna otra cosa que tenía que ver con él y que todavía hoy no logro descifrar qué. Me parece que fue un error haber llorado, muestra debilidad: aprendí que las penas hay que llevarlas callado, que nunca hay que mostrar nada. Cosa de paraguayos, creo: no perdemos la noción de que estamos en un país ajeno y que en cuanto nos descubran habrá que luchar o huir. Y lo mejor es huir: mirala a Gisela, sino.

 

Poco después de esa extraña ronda de abrazos al estilo Alco fuimos para el cementerio. Seguía haciendo frío, así que todos hicimos lo que pudimos lo más rápido posible. Cremar no la íbamos a cremar: con un gasto extra de plata –quién sabe de dónde salió, pero era la justa para pagar el espacio y no la comida para el velatorio–, pusimos a  Haydée en tierra. El eco de los primeros cachos de barro cayendo sobre el ataúd todavía me quedan en la cabeza: era el sonido de lo inevitable. Lo miré a mi papá y él me miró a mí: los dos teníamos los ojos rojos por haber llorado pero, en ese momento en particular, ninguno de los dos soltó una lágrima. Medio que todo estaba jugado, y lo que sea que nos empujó al llanto antes tenía que ver más con las heridas abiertas que con el eco de la tierra sobre mi tía.

 

Fuimos a la casa de mi abuela, la de tío Papi, y tomamos unos mates para pasar la tarde. Hablamos de pocas cosas y al rato prendimos la televisión: me hubiese gustado ver una noticia de mi prima siendo exitosa en alguna playa del mundo, lejos de la familia, con la plata que nos cagó a todos, personitas tristes y pobres que tapan todo bajo tierra. Compramos facturas, eso sí, antes de entrar en lo de mi abuela. No quedó ninguna. Los churrinches de La Balear son exquisitos. Que sobre uno es casi un pecado.

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